Pablo López convierte Starlite en el patio de su casa

Pablo López convierte Starlite en el patio de su casa
Jorge Rey

El malagueño deslumbra en una actuación que pasará a la historia del festival por la cercanía del cantante y su forma de dejarse la piel en el escenario

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Suena una voz enlatada. A su ritmo se encienden y apagan luces que hacen brillar varios instrumentos. Llegan los músicos y Starlite se revuelve. Llega Pablo López y la cantera de Nagüeles, llena hasta el último palco, se estremece. El malagueño se toma un momento para contemplar su piano, compañero de batalla por el resto de la noche y al que maltratará a golpes durante dos horas de concierto, antes de hacer sonar las primeras notas de 'El camino' -en su postura habitual, pierna izquierda hacia atrás, la derecha estirada hacia delante y encorvado sobre las teclas-. La noche ha comenzado pero los asistentes aún no saben que serán partícipes de una de las veladas más íntimamente explosivas del verano marbellí. El malagueño jugaba en casa y llevó la cercanía con el público a otro nivel a base de improvisación y confesando algunos de los pecados que han motivado sus canciones. El sábado por la noche, el Starlite se convirtió en el patio de su casa.

«Llevo cubriendo el festival cuatro años seguidos y nunca he visto esto», comenta un veterano periodista al poco tiempo. Pablo lleva cuatro canciones seguidas sin interrupción, entre las que está 'Vi', el primer single de su álbum debut. Tras saludar a los suyos y advertir que está «nervioso» por la expectación que ha generado su concierto (sold out en quince días desde su anuncio) dice ser «un niño chico al que le gusta la música, que está cansado y destrozado, pero al que lo único que no le sobra es cantar». Semejante monólogo, en el que abandonó el piano para dirigirse a todos los asistentes, era sólo el preámbulo del momento clave de la noche, a tan solo 20 minutos de empezar.

Bastaron dos notas para que todos identificaran que lo que venía era 'El patio', el tema principal de 'Camino, fuego y libertad', una canción cargada de sentimiento. Nadie sabe qué es lo que esconden sus versos de infancia, pero en Starlite, cada frase sirvió para conectar a las 3.000 personas que la escuchaban con Pablo, que golpeaba el piano y gritaba hasta perder la voz infinitas veces. Se acabó la canción pero no el clamor, y decidió volver a tocar el puente, esta vez sólo él a las teclas y con el auditorio de vocalista. Starlite cantó, y el malagueño contempló atónito cómo el público se ponía en pie, sin pedirlo, hasta el último «y yo sigo jugando, sigo jugando solo». Llegaron los aplausos, y el malagueño se dio cuenta de que algo había cambiado: el resto del concierto no sería igual, sentimiento que se metió en el pecho de todos los que estaban allí.

Continuaron las canciones, todas impresas de energía, y cuando el cantante se relajó volvió a dirigirse a los suyos. «Ustedes van a permitir que les cuente hoy mi vida», dijo, antes de confesarse «acojonado» al inicio de cada tema: «Me da vergüenza porque está aquí mi madre», y a su madre se dirigió en varias ocasiones, sentada entre el público, contemplando cómo su hijo se dejaba el pellejo en cada estribillo y la palma de la mano contra la tapa del piano. Tan cómodo se sintió que invitó a su hermano, Luiggi López, al escenario, para dedicarle una canción. Durante 'Hijos del verbo amar' se quedó sin voz en un par de ocasiones, a lo que no pudo evitar excusarse: «A veces me da ansiedad, me quedo sin aire; pido disculpas a los que están aquí conmigo (señalando a sus tres músicos) y a vosotros». No había terminado la frase y el auditorio volvió a gritar su nombre, porque Pablo López solo sabe cantar quedándose ronco a cada instante. «Pero mamá, no pasa nada, estoy bien».

Tras finalizar 'La libertad', él y su banda abandonaron el escenario, y el pianista regresó solo, dispuesto a hacer que la noche fuera aún más especial. «Estamos en una cantera, no sé si puedo hacer esto pero yo lo voy a intentar, hoy es una noche especial, está aquí mi vieja». Pidió a los técnicos que sólo dejaran un foco y apagaran todos los micrófonos. Abrió la tapa del piano y comenzó a tocar de nuevo la introducción de 'El patio', completamente desenchufado. Un silencio inquieto se hizo entre los asistentes, que vieron una vez más a un hombre desnudarse entre lágrimas ante una historia que todo el mundo siente suya. «Fuera, vete de mi casa, suéltame las manos, no soy más que un niño con los pies descalzos». Y al terminar el silencio se hizo ensordecedor durante una milésima de segundo, hasta que llegó un aplauso interminable.

«No quiero correr, lo saben mis zapatos», continuó cantando, sólo ante el peligro tras recuperar el aliento. Toda la emoción, la energía y lo explosivo de la noche quedaron reducidos a cenizas, porque Pablo López necesita únicamente un piano para dejar sin habla a 3.000 personas.

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