Ni se te ocurra salirte del WhatsApp de madres

Noemí Ruiz, Carmen Baquero y Virginia Muñoz. /Daniel Pérez / Teatro Echegaray
Noemí Ruiz, Carmen Baquero y Virginia Muñoz. / Daniel Pérez / Teatro Echegaray

Caramala da en el Echegaray un salto de madurez y oscurece su humor con 'La plaga', el estreno con el que cumplen diez años

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Hay algo peor que una huelga de profesores, que un suspenso colectivo a una clase y hasta que una plaga de piojos. Si una madre osa salirse del grupo de WhatsApp, se ha ganado todas las papeletas para convertirse en la comidilla de la puerta del cole. Caramala se ríe de la 'dictadura' de los chats de padres, de esas reuniones del AMPA en las que parece que sus «miembros y miembras» fueran a tomar decisiones a vida o muerte, de los mensajes contradictorios en la educación, de los extremos en la crianza... Todo eso y más encierra 'La plaga', una obra que se presenta como una comedia –con muchas risas– para terminar con una sonrisa congelada. Ayer se estrenó en el Echegaray, en el marco del 36 Festival de Teatro, y hoy repite.

Con esta obra, Carmen Baquero, Virginia Muñoz y Noemí Ruiz marcan distancias con la 'Hora feliz', el montaje con el que el trío malagueño irrumpió en la escena hace diez años. El humor blanco de entonces se torna ácido y oscuro ahora, con una carga de seriedad detrás que indica que esta década no ha pasado en balde. Hacer lo mismo no tendría sentido. Ellas han crecido, han madurado y han pasado por todo tipo de experiencias vitales. Y su forma de entender el teatro también.

Por primera vez, se ponen a las órdenes de Chiqui Carabante en un texto colectivo que firman el propio director, las tres actrices y Sergio Rubio. Un argumento que retrata la Caramala de la educación: una plaga de piojos desata la guerra en el colegio Blas de Lezo (un nombre, casualidades o no, de plena actualidad por la polémica propuesta de Vox de hacer una película sobre el almirante para que los españoles vuelvan al cine). Frente a la pérdida del norte de los adultos se impone la sensatez de los niños. Ajenos a los picores, ellos quieren tener más tiempo libre, expresarse con libertad y tomar azúcar. Ya está. Del otro lado, el drama de unas madres enfrentadas desde el momento en que una de ellas abandona el grupo de WhatsApp, una psicóloga empeñada en sacar trapos sucios de donde no los hay, una directora que no quiere complicarse... Tiran de clichés, pero es la manera de llevar esta historia –con la que muchos se pueden sentir identificados– a lo absurdo y a lo grotesco para hacerla universal.

Carmen Baquero, Virginia Muñoz y Noemí Ruiz abren el debate sobre la educación con una comedia ácida que deja una sonrisa congelada

En total, una docena de personajes que interpretan solo las Caramala, pasando de un registro a otro con solo quitarse la coleta o colocarse una chaqueta a la vista del público. Sin esconder nada, sin transiciones. Y ahí se ve la experiencia. Con apenas cuatro elementos que remiten a un aula de un colegio y un proyector de láminas que manejan sobre el mismo escenario, construyen una escenografía minimalista pero efectiva. Son las mismas Caramala, divertidas, naturales y cercanas; pero con diez años de teatro a sus espaldas. Eso se nota. Y se aplaude.