La 'ternura' de Javi Calleja

En su exposición en la Galería Yusto/Giner, Javier Calleja se centra en sus icónicos personajes, mundialmente reconocidos. La representación tierna e ingenua de los mismos encubre actitudes desafiantes y en pos de la libertad

Una de las quince obras que componen la exposición. /Josele-Lanza -
Una de las quince obras que componen la exposición. / Josele-Lanza -
JUAN FRANCISCO RUEDAMálaga

Puede que ésta sea la exposición más contenida y homogénea de Javier Calleja (Málaga, 1971). En parte porque el artista ha obviado para su puesta en escena las numerosas y muy distintas obras con las que venía afrontando las citas expositivas anteriores, con continuos diálogos entre lo escultórico y la pintura o lo minúsculo y lo gigante, que otorgaban un aire de divertida 'sala de juegos'. Ahora, en ésta, Calleja se centra en sus icónicos y mundialmente reconocidos personajes, que componen una burlona galería de seres ingenuos e inocentes que abren la puerta a una paradójica mordacidad y acidez. Sin embargo, en esta exposición seguimos encontrando muchas de sus estrategias y procedimientos predilectos, ya que sigue jugando con las escalas, involucrándonos en un vaivén perceptivo. Así, sus personajes infantiles nos miran desde un tamaño impropio, desde una escala claramente sobredimensionada. Ese juego de tamaños es algo que alude directamente a lo infantil y al juego; no podemos olvidar precisamente que su primera gran individual, en el CAC Málaga, se llamó 'Playground'. Incluso podemos ver una de sus figuras convertida en un 'Toy art', una especie de juguete realizado en serie, confrontándose con seres similares en distintos tamaños.

Calleja ha construido un universo propio que deriva, en cierto modo, del trabajo referencial de Yoshitomo Nara, que se basa en ámbitos como el 'manga' o el 'anime'. Nara, en línea con la idea de la puerilidad y el 'peterpanismo' de parte de la sociedad nipona, generó en la década pasada una imagen de la infancia y la adolescencia que encubrían una serie de conflictos. El artista malagueño ha sabido leer esta problemática social que se va expandiendo desde Japón a otras sociedades desarrolladas occidentales. De este modo, algunos de sus ingenuos personajes de aire infantil anudan la inocencia y el conflicto, haciéndonos pivotar entre imágenes tiernas y almibaradas y actitudes combativas e insolentes en pos de una libertad e individualidad que atenta contra los dictados. Ciertamente, Calleja ha pulsado esas claves sociales, de ahí su éxito internacional y muy particularmente en Japón. Sus seres personifican una actitud profundamente nipona como es el 'kawaii', un modo de expresarse o relacionarse en función a la ternura, como hábito social. Sin embargo, Calleja da ese giro, mostrando un envés divertido y conflictivo.

Vemos en esta exposición cómo lo verbal ha ido adquiriendo una importancia fuera de toda duda en su obra. Siempre estuvo presente con un aire irónico y juguetón. Ahora, con el mismo laconismo, de manera lapidaria y con humor concentrado, Calleja incluye frases hechas en inglés que giran sobre actitudes y emociones, justamente aquéllas que generan la paradoja con el aspecto infantiloide que escenifican sus seres.

Y mantiene otro rasgo más. Su intervención en el espacio expositivo. Este Calleja no es aquél que diseminaba pequeñas piezas por las paredes y que nos obligaba a recorrer el espacio en pos de esos hallazgos que, con carácter lúdico, nos invitaban a desquiciar ciertas lógicas y a asumir un papel de niño que juega; a veces teníamos que pegarnos a las paredes, como el niño que se arroja al suelo, para conseguir ver con la perspectiva idónea paisajes que recreaba con pequeñas piezas a distintas alturas. Tampoco es el Calleja de puntuales pero destacadas intervenciones pictóricas en las paredes, que jugaban a desbordar la pintura que se contenía en piezas enmarcadas. Ahora, Calleja, mucho más zen, ha disimulado estas acciones. Digamos que ha perfeccionado y esencializado esa relación de obras cerradas con el espacio que las acoge. De este modo, ha decidido pintar en un mismo color las paredes, el suelo y algunos de los fondos sobre los que aparecen sus personajes en los lienzos. Una acción tan sencilla y mimética, tan poco agresiva, le posibilita una serie de soluciones en la conexión de obra y entorno, de lo interior y exterior, que, en algunos casos, adquieren continuidad y disipan eventualmente los límites o fronteras físicas de las propias piezas, que pasan de esta cualidad 'cerrada' u objetual a la consideración de instalación o instalación ambiental. También, las acciones que desarrollan sus personajes 'dentro de la obra', en el lienzo, generan efectos fuera gracias a pequeñas intervenciones en las paredes. De un modo sencillo, Calleja genera 'continuidades' entre dos ámbitos llamados a ser opuestos. El artista, de este modo, expande la obra, la amplifica ocupando un enorme testero con una economía de medios y una economía del gesto o de la acción ciertamente mínimas. El trabajo de Calleja siempre ha propendido, aunque últimamente se ha maximizado, a cierta actitud que podríamos llamar zen. No nos debe extrañar esta querencia por lo oriental y más específicamente por lo nipón en su estrategia y posicionamiento. Y es que, Calleja vuelve a demostrar que no es más grande lo que más ocupa sino lo que más llena. Demuestra que no es necesario un (absoluto) despliegue para generar la sensación de ocupar todo el espacio. Con apenas la igualación del color de las paredes y el suelo respecto al fondo de los lienzos, la incorporación de palabras a modo de pintura mural sobre la pared y unas formas al modo de gráficas explosiones, la obra pasa a colonizar –o llenar– metros de pared sin necesidad de ocupar esos miles de centímetros cuadrados.

La extrema ingenuidad de esos seres infantiles no impide que sean portadores de sentimientos y actitudes que consiguen transmitir gracias a la maestría del artista, pudiendo generar en ocasiones cierta complicidad en nosotros. Todos ellos se ven acompañados de frases coloquiales en inglés que representan modos de estar en el mundo. Todos desprenden un 'modus vivendi' que atenta contra lo solemne, 'enfundándose' en lo desenfadado y en cierta actitud libre contra algunas normas. Lo vemos en la felicidad picarona del personaje en cuya camiseta leemos «Día libre» o en los gestos relajados de los que portan otras con las leyendas «No lo intentes demasiado», «Espero que no te importe» o «No te lo tomes a pecho». Tanto como en la actitud burlona de los que ejemplifican cierta libertad de actuación, como los tres personajes que desarrollan gestos irrespetuosos bajo la palabra «Reglas», o el que aparece al revés bajo la expresión «Éste es el modo». Pueden ser –por qué no– autorretratos del artista, que a través de ellos nos manifiesta cómo entiende principalmente la creación, su propio trabajo. Ese carácter desenfadado y la defensa de la libertad pueden ser actitudes que se convierten en valores. Es sumamente ilustrativo otro personaje que, luciendo una camiseta que reza «Este tipo de arte», con un lápiz hace por garabatear como si se tratase de un niño.