Los regalos invisibles

Los regalos invisibles
Sr. García .

La memoria me transporta a principio de los años sesenta del siglo pasado, cuando no había móviles ni ordenadores

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .

Si no fuera porque nos exigen llevar encima documentos de identidad y también porque contabilizamos el tiempo, lo memorizamos y celebramos los aniversarios, yo ahora no sabría calcular con exactitud la edad que tengo. La memoria me transporta a principio de los años 60 del siglo pasado. Entonces no existían teléfonos móviles, ni ordenadores, ni casi nadie tenía televisión. Las únicas pantallas estaban en las salas del cine. El día 6 de enero, los Reyes Magos de Oriente, incansables y generosos, repartían regalos por los hogares. Era el día más feliz del año. Ellos sólo se mostraban en público la víspera, cuando paseaban en carrozas por las calles del centro de la ciudad. Me sentaba a horcajadas en lo más alto de la escalera que mi padre trasladaba a cuestas como un condenado hasta el sitio elegido para ver la cabalgata. Mis hermanas mayores ocupaban los peldaños inferiores. Esa noche nos acostábamos más temprano que de costumbre. Al llegar la madrugada, yo permanecía inmóvil en la cama con los ojos abiertos esperando vislumbrar algún Rey asomándose al cuarto. Al verlo, cerraba los ojos y me hacía el dormido.

Mis padres nos despertaban a primera hora de la mañana, empujaban las puertas del comedor y era como si abrieran, de par en par, las puertas del cielo. Nuestros caprichos y deseos se hallaban repartidos por todos los rincones. Luego íbamos a visitar a los demás familiares y recogíamos los regalos que los Reyes habían olvidado dejar en el comedor de casa. Al día siguiente regresaba la rutina oscura de la vida cotidiana. La vuelta al colegio, los días grises, las clases tristes, los castigos, las fotos de los hombres serios que colgaban de la pared, encima de la pizarra, uno a cada lado de la cruz, como si también estuvieran en el monte Calvario. Al volver por la tarde a casa, tenía que hacer los deberes sin tiempo para jugar.

Los regalos y los deseos cambian a medida que vamos cumpliendo años. Nunca vi los regalos que los Reyes hacían a mi abuela. Ella decía que le habían traído algo precioso y tan inmenso que no cabía en la casa. Mientras hablaba en voz baja, como si estuviera desvelando un misterio, me acariciaba el rostro sin apenas rozarme, como si yo fuera un regalo frágil que todavía estaba por desenvolver. Afirmaba que los regalos más hermosos los teníamos muchas veces delante de nuestras narices y éramos incapaces de apreciarlos. Luego seguía acariciando el aire que la rodeaba, como si las siluetas de todas las personas que había querido a lo largo de la vida celebraran con nosotros el día de Reyes.

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