Pintura dramatúrgica

Miguel Gómez Losada desliza en su pintura varios metafóricosviajes. Algunos a la propia pintura, a su ejercicio. Otros, aaquello que ya no está, a la melancolía y a la nostalgia

Exposición de Miguel Gómez Losada en el CAC Málaga. /Migue Fernández
Exposición de Miguel Gómez Losada en el CAC Málaga. / Migue Fernández
JUAN FRANCISCO RUEDA

Nos propone Miguel Gómez Losada (Córdoba, 1967) en su exposición del CAC Málaga varios metafóricos viajes. Uno de ellos es el que nos encamina a rememorar sus dos anteriores muestras, ya que en las 19 obras de esta 'Romanza' encontramos una síntesis de las mismas. Por un lado, aparecen las figuras rotundamente construidas, casi como esculturas, pero a veces sin acabar o abocetadas de su anterior entrega expositiva, 'Palo tambor' (2016). Por otro lado, y conviviendo ahora con esos 'pesados' personajes, las superficies trabajadas en toda su extensión, leves y desvaídas, como si la sutil y casi delicuescente materia pictórica fuera una sustancia en la que quedáramos atrapados cual ejercicio de ensoñación o narcosis; éstas remiten a la exposición 'Una historia rusa' (2014). El artista se ha revisitado y se ha reformulado, ni ha roto con lo anterior ni estrictamente es continuista.

Miguel Gómez Losada. 'Romanza'

La exposición
19 obras la componen, en su mayoría óleo sobre lino. Los formatos son generalmente grandes, aunque hay un conjunto de 6 piezas de tamaño reducido que se muestran como una suerte de decisivas pistas sobre su proceso de trabajo. Por el contrario, 'El rito' adquiere una condición monumental con sus cerca de 10m. de ancho
Comisario
Fernando Francés
Lugar
CAC Málaga. Alemania s/n., Málaga
Fecha
Hasta el 25 de noviembre
Horario
De martes a domingo, de 10 a 20 horas

Otro viaje excede lo particular, esa suerte de exploración que hacemos de su producción previa, para adentrarse en la consideración del medio. En rigor no es nada nuevo en él, ya que el artista cordobés repiensa sistemáticamente el medio pictórico, su condición y su fin. Gómez Losada nos muestra la pintura como una 'representación de la representación': el foco de luz que llega desde fuera al espacio pictórico; éste, justamente por ello, acaba convertido en una especie de espacio escénico; la marcada sombra que arrojan sus modelos, por mor de ese foco, descansa sobre lo que podríamos llamar telón de fondo; cómo ese figurado telón de fondo se manifiesta claramente como una tramoya, como parte de la 'maquinaria' para la representación; o cómo, en algunos casos, muy oportunamente, como en 'Marcial y Rosa', ese telón de fondo se abre tímidamente para evidenciar más aún su naturaleza escenográfica o función o en pos de la ilusión; los suelos sobre los que se sitúan las modelos se articulan en lamas de madera, pareciendo aceptar la expresión «sobre las tablas» para referirse al escenario; y, por último, la pose de los personajes los convierte en un 'tableau vivant', con el objetivo de, desde la inmovilidad, sugerir emociones y estados del alma.

Todo ello, especialmente esa buscada quietud de los personajes al modo de un 'tableau vivant' y no de un instante congelado (acción suspendida), puede permitirnos hablar de una pintura dramatúrgica. Precisamente, la segunda acepción de 'dramaturgia' que recoge el Diccionario de la RAE es «Concepción escénica para la representación de un texto dramático». Quizá en el caso de Gómez Losada el texto dramático cabría ser entendido como sentimiento y, de ahí, su necesidad de concebir escénicamente su representación a través del cuerpo y no del paisaje.

