'Totem' rinde culto al circo

El Cirque du Soleil vuelve a los orígenes de este arte con una lección de acrobacia, fuerza y equilibrio

Las ranas saltimbanquis abren el espectáculo. /Fernando González
Las ranas saltimbanquis abren el espectáculo. / Fernando González
Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Se hace el silencio. El público contiene la respiración. Quizás el artista también. Y entonces sucede lo imposible: gira en las alturas sujeto solo con una mano, se contorsiona hasta lo inexplicable o salta aún más lejos. «Uy», «ay» y todas las formas de interjección que se imaginen se escuchan como un suave murmullo de fondo. Expresiones que concentran la esencia del circo, lo primitivo de un arte donde todos los límites físicos se superan. Y eso es 'Totem'. La nueva producción del Circo del Sol en Málaga tiene una puesta en escena impactante, una banda sonora envolvente y una iluminación impecable. Todo marca de la casa de la compañía canadiense. Pero 'Totem' es ante todo acrobacia, habilidad, fuerza, equilibrio y riesgo. Todo un culto al circo en estado puro.

El Grand Chapiteau abrió anoche sus puertas por primera vez en diez años en Málaga y aquí permanecerá hasta el 1 de julio. Bajo la carpa, la historia de la humanidad y la evolución de la especie se cuenta con una sucesión de números que desafían todas las leyes de la física y se retan al más difícil todavía.

El caparazón de una tortuga recibe al espectador a modo de corteza de la Tierra que se abre cuando un rayo le insufla vida. Y esa vida en el Circo del Sol tiene superpoderes: hacen que lo que resultaría impensable para cualquier mortal, en ellos parezca sencillo. Una contorsionista mira divertida a un lado y otro del escenario con su cabeza entre las dos piernas en una postura que hasta duele mirar. El trío de anillas ni se despeina cuando sube a las alturas de la carpa sin ninguna clase de protección y confiando todo su peso a una única mano. Y las equilibristas sobre monociclos sonríen mientras se lanzan a la cabeza –propia y ajena– un cuenco y otro, otro, otro, otro... Como si nada. Y si fallan, porque a veces les sale el lado humano, repiten hasta acertar. Cuando lo logran el aplauso es doble.

Una danza amerindia con aros, acróbatas que se lanzan al aire de barra en barra, una pareja de patinadores que corta la respiración con la velocidad que toman sobre una minúscula plataforma… Todo sincronizado con la música, a las órdenes del sevillano Alejandro Romero, que aporta el golpe de efecto final a cada número. La banda sonora también incluye un guiño a la tierra con un cuadro flamenco 'sui géneris' que acompaña al maestro del diábolo. En otro momento del espectáculo sería el animador de 'Totem' quien soltara un «'to' perita» para ganarse la complicidad de la audiencia.

La puesta en escena se apoya más que nunca en la tecnología. A través de las proyecciones sobre una pantalla curva del fondo, el espacio se transforma en una marisma, un volcán o la selva con una gran sensación de realidad. La ambientación, las voces de los cantantes y el vestuario remiten a un mundo tribal, a lo primitivo, al origen.

Como a todo circo, a 'Totem' tampoco le faltan sus payasos, pero hasta ellos tienen que tener habilidades especiales, como convertir una bolsa de plástico en un cisne en un segundo. La regla es sorprender, y eso vale para artistas, músicos y también cómicos.

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