El robo

La inseguridad se halla donde uno menos lo imagina, en la ciudad donde vives, en tu propio hogar

El robo
Sr. García .
José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

El pasado sábado por la noche robaron en casa mientras estábamos viendo una película de gánsteres. Fue como si el protagonista saliera de la pantalla sin que nos diéramos cuenta y se dedicara a merodear por las habitaciones llevándose todo lo que encontraba de valor. Apenas una semana antes habíamos llegado de un viaje en el que todos nos aconsejaron que fuéramos con cuidado. Sin embargo, la inseguridad se halla donde uno menos lo imagina, en la ciudad donde vives, en tu propio hogar. El ladrón actuó como si nos hubiera vigilado y conociera nuestros hábitos. Como cada noche, nos habíamos sumergido tanto en la película que perdimos el contacto con la realidad. Hasta que descubrimos abierta la puerta del dormitorio que da a la terraza.

Tras hacer las llamadas pertinentes llegaron dos guardias civiles. Nos indicaron que no tocáramos nada de la habitación hasta que al día siguiente acudiera la policía científica. Pasamos la noche en el sofá cama del comedor. No pegué ojo. Me preguntaba quién había preparado tan minuciosamente el robo. Sin duda nos había espiado día tras día hasta averiguar lo que solíamos hacer en cada momento. Me puse a revisar los personajes que formaban parte de nuestra vida cotidiana con la sensación de asistir a una rueda de reconocimiento por la que pasaron delante de mí los posibles sospechosos. Tal vez se trataba de alguien conocido, aunque sólo fuera de vista. Los robos nos hacen sospechar de los inocentes.

El domingo a las diez de la mañana llamó por teléfono el policía científico para decirnos que pasaba por la casa en un cuarto de hora. Abrió el maletín y pulverizó la superficie de los muebles buscando las huellas dactilares. Le llamó la atención las paredes cubiertas de películas. «Veo que estoy entre cinéfilos, pues he de deciros que el cine es el principal culpable de que ahora todo el mundo crea que puede encontrarse la huella dactilar del delincuente en un simple pelo de la víctima», dijo. Mientras seguía pasando la brocha preguntó a qué nos dedicábamos. Mi mujer respondió que era profesora de dibujo. «Yo pinto horrible», se excusó sin soltar la brocha. Luego buscó huellas de pisadas en la terraza y las confrontó con las suelas de nuestros zapatos. Cuando se marchó, permanecimos en casa organizando el desorden mental que nos había causado el robo de la intimidad. Desde entonces están cerradas las persianas y echadas las cortinas. Yo vigilo la casa a oscuras. Si el ladrón anónimo apareciera de nuevo le diría que pusiera precio al material robado. Estoy convencido de que sería una ganga. Los ladrones nunca estiman el valor sentimental de los objetos.

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