Son poses muy marcadas aunque no excesivamente afectadas, lo cual nos habla del esfuerzo por la comunicación y por la componente emotiva, de intentar trasladar un estado de ánimo al que experimenta la obra. Se hace difícil no pensar en la 'Commedia dell'Arte', representación de carácter popular, en la que los actores se auxiliaban del lenguaje corporal y de la mímica para desarrollar una gestualidad que asegurase la transmisión de unos sentimientos. Además, las representaciones eran callejeras, por lo que ante los espectadores se situaban los pequeños y portátiles escenarios que no ocultaban su condición escénica y eventual, como los fondos del pintor cordobés. Los guiones eran ciertamente esquemáticos, dando libertad al actor para improvisar. De hecho, la improvisación parece guiar el ejercicio pictórico de Gómez Losada, no tanto en cuanto su concepción o arquitectura formal (el 'disegno') como en cuanto a la aplicación del color y la factura, esto es, el modo en el que lo hace. En ningún caso es gratuito. Es más, sobre esa factura recae buena parte de la semántica de sus obras. Así, esa pincelada que huye de lo cubriente, como deshaciendo levemente la figuración hasta conducirla a un estado de imprecisión, un tanto etéreo, entre la amenaza de su desaparición y la certeza de su materialización, tanto como el empleo del 'non finito', de zonas que deja sin acabar, refuerza ese carácter evocador, sugerente, ensoñador y melancólico. Son 'puertas' a la remembranza. He ahí otro viaje que se desliza en su pintura, un rumbo a una emoción contenida, generalmente ante la ausencia. Ese aire inacabado, que impide que la obra quede clausurada en su sentido como –digamos– en su superficie, es fruto de un 'modus operandi' de Gómez Losada que responde a la corazonada y a la intuición, al dictado del instante, a los acordes del momento, como si se tratase de una 'jam session'. También a la respuesta inmediata, 'sobre la marcha', a las reacciones que le provoca su propio proceso, el devenir del mismo sin itinerario marcado, como los improvisadores actores de la 'Commedia dell'Arte', como una suerte de repentista. La improvisación, la obligación a actuar sin premeditación, constituye para Gómez Losada una acción que comunica con lo esencial y profundo, al tiempo que elude las 'deformaciones' adquiridas, tanto como el excesivo juicio.

Justo al entrar a esta exposición, dos pequeñas piezas nos reciben como una suerte de manifiesto visual: una carreta y un Pinocho –algo que nos habla de la tradición dramatúrgica y de la representación. No ocultan su condición de maquetas, de miniaturas, de objetos llamados a ser usados como modelos. Ahí ha de situarse uno de los puntos de partida del trabajo de Gómez Losada: la necesidad de un referente, la imprescindible presencia de un modelo que ha de generar un inextinguible vínculo, más marcado o menos, a veces prácticamente disipado haciendo nacer la melancolía, entre la realidad y su evocación. La pintura aparecería como un proceso de distanciarse de la realidad que toma para, por paradójico que parezca, invocar un pasado o un recuerdo. Se trataría de representar aquello que ya no está o la sensación naciente ante lo que no está y es mero recuerdo. De hecho, algunos de los fondos que emplea poseen un incontenible valor sentimental para el pintor.

Otros cuatro medianos lienzos nos hablan de una evolución determinante que se ha producido en la pintura de Gómez Losada en los últimos años. El pintor es un exhaustivo conocedor de la tradición pictórica. Esos cuadros son personajes que nos hablan de ella, especialmente de la supresión del espacio y la 'planitud' (o bidimensionalidad) de la pintura de Velázquez y, como 'seguidor' del pintor español, de Manet. Esa supresión del fondo y esa eliminación de toda referencia espacial, como si los personajes se incorporaran como recortables a una superficie plana, nos hablan de la economía de la representación, asunto que es angustiosa piedra de toque para Gómez Losada. Esa noción económica se mantiene ahora pero en otro registro que, no obstante, sigue conduciéndonos a la sensación de ausencia.

 

Fotos

Vídeos