DEL PRÉSTAMO EXPANDIDO AL FARAÓN AHOGADO

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacían los Estatutos del Monte de Piedad, que a su vez se irían transformando en las Cajas de Ahorros, y moría Ptolomeo XIII, faraón imberbe casado con su hermana, la después celebérrima Cleopatra VII.

Trece de enero de 1712. Nacen en Madrid los Estatutos del Monte de Piedad, que a su vez se irían transformando en las Cajas de Ahorros. Poco más de dos siglos antes de los estatutos, fue oficialmente alumbrado el primer Monte de Piedad, el cual había sido gestado y parido con nacionalidad italiana y progenitores franciscanos cuya intención inicial era la de combatir la usura cuyos intereses de hasta el doscientos por ciento iban convirtiendo a los prestamistas en tanto más ricos cuanto que iban siendo cada vez más chorizos, y viceversando, que también funciona además de ser gerundio. Comenzaron por tanto los Montes de Piedad concediendo préstamos gratuitos, sin intereses aunque garantizados con alhajas y ropa, con lo cual si no devolvías el préstamo te quedabas desjoyado y si se terciaba hasta desvestido, aunque el sistema resultó ser tan poco rentable que, Concilio de Letrán va, Concilio de Trento viene, la Iglesia Católica pensó, para que se lo beneficien los usureros ya lo usuramos mejor nosotros, que cobraremos menos intereses o al menos no serán tan visibles, y además en nombre de Dios que siempre da relevancia y predicamento. Ya divinamente patrocinados y expandidos, los Montes de Piedad llegaron a Francia, donde duraron menos que una cabeza aristocrática en la Plaza de la Bastilla ya que la revolución, puesta a guillotinar, descabezó también el monopolio montepíesco, y hasta España donde lo mismo te lo bendecía el jiennense Santo Cristo del Sepulcro que la barcelonesa Nuestra Señora de la Esperanza o la granadina Santa Rita, murmurando para sus adentros contabilizadores la ritiana rima. ¿Quién no ha conocido a alguien, cercano o referido, que no haya empeñado alguna alhaja en momentos de apremio económico, para recuperarla varios meses y sendos intereses más tarde, con la bonanza de un ingreso adecuado, o que tal vez se haya resignado a que la convirtieran en carne de subasta al no poder hacer frente a la deuda contraída mientras se autobiografiaba con la famosa frase de «éramos tan pobres que cuando alguien llegaba a casa pidiendo que le prestáramos algo, lo único que podíamos prestarle era atención». Re-al, como diría Esty Quesada.

Mil setecientos cincuenta y nueve años antes del nacimiento de los Estatutos del Monte de Piedad, moría Ptolomeo -obviense recurrencias miccionadoras varias- Teos Filopátor, faraón de la dinastía Ptolemaica de Egipto que reinó cuatro años escasos antes de ser tragado por las aguas del Nilo. Entre su nacimiento y su ahogamiento fluvial apenas habían transcurrido catorce años, bien aprovechados eso sí, ya que le dio tiempo a autorubricarse en la Historia de Egipto y en la historia familiar, que resumiendo venían a ser el mismo Anubis con distinto collar: hijo de Ptolomeo XII Auletes, también conocido como 'el bastardo' por razones regiamente trilladas y por 'el flautista' ya que cada vez que se emborrachaba, que solía ser todos los días, le daba por soplarle, además de a la consabida cerveza fermentada con dátiles, a una chirimía doble que desafinaba en paralelo pentatónico a medida que le iban entrando a los agujeros del instrumento los fluidos cerveceros, Ptolomeo XIII fue enfaraonado tras el desfaraonamiento de su padre flautero, por una nota o una birra mal soplada y cuando el heredero tenía apenas diez años, edad prepúber que no fue óbice para que a la vez que lo entronizaban lo desposaran con su después celebérrima hermana Cleopatra VII. Ya sentado en el trono de papiros y lotos, Ptolomeíto, bajo la tutela del eunuco Potino, jugó a deponer a su hermana/esposa, mientras llegaba a Egipto Pompeyo el triunviro, quien había sido derrotado por Cayo Julio César en la batalla de Farsalia. A pesar de que el eunuco Potino, con el fin de congraciarse con César, ordenó asesinar a Pompeyo para obtener el cesáreo apoyo en su lucha contra Cleopatra, Julio, que era muy suyo, no reaccionó según lo previsto ya que en lugar de encaramársele militarmente a Cleo se encamó con ella, a la vez que desnucaba al eunuco y enviaba al hermano/esposo traidor a deshuesar aceitunas negras a Chipre; exilio que Ptolomeo recurrió alzándose en armas pero como encogido, lo que conllevó la victoria de César en el cerco de Alejandría y el incendio colateral de la que fue la mayor biblioteca de su época. En cuanto a Ptolomeo, logró escapar de las tropas de Cayo Julio aunque, mientras intentaba cruzar el Nilo a nado se dijo de pronto: a que va a resultar que no sé nadar. Después se acordó de todos los muertos de la Cleo, que eran también los suyos, y de los del romano matón, aunque probablemente no le dio tiempo a remontarse más allá del cónsul paterno por falta de aliento. Grosso modo.