Microrrelatos de verano en SUR (20/07/19)

Microrrelatos de verano en SUR (20/07/19)

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SUR
Alejandro Ruiz La caza

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento. Vio el plato de carne y su cara evidenció que quería salir de ahí.

No me gusta la carne, dijo.

Esto es un microrrelato, tienes que ser más explícito.

Pero me gusta cazar. Me enseñó mi abuelo.

Ahora te remontas a tu infancia. Te aviso de que se enfría la comida.

Mi abuelo odiaba a mi abuela. Odio de verdad, nunca la llamaba por su nombre, le decía: la cerda.

Parece que se pone interesante. Acaba ya. ¿Por qué no te gusta la carne?

Un día fuimos a comer a su casa, dijo que había cazado un jabalí.

Miguel Ángel Muñoz Alonso El último casting

Acababa de consumar un nuevo fracaso, el enésimo rechazo a sus prestaciones como actor. A pesar de su enorme dedicación todos sus intentos se estrellaban contra un muro monocorde: «Ya le llamaremos». Hasta de un anuncio publicitario de repostería le rechazaron, pese a presentarse embutido en un ridículo disfraz de galleta María. El realismo al que su representante se refería con insistencia, se movía en otros parámetros que aquel aspirante al Oscar no conseguía captar. Para su siguiente casting se preparó a conciencia, ensayando frente al espejo su corta frase, «¡estáis muertos, bastardos!», mientras apuntaba a sus imaginarias víctimas con una escopeta de caza. Llegó al set debidamente pertrechado. Se situó frente a los responsables de contratación y tras pronunciar su corto diálogo, descargó con saña la metralla. La sangre le salpicó a borbotones. Fue una notable actuación cargada de un realismo épico. Pero no quedó nadie vivo para contratarlo.

Margarita Csanady McEwen Minicuento

Nunca me olvidaré de tus ojos, fijos en el cielo estrellado. Dos pozos de silencio, dos planetas implorando: «Dime al menos que te gustan mis zapatos, mi pelo o mis manos».

Solíamos sentarnos frente al televisor, con el teléfono en la mano o el ipad conectado, pendientes de internet pero también bebíamos el café amargo de nuestras soledades, mendigábamos un poco de piel.

Después estábamos en el ascensor y cuando iba a decir algo, me ignoraste. Luego tu dijiste algo, pero no me di cuenta.

Así fue. Nos necesitábamos, pero no estábamos.

Decidí salir del edificio y de nuestra vida.

Esperanza Liñán Álvarez Cita en la estación

Una joven mira ansiosa los pasajeros de los andenes con el libro previsto para ser reconocida. Espera en la cafetería una inusual cita a ciegas: el regalo-confesión de su madre en su dieciocho cumpleaños: «Tu padre vive. Quiere conocerte». Ella creía que nadie volvía del cementerio.

La noche oscura cae detrás de los cristales. Dentro el gran reloj de la estación, fiel testigo de aquel universo anónimo, indica que papá se retrasa.

Los vagones arrojan y engullen pasajeros a ritmo vertiginoso. Nada permanece intacto, salvo la silla vacía a su lado. Sesenta minutos más y ella sigue inmóvil a pesar del incesante trasiego.

Le dicen que su cuenta la ha pagado un hombre mayor. No siente la tentación de escrutar nuevamente el paisaje humano de la cafetería. Sale cabizbaja con el Libro de los Abrazos pegado al pecho. Su padre ha vuelto a subir al vagón de los muertos.

Rafael Badillo Belleza robada

Según creció, su voluntad siempre trató de realizar lo que le dictaba su conciencia: hacer planes, sonreír como los inocentes y buscar la belleza; aunque siempre pensó en el fondo que, la palabra vida sería mucho decir para quien nunca conocería la esencia de lo que esconde el alma humana.

Durante estas divagaciones, le sorprendió un fragmento de 'El Cisne' de Saint Saens colándose por la rendija de una ventana que le transportó de inmediato a aquel momento de su infancia en que su padre solía escucharla. También pudo divisar, entretanto, a una golondrina dando de comer a sus pajarillos mientras percibía el olor cercano de la primavera incipiente.

Aún estaba a tiempo; resolvió que en el fondo, todo es más bello justo en el instante en que te dispones a saltar hacia el abismo desde la cornisa de la planta catorce.

Francisco García Castro El autor

–Perdón caballero, ¿qué hace usted en mi casa?. Y lo que es peor, ¿qué hace usted urgando en mis papeles?.

–Calla! –dijo Faulkner– estoy rectificando un diálogo . No digas nada, o te juro que haré que el señor Birdsong te encierre con llave.

Jorge Jiménez Prescripción superstite

El doctor acaba de prescribir un fármaco con la siguiente posología: 0-0-0.

Las demás instrucciones las tiene mi viuda.

Miguel Ángel García Díaz Una inesperada visita

Cerré todas las ventanas y bajé completamente las persianas, procurando no hacer ningún ruido. Después, me aseguré de que todas las luces quedaban encendidas, atranqué la puerta de entrada con el sofá y fui a acostar a los niños. Lo habían visto y estaban asustados. Como yo, hacía ya cincuenta años. Todos los días, cuando regresaba del colegio a casa, me perseguía escaleras arriba intentando agarrarme los pies, mientras, a duras penas, lograba escabullirme y darle con la puerta en las narices. Alguna que otra vez, incluso, logró entrar y seguirme por el pasillo, hasta que yo llegaba a mi cuarto, donde, por fin, me encontraba a salvo junto a mi madre, que se pasaba las tardes cosiendo. Era el mismo monstruo. El viejo Frankenstein. Y esta vez, tampoco se saldría con la suya.

M. Gutiérrez Telefonía telepática

El timbre me rescata del sopor propio de una tarde veraniega. A través de la mirilla observo como alguien se extrae un pañuelo del bolsillo, siento curiosidad y abro. Aparece un señor enjugándose el sudor que ofrece un dispositivo acoplable al teléfono para captar, establecida la llamada, el pensamiento del interlocutor. Me permite realizar una prueba sin coste alguno y accedo. Pregunta si he recibido el mensaje del pensamiento. -Nítido- le respondo tajante. Entonces, ante mi buena disposición a comprar, decide marcharse sin desprenderse del valioso objeto de su timo.

Carlos M. Corchado Siete rosas rojas

Que una modelo aceptara su solicitud en Facebook, fue un hito. Las mujeres lo eliminaban. Seguramente su foto real las retraía. Era joven . Pero feo. Por eso le asombró chatear dos meses con ella. Cuando lo citó en la Marisquería Cambados, pensó: es una broma de mal gusto. Pero le confirmaron que la reserva la había hecho ella. 

Con sus mejor traje, camisa blanca, corbata azul marino. Volvió a beber un buche de ribeiro helado, miró el reloj y la rosa roja que le dijo llevara. Pasaba una hora desde la que habían fijado. Y giró su cabeza alrededor del salón. Cuál no sería su sorpresa al observar a otros seis hombres trajeados, cada uno de ellos con una rosa, mismo nerviosismo… 

Al fondo mirando. Una señora mayor, fea donde las haya, brindaba al aire, carcajeándose, depositaba la copa junto al jarrón con agua vacío de flores.