Pablo y Olga, un siglo de amor y guerra

Pablo Ruiz Picasso y Olga Khokhlova se casaron el 12 de julio de 1918. /C)Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Málaga, 2018.
Pablo Ruiz Picasso y Olga Khokhlova se casaron el 12 de julio de 1918. / C)Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Málaga, 2018.

La Casa Natal repasa hoy la tormentosa relación entre Picasso y Khokhlova

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

'Oh, pobre pequeña, no sabe lo que le espera. Ninguna mujer podrá ser feliz con mi hijo. No pertenece a nadie, porque no pertenece más que a su arte'. Quizá nadie conoce a un hombre como una madre y eso es lo que dicen que dijo la de Picasso cuando su muchacho fue a visitarla a Barcelona junto a su compañera, la bailarina Olga Khokhlova. Picasso adoptó el apellido materno como nombre artístico y aquellas palabras pronunciadas en 1917 surgen casi premonitorias a la hora de ilustrar la relación que el artista mantuvo con Olga Khokhlova, su primera esposa, la madre de su primer hijo y la protagonista de una historia de amor y guerra prolongada durante casi dos décadas.

Lo recuerda la escritora Paula Izquierdo, autora del libro 'Picasso y las mujeres', que hoy participa en un encuentro organizado por la Fundación Picasso-Museo Casa Natal (20.00 horas, entrada libre hasta completar el aforo) con motivo de un doble centenario: porque los días 16 y el 17 de mayo de 1918, el Teatro Cervantes de la capital recibía a los Ballets Rusos con la presencia en cuerpo de baile de la joven Olga Khokhlova, que poco después, el 12 de julio, se casaría con Pablo Ruiz Picasso en la iglesia ortodoxa de París.

La escritora Paula Izquierdo desgrana esta tarde en una conferencia el primer matrimonio del artista, rubricado hace cien años

Izquierdo traza un retrato muy poco favorecedor de la relación y, en concreto, de Picasso en la esfera íntima. «Podía convertirse en un romántico insaciable cuando se enamoraba de una mujer, pero tal era su necesidad de seducir que, incluso cuando más enamorado estaba de una mujer, no podía limitarse a ella, sino que seguía buscando el reconocimiento en brazos de otras. En el fondo este comportamiento denota además de una gran inseguridad en sí mismo, un miedo casi patológico a atarse demasiado a una sola mujer. Quizá por esta razón a veces, aun en épocas de bienestar, se comportaba con su pareja cruelmente, utilizando la brutalidad como fórmula para combatir a aquello que amaba», sostiene la escritora.

La autora de libros como 'El diario oculto de la princesa de Éboli' (2016) y 'La falta' (2010) se aventura también a la hora de trazar vínculos entre la vida y la obra del artista: «Todas sus amantes o mujeres fueron objeto de su arte, de su búsqueda permanente, y a través de sus retratos podemos conocer los sentimientos que éstas le inspiraban, en qué estado de ánimo se encontraba, cuán feliz o desgraciado le hacían o se sentía él a su lado. Cuando la relación se iba deteriorando la imagen pictórica de la amante se desfiguraba, se transformaba, dejaban de ser dignas de ser miradas con asombro para ser vistas con estupor, cuando no con cierta sensación de dolor, de malestar atormentado y, por fin, de repugnancia. Pero, ¿qué sucedía antes?. ¿Qué se gastaba antes: la imagen en el lienzo o en la realidad?».

La cita de hoy

Autora.
La escritora Paula Izquierdo ofrece la conferencia 'Olga y Pablo'.
Lugar.
Salón de actos de la Fundación Picasso-Museo Casa Natal. Plaza de la Merced, 15.
Fecha.
Hoy, 21 de junio.
Hora.
A partir de las 20 horas.
Entrada.
Libre hasta completar el aforo.

En el caso de Olga Khokhlova, «los retratos de la mujer que contemplamos en los albores de su unión, en 1917, no se parecen en ningún aspecto a los que pintó en la última época, cuando la relación estaba tocando a su fin. Este mismo proceso de corrupción de la imagen de la mujer, se reproduce con Françoise Gilot a quien, al final de su vida en común, una vez que ella le había abandonado, la retrató con el rostro partido por la mitad», relata Izquierdo.

