Línea de fuga

POCAS LUCES

La Librería Luces se mudará a principios de diciembre. / ÑITO SALAS
La Librería Luces se mudará a principios de diciembre. / ÑITO SALAS

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

A una mudanza, como a un domingo, conviene pedirle un mínimo de entusiasmo. Si ambos trances no provocan ese pellizco, podrán resolverse con algo de oficio, pero serán un trámite, una huida, apenas un apaño. Por eso ahora entiendo esa mirada de José Antonio cuando hace un rato, nada más verme entrar en la librería, me ha preguntado '¿Cuánto tiempo tienes?'. Y la cuestión es otro síntoma de que José Antonio me tiene calado no sólo como lector indisciplinado, sino también como cliente siempre apresurado. Hoy tengo casi media hora, respondo satisfecho. Y José Antonio sale pitando escaleras arriba para regresar un minuto después con el chubasquero puesto, porque hoy está lloviendo.

José Antonio no quiere decirme dónde vamos. Va dejando pistas como migas de pan por la acera abierta en canal de la Alameda y me invita a un café riquísimo en una calle peatonal de eso que ahora llaman el Soho. Pido lo mismo que él. Café solo. Sin azúcar ni leche. José Antonio se cuida el cuerpo y nos cuida la mente desde hace una década y media desde la librería Luces. Y mira que hay que tener ganas de abrir una librería en esta ciudad, pero ahí andan José Antonio , Pilar y su gente desde hace más de quince años.

Los maniáticos supimos que José Antonio y Pilar eran de los nuestros cuando fueron los primeros en colocar los libros de su tienda por orden alfabético dentro de cada género. Quizá lo más viejos del lugar -o los mejor diagnosticados con un trastorno obsesivo compulsivo- recuerden que hace años las librerías estaban organizadas por editoriales. Los libros de Anagrama, amarillos si eran de autores extranjeros y grises para los nacionales; los lomos oscuros de Alfaguara; la franja roja de Acantilado... Ese mapa cromático saltó por los aires con la llegada de Luces y sus dos plantas luminosas en el corazón de la ciudad. Ahora Luces confirma el runrún compartido por los parroquianos del lugar. Nos mudamos, admite José Antonio. Y el corazón se encoge un instante. Porque José Antonio lleva tiempo advirtiendo de que no pueden más. La mayor crisis económica de las últimas décadas, los cambios en los hábitos de consumo, la piratería y el avance inexorable de las compras a través de Internet se quedaron en una mala broma frente al muro que le colocaron en la puerta hace casi cuatro años para quitarle las vistas y casi las ganas de seguir adelante. Las obras del metro como una historia interminable. Pero José Antonio y la gente de Luces han pasado de la resignación al entusiasmo.

Así cruza José Antonio con sus botas de senderismo el umbral de un local en obras al que se entra por la calle Trinidad Grund y se sale por la Alameda Principal. Y también viceversa. El lugar donde estuvo la antigua Imprenta Sur que dio nombre a estas páginas, los obreros afanándose bajo las vigas de madera del techo que van a seguir ahí, dando cobijo a la nueva Luces. Nuevas luces para un establecimiento indispensable en el mapa cultural de la ciudad, que prepara su mudanza y sigue al pie del mostrador. Apenas esperan cerrar un día en medio del puente de diciembre para abrir sus puertas el lunes 10, con el tiempo justo para el atracón navideño. Y escuchas a José Antonio contar cómo será la nueva librería y te dan ganas de quedarte a vivir en sus sueños. Las paredes de piedra viva, la madera en el techo, unas escaleras que todavía son imaginarias y la promesa de un futuro al otro lado de la Alameda, más cerca del mar, en el lateral ganado a los coches si nada se atasca, en el trayecto entre el CAC Málaga y el venidero teatro de Antonio Banderas. José Antonio lo cuenta como si todo eso ya hubiera ocurrido, quizá porque intuye, como buen deportista, que la ilusión también se entrena.

Y al volver a la sede actual de Luces queda la sensación de haber vivido todo este tiempo en un hogar funcional pero impersonal, algo frío, como esos salones en los que da apuro sentarse. Al otro lado de la acera espera un lugar con el encanto de la historia entre sus muros, con la calidez de todo lo vivido allí por gente que, en un lugar como este, también amaba los libros. Hay que tener pocas luces.

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