El humor se sienta al piano con James Rhodes

James Rhodes durante su actuación en Fuengirola. /Fernando Torres
James Rhodes durante su actuación en Fuengirola. / Fernando Torres

El británico del momento, revela sus secretos en Fuengirola a caballo entre el monólogo y el recital de música clásica

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Un piano con la tapa abierta, un escenario desierto y un silencio cargado de expectación. Cuando el protagonista de la noche aparece, algo no encaja. En la escena cabría esperar un vestido de gala o un esmoquin vistiendo a un afamado solista con calzado de gala, peinado brillante y manos delicadas, adaptadas al marfil. Pero no. Pelo cano y desgarbado, vaqueros, sudadera y zapatillas con suela de goma. El pianista se encorva sobre las teclas con ensayada desgana y utiliza la mano izquierda para marcar algunas notas. Su postura sobre el instrumento dista de cualquier conservatorio, pero su técnica es la de uno de los pocos hombres capaces de ser una estrella del 'rock' interpretando a Bach y sus compañeros en plena era 'millenial'. La pieza avanza, los asistentes contienen la respiración, suena el acorde final. James Rhodes se pone en pie, entre aplausos, y hace lo segundo que mejor sabe: hablar. «Hace once meses me mudé a Madrid y todavía no domino el Español, menudo gilipollas». El humor negro del británico llegó ayer a Fuengirola en una noche atípica gracias a un espectáculo diferente y trabajado, al más puro estilo de monologuista de palacio, con proezas y chistes a partes iguales.

«Hablaré un poco en español y un poco en inglés, aunque seguro que ustedes tienen buen inglés», dijo, antes de probar con algo sencillo: «Solo tres palabras, fuck Donald Trump», espetó, mandando a paseo al presidente norteamericano. Acto seguido, ni corto ni perezoso (ya sí en su inglés natal), vertió su opinión –igual de negativa– sobre los jueces que han puesto en libertad condicional a 'la Manada' (fucking wrong). Tras esas lindezas, con una sonrisa pícara, narró el preludio de la segunda pieza de la noche, una partitura de Bach «llena de saltos difícil que te cagas». Y volvió a sentarse, y el público pasó de la risa al asombro en un cuatro por cuatro, porque Rhodes sabe lo que se hace y llenó el Castillo Sohail (en el que había bastantes localidades vacías) de una magia íntima difícil de conseguir.

Músico y tuitero

Rhodes es autor de dos libros 'Instrumental' (2015) y 'Fugas' (2017), en los que cuenta sus vivencias y relata una dura infancia marcada por unos abusos sexuales que todavía hoy le acompañan, pero que también le han llevado a ser a día de hoy un referente de visibilización y lucha por los afectados de esta lacra. Desde su llegada a España ha participado en programas de radio y televisión y ha publicado numerosos artículos alabando la vida española y sus tradiciones, desde la siesta a las croquetas. Todo ello está aliñado por una vibrante presencia en redes sociales que hacen de Rhodes un tipo sencillo pero que entra al trapo a todo lo que se mueve, desde Rajoy a Margaret Thatcher. En la actuación de anoche el inglés dejó ver parte de ese incendiario con cara de niño bueno que lleva dentro. «Debo ser el único británico que no está borrachos esta noche en toda Fuengirola», aventuró.

Antes de cada pieza contó una historia vinculada a sus músicos. «Llevo el nombre de Rachmáninov tatuado en ruso en el brazo, y no hablo ruso», comentó antes de interpretar la primera y la última pieza que el compositor soviético plasmó sobre el papel, para mostrar las diferentes formas de ver la vida. Entre acordes y solos Rhodes encandiló a los suyos y dejó claro que el siglo XXI también es amigo de los clásicos de la música, y que para recordarlos no hace falta llevar esmoquin.

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