Cuando la policía pedía a los artistas no insultar a los clásicos

Burliuk y Maiakovski./
Burliuk y Maiakovski.

Malévich y Burliuk coinciden ahora en el Museo Ruso. Hace un siglo fueron punta de lanza de la irreverencia de las vanguardias

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZMálaga

Pronto entendió que la teoría no era suficiente para atraer el interés del público, así que ideó una campaña de promoción basada en la provocación y la búsqueda permanente del escándalo. Carteles hechos con papel higiénico, insultos a las autoridades locales, vestidos estrafalarios y mensajes delirantes convirtieron a David Burliuk en un agitador cultural poco amigo de la mesura. El artista futurista coincide hasta el 3 de febrero en la Colección del Museo Ruso de Málaga con otro compañero de andanzas, Kazimir Malévich. Buena excusa para asomarse a la 'Historia del futurismo ruso' escrita por Vladimir Markov, que relata algunas de las irreverencias que estos artistas perpetraron hace más de un siglo.

A mediados de la primera década del siglo XX, Burliuk organizó una gira por teatros de varias ciudades rusas junto a Vassili Kamenski y Vladimir Maiakovski y, en el sentido literal de la expresión, la fama les precedía. «En Nikolaiev la policía pidió a los conferenciantes que jurasen no meterse en política ni insultar a los clásicos; en Kiev, Maiakovski ofendió sin darse cuenta al gobernador y el trío tuvo que escapar a toda prisa. De vuelta a Moscú participaron en actividades contra Marinetti antes de volver a la carretera para un par de eventos que fueron prohibidos: la policía había sabido de los antecedentes penales de Maiakovski y de su expulsión, junto con Burliuk, de la Escuela de Bellas Artes», relata Markov en su monografía.

«Memorialistas de la época describen los paseos pre-representación del trío, con caras pintadas y atuendos coloridos. Burliuk, además de la nariz dorada, un abrigo color frambuesa, unos anteojos de señora y la cara empolvada, llevaba escrito en la frente «Soy Burliuk». Los tres lucían un rábano en el ojal. Los chavales de la calle les preguntaban a voces si eran americanos. Durante los recitales, invariablemente, bebían té y, animados por el ejemplo de Kruchenij, lo derramaban sobre el público. Burliuk, que solía presidir los debates, establecía el orden haciendo sonar una campana de iglesia. Del techo colgaba casi siempre un gran piano boca abajo, sobre las cabezas de los asistentes. A veces el trío intentaba dar variedad a su recitación leyendo cada uno sus versos a la vez, anticipando así en varios años el Dadá», cuenta el especialista sobre las acciones desarrolladas por los artistas rusos.

Más comedido, Malévich también participó el algunas de esas iniciativas, como detalla Markov: «Para la primera aparición conjunta de los futuristas rusos los carteles se imprimieron en papel higiénico, con títulos como 'Los ordeñadores de ranas exhaustas', a cargo de Burliuk. Días antes, Burliuk había reunido al grupo para planificar una serie de acciones publicitarias. La primera fue pasearse por la avenida principal de Moscú con los rostros pintados, recitando poesía futurista. Todos, incluido Malévich, llevaban cucharas de palo en las solapas».

En Odessa la taquillera del teatro se dejó pintar la nariz de dorado y figuras en las mejillas, como hacía el propio Burliuk. En Kishinev el trío pagó a cincuenta niños para que corrieran por la ciudad gritando que los futuristas habían llegado. Los chavales, poco familiarizados con la palabra, terminaron por gritar: «¡Han llegado los futbolistas!». Y casi parecía una más de sus provocaciones.

 

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