Mena. Más y mejor

Mientras esta exposición pasa a los anales culturales de Málaga por muchas y poderosas razones, nos provee de una experiencia apabullante y conmovedora

La muestra la componen 62 piezas de Pedro de Mena./Salvador Salas
La muestra la componen 62 piezas de Pedro de Mena. / Salvador Salas
JUAN FRANCISCO RUEDA

Hay exposiciones que están envueltas no sólo en una aureola de ocasión extraordinaria o indudable acontecimiento sino que adquieren condición de históricas. Es el caso de esta 'Pedro de Mena. Granatensis Malacae'. Es pertinente, casi una cuestión de justicia para con el ambicioso trabajo que la posibilita (comisariado, gestión de préstamos, restauración, investigación, difusión), ser rotundo y categórico sobre la dimensión de esta muestra. La memoria cultural de Málaga cuenta con un espacio privilegiado en relación con Mena (Granada, 1628-Málaga, 1688) y su reconsideración por parte de una ciudad que en él tuvo, aunque no naciera en ella, al artífice más importante que ha legado al arte del Barroco, instalado en su obrador de la calle Afligidos, cerca del Palacio Episcopal, donde ahora se reúnen 62 piezas, y a unos metros de la catedral, donde se puede encontrar esa auténtica y desbordante joya que es el coro, con los 42 altorrelieves que ejecutara y que participan igualmente del universo expositivo de esta cita.

La muestra es, 'grosso modo', emocionante por lo que supone disfrutar de tantos 'menas' y, por momentos, sobrecogedora gracias a los espacios dedicados a la 'Magdalena penitente', a las distintas versiones de San Francisco de Asís y al Cristo del Perdón, que luce 'recobrado' gracias a la labor de restauración que ha sido llevada a cabo y que rescata la policromía original casi en su totalidad. He aquí otra cuestión absolutamente gruesa y que aporta otra dimensión de lo que comporta una exposición de este calibre. Esto es, no sólo se han restaurado 25 piezas, lo que supone garantizar el correcto estado de conservación y la recuperación de algunas esculturas que incluso tenían transformadas su apariencia y que no eran, por tanto, fieles al trabajo del escultor. Aún más, también se ha posibilitado la apertura, limpieza y consolidación del coro de la catedral, que estrena una nueva iluminación que lo hace lucir y que ha permitido que sea eliminado el cuantioso y peligroso cableado con el que contaba. Sólo por esta labor patrimonial, esta muestra resulta trascendental.

La exposición nos sitúa ante algunas de sus series iconográficas predilectas, de las que, además, se convirtió, en algunos casos, en principal reformulador y difusor de modelos y variantes. Tanto es así que hay iconografías o tipos reconocibles como propios e insustituibles, como los del Ecce Homo o la Dolorosa. El recorrido está sustentado en continuas y acertadísimas puestas en escena. Los aciertos empiezan en la segunda sala, dedicada a las imágenes de la Inmaculada. Una espina central vertebra el espacio y sobre ella se sitúan 9 tallas de esta iconografía mariana, a las que hay que sumar otra con la que precisamente se inicia la exposición en el espacio anterior, ciertamente deudora del modelo que Alonso Cano estableció con su imagen para el facistol de la catedral de Granada, y otra, de la Iglesia de San Juan de Marchena, de una escala que roza lo monumental y que, justamente por ello, cierra la perspectiva de este 'espacio concepcionista'.

Es también un acierto arrancar el recorrido con la mencionada Inmaculada, del Palacio Arzobispal de Granada, porque está fechada en 1658, lo que nos habla tanto del influjo de Cano, con quien mantuvo colaboración entre 1652 y 1657 en Granada, como del momento en el que se instala en Málaga para abordar la finalización de la sillería del coro de la catedral y que posibilitaría un creciente naturalismo. Esta pieza en cuestión, como las restantes, es paradigmática de la incorporación del movimiento en los paños, de la integración de distintos materiales y oficios, del afán por dotar de cierta suspensión material a la figura que deja de tener contacto con la superficie o de los múltiples recursos iconográficos que emplea para materializar a 'la mujer del Apocalipsis'. Es este 'espacio concepcionista' un lugar privilegiado para recrearse en el prodigioso virtuosismo de Mena, es el lugar en el que quedarse prendido en los encajes de las bocamangas, en los pliegues de apenas milímetros de las camisolas, en el juego ondulante de las cabelleras que recorren las espaldas. El montaje posibilita una suerte de 'efecto espejo', ya que tenemos la posibilidad de ver frontalmente una de ellas y ver la parte posterior de otra.

