El Museo Ruso de Málaga celebra hoy unas jornadas de puertas abiertas para ver la exposición de Malévich

El Museo Ruso de Málaga celebra hoy unas jornadas de puertas abiertas para ver la exposición de Malévich
Félix Palacios

El centro marca un hito con una ambiciosa exposición que repasa la trayectoria del artista de vanguardia

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

En ruso, 'krásni' quiere decir 'rojo', pero también 'bonito', 'importante', 'principal'. Por eso, el rincón de los hogares rusos donde se colocaba la imagen del icono para venerarlo junto a los trabajos de costura más primorosos y la mesa para las reuniones recibía el nombre de esquina roja. Y ahí, en el recodo de la habitación donde se celebró su funeral, quiso Kazimir Malévich que se colgara su 'Cuadrado rojo' (1915), que había pintado veinte años antes como quien pinta a Dios. Porque, para el artista, la divinidad no podía representarse como una persona. Dios estaba más allá, destilado al máximo hasta quedar sólo en la forma y el color, ajeno al motivo, al realismo.

Malévich llegó a ese 'punto cero' de la pintura después de dos décadas de investigaciones y devaneos por otros estilos. Comenzó impresionista; luego probó el fauvismo, el futurismo y el cubismo; llegó a la esencia de la forma geométrica y del color en la corriente que alumbró y bautizó como suprematismo y años después regresaría a una figuración siempre singular, de la mano de la revolución socialista que después quiso silenciarlo mientras él se refugiaba en pinturas postreras de corte renacentista. Una trayectoria circular, la cuadratura del círculo en el arte del siglo XX, que ahora ofrece la extraordinaria exposición presentada este fin de semana en la Colección del Museo Ruso de Málaga y que podrá visitarse a partir de hoy domingo domingo con una jornada de puertas abiertas en la que también se estrenará un pequeño montaje sobre el artista David Burliuk, padre del futurismo ruso.

Tal y como adelantó SUR, el Museo Ruso acometía con Malévich su exposición más cotizada hasta la fecha (con piezas que suman un valor asegurado de 156,60 millones de euros), pero el resultado va más allá de los fríos guarismos para ofrecer un hito no sólo en la trayectoria de la filial, sino en la biografía cultural de la ciudad. Porque la exposición de Malévich en el Museo Ruso de Málaga sostiene la mirada a la histórica exhibición que la Fundación Juan March dedicó al autor en los primeros meses de 1993 y se detiene en esta figura clave del siglo XX con mayores argumentos de los encontrados en las potentes propuestas colectivas sobre arte ruso que La Casa Encendida y La Caixa plantearon en 2011.

De este modo, los pabellones de Tabacalera acogen hasta el próximo 3 de febrero una exposición que no sólo brinda algunas piezas referenciales del suprematismo (las que aparecen en una búsqueda en Internet si se teclea ese término), sino que además contextualizan ese fogonazo histórico con lo que vino antes y después, piezas éstas apenas expuestas. El Museo Ruso sirve por tanto una ocasión extraordinaria para asomarse a toda la trayectoria de un autor esencial en el arte moderno y de vanguardia a través de una selección de 44 piezas procedentes del Museo Estatal de Arte Ruso de San Petersburgo. Y así, Tabacalera toma el pulso a las diferentes etapas creativas de Malévich, añadiendo el aliciente de sumar 16 obras inéditas en España hasta la fecha.

Dos pequeños paisajes de corte impresionista fechados en los primeros años del siglo XX dan la bienvenida al visitante, que acto seguido cruza dos pesadas cortinas negras que dan acceso a un compartimento estanco a la luz. Allí se proyecta junto al vestuario para esa representación la ópera 'Victoria sobre el sol' (1913), el montaje en el que participó Malévich y que le sirvió para rumiar su principal hallazgo en la historia de la pintura.

Lo recordaba esta mañana la vicedirectora del Museo Estatal de Arte Ruso de San Petersburgo, Eugenia Petrova: «En el mundo nuevo que perseguían estos artistas, el sol no podía ser redondo y amarillo, sino cuadrado y negro.Tenía que estar más allá de la representación, de lo que el arte burgués consideraba la realidad. De ahí parte la idea y el término suprematismo para referirse al arte que está más allá de los objetos, porque para Malévich el realismo es decorativo».

Pasarían aún dos años hasta que el autor diera el salto al vacío de sacar esa imagen de la obra de teatro para darle el protagonismo absoluto en una pieza. 'Cuadrado negro' (1915) marca ese hito y en el Museo Ruso aparece acompañado de 'Círculo negro' y 'Cruz negra'. Un tríptico para la nueva religión del arte. Un retablo ateo para mayor gloria de la pintura. El propio Malévich hablaría así de 'Círculo negro': «No es una pintura. Es otra cosa. Tuve la idea de que si la humanidad dibujara una imagen de la divinidad a partir de su propia imagen, el cuadrado negro quizás sería la imagen de Dios como la esencia de su perfección...».

Malévich daría un nuevo giro de tuerca a su búsqueda en una serie de cuadros fechados ese mismo año y convertidos en iconos planetarios de esa corriente estética. Obras tituladas en todos los casos 'Suprematismo' que ahora cuelgan en las paredes del Museo Ruso de Málaga junto al 'Cuadrado rojo' (1915). Y ese recodo del Museo Ruso resume un episodio crucial de la Historia del Arte con las obras protagonistas de ese momento.

Como otros artistas compatriotas y contemporáneos, Malévich se acercaría luego a los postulados de la triunfante revolución bolchevique y a partir de las décadas de 1920 y 1930 cultivaría un arte más accesible para el pueblo llano. Eso sí, sus escenas tantearían de nuevo la figuración, pero no en realismo. Así sus personajes aparecen con caras ovaladas y sin rostro, en paisajes sin profundidad cultivados de colores planos. Esa toma de distancia de Malévich respecto al arte socialista queda evidenciada de manera brillante en el montaje de la exposición. Además, el Museo Ruso ofrece la posibilidad estos meses de comparar de primera mano cómo Malévich retrató a esos campesinos y cómo lo hizo el arte más afín al régimen comunista, que protagoniza la actual exposición anual en la filial malagueña.

Frente a esos campesinos, la muestra brinda otros retratos que jalonan el viaje de Malévich hacia una pintura casi renacentista, a mediados de los años 30 del siglo pasado. Pero Malévich, con su vocación de verso libre, se venía cada vez más aislado del régimen, más presionado en una dirección que no sentía como propia, y de ahí pinta esos paisajes de casas solitarias como él mismo. Una huida interior, una búsqueda permanente, insatisfecha siempre. La batalla entre quienes querían un arte pegado a la tierra y el deseo de volar de Malévich. Ahí el paisaje rudo, de colores planos como estacas sobre el que corren figuras livianas apenas esbozadas en pinceladas. La escena de 'Caballería roja' (c. 1932) espera en los últimos compases del paseo.

Malévich se había dado cuenta: quienes antes rezaban a los iconos ahora lo hacían a los líderes del soviet. De hecho, los segundos habían ocupado el lugar de los primeros también en la mejor esquina de las casas, la que él había reservado, en su propio funeral, a un cuadro que representaba a su único dios verdadero: el arte.

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