Málaga llora a Fosforito: «Cuando él cantaba, nadie quería salir después»
Málaga despide bajo la lluvia al maestro Fosforito, Llave de Oro del Cante, en una capilla ardiente que desbordó el Ayuntamiento entre flores, emoción y respeto
Carmen Barainca
Viernes, 14 de noviembre 2025, 00:34
«Cuando él cantaba, nadie quería salir después». Lo dijo el cantaor Julián Estrada, con la voz aún quebrada por la pérdida, ante el féretro ... cubierto de claveles. Porque Fosforito no era solo un cantaor: era el compás que marcaba el alma del flamenco. Y el jueves, bajo una lluvia que parecía acompañar el duelo, fueron muchos los que acudieron para dedicarle un último adiós. Este viernes, su capilla ardiente continúa abierta de 9:00 a 15:00 horas.
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Una despedida multitudinaria
El Ayuntamiento de Málaga, con su Salón de los Espejos convertido en un santuario de silencios, rebosaba de gente desde primeras horas del jueves. Autoridades, artistas, amigos y vecinos formaban una larga fila ante el libro de condolencias. Las páginas se llenaban con una caligrafía que temblaba más por emoción que por prisa. Afuera, los paraguas se abrían como flores tristes bajo el cielo gris. Dentro, el aire olía a cera y a respeto.
«Fue un genio irrepetible, un hombre que vivía veinticinco horas al día para el flamenco», añade Estrada. El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, afirma que su voz es «ya patrimonio de Málaga y de la historia del arte jondo». Desde Alhaurín de la Torre, su antiguo hogar, el regidor Joaquín Villanova evocó al vecino que sembró el amor por el cante: «Fosforito siempre estará en Alhaurín, con todos los que cantan allá en el cielo».
Nacido en Puente Genil (Córdoba) en 1932, Antonio Fernández Díaz creció entre la escasez y el eco de los cantes de taberna. Desde niño entonaba sus primeros cantes en ventas y cines a cambio de unas monedas, y aquellas «fatiguitas», como solía decir, templaron una voz tan poderosa como emotiva.
Con apenas 24 años conquistó todos los galardones del Primer Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, un acontecimiento que lo impulsó definitivamente a los grandes escenarios internacionales. «Antonio dejó un legado artístico, una huella irrepetible en el flamenco», evoca su amigo Aurelio Gurrea. No se adscribía a un solo palo: los abrazó todos y los hizo suyos. Soleá, seguiriyas, tarantos, fandangos… los recreó con una hondura renovada, equilibrando el respeto por la tradición con la valentía de lo propio.
Su trayectoria constituye una auténtica enciclopedia sonora del arte jondo, con más de veinte discos y grabaciones legendarias junto a Paco de Lucía. En 2005 fue distinguido con la Llave de Oro del Cante, el máximo reconocimiento del flamenco, por su maestría y su empeño en salvaguardar los estilos primitivos. En sus últimos años, Málaga lo honró nombrándolo Hijo Adoptivo y concediéndole la Medalla de la Ciudad, distinciones que él recibió con sincero agradecimiento.
Otro de sus amigos presentes en la capilla ardiente, Ramón Soler, resume su esencia: «Era el último puente vivo entre Caracol, Mairena y Camarón. Un hombre de palabra. De los que cumplían, aunque lloviera a cántaros». Con emoción contenida, añade que estos días ultimaban un libro sobre su vida y su obra: «Estábamos corrigiendo las últimas pruebas, debía publicarse esta semana, pero él ya no podrá verlo. Hemos disfrutado mucho de su magisterio, de su generosidad, de la inmensa humanidad que tenía».
El eco que no se apaga
El Salón de los Espejos del Ayuntamiento estaba colmado de admiradores, allegados y grandes referentes. Y todos compartían una misma certeza: Fosforito no solo fue un maestro, sino un hombre bueno. Un ejemplo de coherencia, humildad y entrega al arte.
Llovía, sí. Pero la ciudad permanecía allí. Fiel hasta el último compás, Málaga despidió al hombre que convirtió la voz en raíz y el arte en herencia. Porque hay voces que no se apagan: se quedan suspendidas en el aire, resonando para siempre.
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