El Pompidou de Málaga recibe a Jean Dubuffet, el bruto tierno

El Pompidou de Málaga recibe a Jean Dubuffet, el bruto tierno
Fotos: Silvia Penco y Ñito Salas

La filial despliega una de sus mejores exposiciones temporales en torno a padre del 'art brut'

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Ahora que casi todo parece pasar por el Mundial de Fútbol quizá convenga imitar los movimientos de un jugador delante del balón, justo antes de patear una falta o un penalti: colocarse por ejemplo frente al primer cuadro de la exposición como el futbolista ante el esférico; primero tomarlo de cerca; luego dar dos, tres, cuatro pasos hacia atrás; mirar de nuevo al frente. Y verlo. Tenerlo claro. Apreciar por ejemplo la silueta humana que grita en la parte central de la escena, el animal desencajado un poco más abajo, las bocas asomándose en cada pliegue de materia marrón en apariencia informe que se desvela en cada nueva mirada, sumergirse en la delicadeza, el dolor, incluso la ternura de Jean Dubuffet, inscrito en los libros de texto como el padre del arte bruto y ahora desvelado en su fascinante complejidad en la exposición temporal que esta mañana ha presentado el Centre Pompidou Málaga.

Porque la filial malagueña firma con Dubuffet uno de sus mejores montajes hasta la fecha. La muestra reúne más de 80 piezas procedentes de las colecciones del Centre Pompidou de París, brinda la posibilidad de asomarse a títulos de referencia en la trayectoria de un autor crucial en la evolución del arte del último medio siglo y completa ese discurso con un selecto acompañamiento de obras de su etapa inicial, menos vista en los museos. Si bien se echa de menos la presencia de esculturas, faceta esencial en este artista, el Pompidou de Málaga ofrece con Dubuffet uno de sus proyectos más logrados.

Al fin y al cabo, la obra que abre el paseo, 'El viajero sin brújula' (1952), sirve también para dar título a la exposición y resume, a la postre, tanto la vocación de la muestra como el afán del propio autor. Porque Jean Dubuffet (1901-1985) ha pasado a la Historia del Arte como el padre del 'arte bruto', un movimiento que a mediados del siglo pasado buscó una suerte de 'Año Cero' en la creación, una tendencia despojada de la tradición, ajena al debate entre la figuración y la abstracción, para abrir una vía nueva y propia, infantil y reaccionaria, de apariencia ruda y trasfondo sentimental, cuyo eco ha resonado durante décadas y que en España encontró sus cultivadores más notables en Antoni Tàpies y el Equipo Crónica, como ha recordado esta mañana el presidente del Centre Pompidou París, Serge Lasvignes.

«Lo que me impacta de Dubuffet es una voluntad loca, utópica, de crear arte negando toda la herencia cultural anterior. Comenzar desde cero, queriendo trabajar como un niño, como un loco o un hombre prehistórico. La exposición muestra bien esa voluntad», ofrecía esta mañana Lasvignes sobre la muestra que permanecerá en la filial malagueña hasta el próximo 14 de octubre. En una línea similar ha dirigido su discurso la presidenta de la Fundación Dubuffet, Sophie Webel, para presentar al autor: «Trabajó solo y con una visión artística que no se podía asimilar con movimientos. No es abstracto o figurativo, es un conjunto».

Y ese justo ese camino propio el que traza la muestra comisariada por Sophie Duplaix. Así, tras abrirse con la carga matérica de 'El viajero sin brújula', el proyecto viaja a los orígenes artísticos de Dubuffet, iniciado en la pintura pasados los 40 años y que apenas dos décadas después ya era protagonista de una amplia retrospectiva en el MoMA neoyorquino. Ofrece el Centre Pompidou Málaga la serie inaugural 'Marionetas de ciudad y campo' (1942-1945), con escenas cotidianas marcadas por el color, la frontalidad y el peso aún de la figuración con un acabado casi infantil.

Sin embargo, la misma sala del Pompidou ofrece el marcado viraje que Dubuffet tomaría unos años más tarde. Ahí está la rudeza del cuerpo desnudo presentado en 'La Metafizyx' (1950) y el hipnótico 'Pierre Matisse retrato oscuro' (1947), ambos marcados ya por una maleta más inquietante y apagada.

Eso sí, la delicadeza de Dubuffet emerge, sobre todo, en su faceta como grabador, a la que el Pompidou dedica la segunda estancia de la muestra. Las litografías reunidas en la serie 'Aguas, piedras, arenas' (1959) están incluidas en el proyecto 'Fenómenos' que el artista desarrolló durante cuatro años y en los que empleó elementos de la Naturaleza como materia prima para desarrollar creaciones que a la postre parecen evocar la corteza de un árbol, la caída de la lluvia en los cristales o el tacto arenoso de un terreno recién abonado.

Y otro viraje en el indomable Dubuffet, apasionado por las creaciones empuñadas por los niños y los locos. Una frescura infantil y lunática que alcanzaría su apogeo en los años 60 con las creaciones reunidas en 'L'Hourloupe', el proyecto con el que Dubuffet quiso «crear un nuevo lenguaje artístico». Trazo marcado, fondo negro y regreso a los colores planos marcan la pauta de piezas esenciales como 'Tren de péndulos' (1965), 'Oleada de lo virtual' (1963) y 'La giga irlandesa' (1961), que regresa al Centre Pompidou Málaga después de haber formado parte de la primera colección de larga estancia de la filial.

También larga la carrera de Dubuffet, que cumplidos los 80 años emprendió el titánico 'El curso de las cosas' (1983), el imponente políptico compuesto por 32 paneles que espera en el último tramo de la exposición del Pompidou. Regreso al color, también a esos personajes rudimentarios, infantiles, de sus primeras composiciones. Trazo suelto y libre, Dubuffet como uno de esos locos que tanto le interesaron y que debajo de su aparente furia sólo ofrecen ternura.

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