Picasso había conocido a Khokhlova a raíz del encargo que había recibido para realizar los decorados del ballet 'Parade' en el que ella participaba sobre las tablas. Según Izquierdo, Olga «no destacaba especialmente ni por su belleza, ni por su inteligencia, ni tan siquiera como bailarina». Del otro lado, «Picasso que lo había probado todo en el terreno de las relaciones con mujeres –prostitutas, cabareteras, bisexuales, bohemias, modelos y negras de Martinica–, de pronto, se encontró con una mujer más bien convencional lo que debió de resultarle hasta cierto punto exótico. De hecho en una carta dirigida a su amiga Gertrude (Stein) en 1917, Picasso escribe: 'Olga es una mujer de verdad'».

Diez años de diferencia

Olga tenía 25 años y Pablo, diez más. De ella destaca la escritora su afán por alternar con la alta sociedad parisina, cuajado en el traslado de la pareja desde la casa que Picasso tenía en Montrouge hasta el número 23 de la calle La Boétie, cerca de los Campos Elíseos. «El pintor malagueño se acomodó fácilmente a esta nueva forma de vida: contrató a una cocinera, una camarera y un chófer. El matrimonio salía a menudo con los Scott Fitzgerald, los Murphy y los condes de Beaumont», añade.

Los años con Olga coinciden con el regreso del pintor al clasicismo. Sus obras están a menudo protagonizadas por enormes figuras femeninas, con las maternidades en primer plano de su imaginario pictórico y personal. Al fin y al cabo, el pequeño Pablo –también conocido como Paulo– nacería en 1921, pero ni siquiera ese primer hijo limaría las asperezas que empezaban a endurecerse entre ambos. Sigue Izquierdo: «Si consideramos que la producción artística está en relación directa con el conflicto, Picasso fue tremendamente desdichado en esta época; el número de cuadros de este periodo es espectacular. Comienzan a aparecer monstruos en sus cuadros, besos de bocas dentadas que se devoran, las pinturas aúllan de dolor y no de placer».

La escritora relata el afán de Olga por mantenerse en la cresta de la ola social del París de los años 20 y el escaso interés del malagueño por frecuentar esos círculos una vez conocidos y probados. «El genio se refugiaba cada vez más en su trabajo y en su universo donde el acceso a su mujer le estaba prohibido. Olga respondía a esta actitud con ataques de celos cada vez más violentos. Estaba obsesionada por el pasado mujeriego de su marido y hacía todo lo que estaba en su mano por borrar cualquier traza de la existencia de otras mujeres en su vida», establece Izquierdo.

La destrucción

«El matrimonio –detalla la escritora– estaba pasando por uno de los peores momentos: cuanto más requería Olga la atención de Picasso, menos dispuesto estaba él. Esto le exasperaba de tal modo que su comportamiento se hizo cada vez más salvaje. La violencia de la relación fue pronto reflejada en los cuadros del pintor y en 1925 pintó 'La danza' que es comienzo de una serie de cuadros donde el cuerpo humano se descompone, se evoca la crucifixión y el sentimiento de destrucción impregna cada pincelada».

Pese a todo, Olga y Pablo no se separaron hasta 1935, poco antes del nacimiento de Maya, la hija que el artista iba a tener con Marie-Térèse Walter, su siguiente amante. «Él se quedó con el estudio de La Boétie y le regaló a Olga el castillo de Boisgeloup», ofrece Izquierdo antes de añadir: «Durante muchos años Olga persiguió a Picasso, viajando a los lugares donde él estaba, ya fuera en el Midi, en la Provenza o en el mismo París; donde él fuera allí aparecía ella, increpándole, importunándole permanentemente. En una ocasión, Olga perdió los nervios y se puso tan violenta en mitad de la calle que Picasso la abofeteó amenazándola con llamar a la policía».

Olga Khokhlova viviría veinte años más para morir el mismo día que Picasso terminaba su serie sobre 'Las mujeres de Argel', según el relato de Izquierdo, que cierra: «Incluso al morir tuvo mala suerte: la enterraron por error en el cementerio protestante en lugar de en el católico».

Ni ahí descansó en paz.

 

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