Tamara de Lempicka, sensual diosa del 'art déco'

'The young girls' (1930), obra de Tamara de Lempicka perteneciente a una colección particular./R.C.
'The young girls' (1930), obra de Tamara de Lempicka perteneciente a una colección particular. / R.C.

Una muestra con doscientas obras recrea el glamuroso ambiente en el que imperó la legendaria 'pantera' de la modernidad

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Transgresora, aristócrata, políglota, cosmopolita, rica, bisexual, mujer glamurosa de belleza tan extraña y enigmática como su pintura, Tamara de Lempicka fue la indiscutible y sensual diosa del 'art déco'. De elegancia supina, pintora de genio singular, fue al arte de su tiempo lo que Greta Garbo al cine. Se cumplen 86 años de su primer viaje a España y esta 'pantera' de la modernidad regresa a través de una exposición que repasa en el madrileño Palacio de Gaviria su producción y recrea los esplendorosos ambientes en los que sedujo a hombres y mujeres.

Junto a sus pinturas y dibujos, la muestra revive los suntuosos y efervescentes años en los que reinó esta sofisticada y heterodoxa diva del arte de oscuro origen eslavo. No sabemos si nació en Varsovia, Moscú o San Petersburgo y si fue en 1895 o 1898. Sí se sabe que se consagró en un París rendido a la elegante revolución déco, que trasladó luego su andrógina sensualidad a Nueva York y Hollywood, y que murió en la soleada Cuernavaca (México) en 1980.

Gioia Mori, comisaría de la muestra que estará en cartel hasta febrero de 2019, confirma cómo Lempicka disfrutó de un rápido e indiscutible éxito internacional desde su primera muestra en 1922. «Su arte es comprensible, eficaz, inmediato, sin pretensiones intelectuales, como lo era el 'art déco', que idolatraba lo moderno. Era la idea de la modernidad que todos perseguían y que Lempicka encarnó como nadie», dice la experta.

Una de las sorpresas de la muestra es un pequeño retrato de Alfonso XIII realizado en 1932 en Italia y que se daba por desaparecido. Un cuadro «fantasma» que Gioia Mori localizaba hace tres años en la colección de Jean-Claude Dewolf. Dio por casualidad con el retrato regio en una revista. Hasta entonces se había tenido por un modelo anónimo o por un retrato del escritor Sain-John Perse en el que la comisaria reconoció al monarca español.

Mori ha podido determinar que Lempickca lo pintó en Salsomaggiore, cerca de Parma, donde la pintora paraba en 1934 y donde coincidió con el rey de España, exiliado en Roma desde 1931. Es un retrato inacabado que Lempicka pintó sobre una pequeña tabla comprada en Venecia y que era «relevante» para la artista. «No dejaba de referirse a él en las entrevistas que concedió a su llegada a Estados Unidos en los 40», explica Mori.

La moda, las joyas, los complementos, la música, la relación de Lempicka con grandes maestros del pasado -Rafael, Botticelli, Miguel Ángel o Vermeer- y las amazonas -que así se denominaba a las lesbianas en aquellos vertiginosos y felices años prebélicos- son algunos de los apartados de la interesante muestra. Incluye 200 piezas procedentes de más de 40 colecciones privadas y museos, pero faltan sus grandes telas, las obras más icónicas de la pintora, una carencia que se suple con una suntuosa ambientación con muebles, ornamentos, diseños y vestidos 'art déco' -muchas procedentes de la gran exposición de París de 1925-, además de fotografías y documentales. Todo envuelto por la música de la época.

Recrea parcialmente el fabuloso apartamento del matrimonio Lempicka en la Rue Mecháin de París, «una 'catedral' del 'art déco' en la que dominaba el gris, como en sus cuadros», acota Mori. Un santuario del glamur por el que pasaron todos los grandes artistas e intelectuales de aquel tiempo.

Nacida en el seno de una aristocrática familia de origen ruso, Tamara Gurwick-Gorska pasó su infancia entre Rusia y Polonia. Casada con el aristócrata Tadeusz Lempicki, abandonó San Petersburgo en 1916 tras el arresto de su marido. Se instala en París, donde toma clases de pintura con André Lhote, a quién reconocerá siempre como su maestro. Se inició como ilustradora de moda, pero en 1922, en el Salón de Otoño, ofreció su primera exposición. Su estilo de vida elegante, disipado y sofisticado, tan enigmático como su pintura, la convierten pronto en un figura de leyenda. Amiga de Jean Cocteau, James Joyce, Colette o Isadora Duncan, retrató a científicos, escritores, actrices y a gran parte de la antigua nobleza europea que había recalado en París huyendo del acoso revolucionario soviético. En apenas una década su fama creció cómo la espuma. Gracias a sus sensuales y osados desnudos su demandada producción se revaloriza y se hace millonaria.

Casada en segundas nupcias con el barón Raoul Kuffner, en el verano de 1932 realizó un viaje en solitario a España que le llevaría a Málaga, Sevilla, Córdoba, Toledo y Madrid. Recorrió todos los garitos de la noche madrileña, según contó Gil Escalante, cronista deportivo y su cicerone hace 86 años en el Museo del Prado y los bares de moda. «Mi vida no ha tenido nada de convencional, no soy el tipo de persona clásica», decía de sí misma una artista rara y elegante, capaz de alternar sus desnudos femeninos con conmovedores retratos como 'Los refugiados de Barcelona', su testimonio de la situación española tras el estallido de la República, o retratar a Santa Tersa de Jesús.

Tras su muerte cayó en un relativo olvido hasta que en los 70 el galerista francés Alain Blondel la rescata como icono de la sofisticación. Con pocas obras en museos y muchas en los salones de Madonna, Barbra Streisand o Jack Nicholson, sus pinturas se disparan en las subastas. Habrá pronto musicales y películas sobre su figura.

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