Aquí se inicia un recurso de montaje verdaderamente afortunado y que se generaliza en parte de la exposición. Tal vez por el contundente número de obras expuestas y por la articulación en función a iconografías (Inmaculada, Ecce Homo, Dolorosas, santos) se generan numerosos diálogos sumamente enriquecedores que operan en conceptos capitales como pueden ser los de serie, tipología, arquetipo, singularidad o evolución. Nos permite ver cómo la producción se centró en auténticas series sostenidas en el tiempo que son irrenunciables en la configuración de la producción e imagen de Mena. Ese concepto de serie –como no puede ser de otra manera– se sustenta en la repetición de un modelo, ya sea heredado, reformulado o creado 'ex novo'. La riqueza de la puesta en escena permite en algunos casos observar el mantenimiento de buena parte de las características que codifican un arquetipo y en la progresiva incorporación de modificaciones, de modo que basculamos entre la homogeneidad, sin que ello suponga la reproducción burda y sin alma –justamente no se le puede achacar a Mena esa falta de alma–, y la singularidad de esas aportaciones que incorporaba a sus propias fórmulas.

Otra de las grandes virtudes es la posibilidad de bascular entre la profunda espiritualidad o estados estáticos y de arrobamiento, propios del ascetismo y el misticismo, y la humanidad y ternura que derrochan las representaciones de la infancia de Jesús y su relación con la Virgen y especialmente con San José, de cuya reconsideración se erige en uno de los principales impulsores. Se abre con ello la puerta a la tan querida manifestación barroca de los sentimientos, vía para la persuasión, para la conmoción y para la empatía. Resulta, valga la paradoja, abrumadora la contención de las emociones que practica Mena, su capacidad de transmisión sin forzar el gesto, el tránsito por el dolor y la búsqueda de empatía huyendo del clamor y del estruendo. De manera magistral e intensa nos transmite resignación, paciencia, asunción del destino. Cuán importante es la mirada, el empleo de los ojos de cristal, de la mirada entornada.

La exposición es un continuo encuentro con obras que nos sacuden sin concesión, tanto por lo emocional como por el virtuosismo de las mismas. No obstante, y gracias al montaje específico, la 'Magdalena penitente' (1664) –una auténtica cima– y las distintas versiones de San Francisco de Asís resultan apabullantes y sobrecogedoras. No impresiona menos el 'San Pedro de Alcántara' de la Iglesia de Madre de Dios de Lucena, que comparte sala con otras 3 versiones. Mena refleja la senectud de tal manera que lo enjuto del santo roza lo cadavérico. El virtuosismo tanto del tratamiento de su faz, ajada y arrugada, y de las carnaciones nos trasladan a la descripción que santa Teresa hizo de él: «Era muy viejo cuando le vine a conocer y tan extrema su flaqueza que no parecía sino hecho con raíces de árboles». Ciertamente, el rostro que le otorga Mena, 'rastrillado' por la edad y lo famélico, parece trasmutar, en un viaje de ida y vuelta, la carne en madera.

'Pedro de Mena. Granatensis Malacae

La exposición.
En el Palacio del Obispo, 62 esculturas, una pintura de Juan Bautista Maíno de fray Alonso de Santo Tomás, obispo de la ciudad y protector de Mena, y 2 fotografías coloreadas por David Varea que reproducen los desaparecidos Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de Belén. En la catedral, los 42 altorrelieves ejecutados por él para el coro.
Comisario.
José Luis Romero.
Lugar.
Palacio Episcopal. Plaza del Obispo 6, Málaga.
Fecha.
Hasta el 14 de julio.
Horario.
lunes a domingo, de 10 a 21 h.