Romain Puértolas: «Me he aburguesado porque tengo dinero, pero en espíritu no creo»

Romain Puértolas, en el armario de Ikea que provocó su éxito editorial y que aún conserva. / Migue Fernández

Ha vendido millones de libros de su 'Faquir' metido en un amario de Ikea. Ahora regresa con la adaptación al cine y la secuela de la novela, aunque confiesa que quiere quitarse la etiqueta del 'best-seller'

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

Es un nómada impenitente. Nieto de un emigrante español en Francia, nació en Montpellier y ha sido policía en París. Además de DJ fracasado y coordinador de vuelo. Hasta que dio en el clavo con un mueble de Ikea. Y no precisamente siguiendo las instrucciones de la marca sueca. Sino perpetrando 'El increíble viaje del faquir que se quedó atrapado en un armario de Ikea' (2013), del que ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Ahora regresa con la secuela, 'Las aventuras de un faquir en el país de Ikea', a la vez que llega a los cines españoles con la adaptación de la primera novela. Confiesa que esta saga le ha dado éxito y dinero, aunque su «espíritu» no ha cambiado. Lo ha invertido todo en su lujosa casa del Cerrado de Calderón, donde vive desde hace unos años. La vivienda habla por sí sola: le ha puesto 'Villa Fakir'. Aunque admite que ya está un poco cansado de la etiqueta de escritor de «locuras» y asegura que en septiembre publicará una obra «mas literaria». Y no se lo han puesto fácil. Para salirse con la suya ha tenido que romper con su editor.

¿Empezamos por la película o por la nueva novela?

–Lo que quieras.

Pues por el filme, que se acaba de estrenar. A usted siempre le sonríen los números, pero la cinta no ha funcionado en nuestro país.

–Aquí no ha tenido mucha promoción y prácticamente la he hecho yo toda. En Málaga solo está en dos salas, así que no tiene gran visibilidad.

¿Qué tal se le da ser coguionista?

–No hay discusión, prefiero las novelas. He hecho el guion porque era mi libro, pero en el cine no hay libertad.

¿Quería controlar el resultado?

–Soy muy curioso y deseaba conocer un rodaje. Pero no era para controlarla, porque de hecho la película es muy diferente a la novela.

¿Se reconoce en la pantalla?

–El principio está cambiado, porque la niñez del faquir no está en la novela. Creo que en la película se pierde lo absurdo y es más realista. En el libro actúa la imaginación más que en la pantalla.

¿Entonces no repetirá?

–Pues ahora estoy con la adaptación a una película de animación de mi segunda novela –'La niña que se tragó una nube tan grande como la torre Eiffel'–. Ahora tengo curiosidad por los dibujos animados.

¿Vender un millón de ejemplares da tranquilidad o presión?

–Ambas cosas porque te da facilidad financiera, pero también la presión de saber cómo van ser recibidas las demás. Pero prefiero escribir lo que quiero, porque siempre habrá gente que te quiere y gente que te odia.

En la secuela vuelve al mundo Ikea al mandar a su faquir a hablar con el dueño de la compañía sueca.

–El objetivo del primer libro es que el faquir comprara una cama de clavos, pero al final acaba casándose. Así que recupero la misión en esta segunda parte como pretexto para que vaya a ver al señor Ikea y le fabrique su cama de clavos ya descatalogada.

El protagonista busca esa cama porque se ha aburguesado. ¿El éxito le ha aburguesado a usted?

–No he cambiado, aunque, claro, me he comprado una casa. Todo mi dinero lo he puesto en estos muros, no me lo he gastado en chorradas. Vivo mejor, pero sigo siendo natural y no he perdido la cabeza. Me he aburguesado porque ahora tengo dinero y he conseguido una buena casa, pero en espíritu no creo. Si mañana me arruino, iré a buscarme la vida y haré lo de siempre: rebotar de un lado a otro.

¿Y cuál es su cama de clavos que le mantiene pegado a la realidad?

–Mi familia. He logrado algo que jamás había pensado, así que no puedo aspirar a más. Yo no quería ser escritor de éxito; me ha caído encima. De pronto el libro se publica en 50 países, hacen la película, la obra de teatro, el cómic… No lo busqué. Así que la moraleja es decirle a la gente que, cuando quiera algo, no lo busque.

Pero usted insistió hasta que encontró el éxito.

–Escribo desde que tengo 7 u 8 años, pero nunca pensé ser escritor. He trabajado en la música, de azafato, de inspector de policía que eran profesiones, pero lo del escritor es muy aleatorio y no lo veía viable. En 2005 comencé a escribir novelas y las envié a editoriales, pero sin amargarme la vida y sin pensar que funcionarían. Aprendí la lección que me dio la música ya que hasta los 25 años me dediqué a ser DJ y compositor. Quería triunfar, pero malviví y fue una bofetada tan grande que nunca pensé que me podía pasar con la escritura. Tengo 22 cartas de rechazo, pero nunca me frustré. Si hubiera sido mi ambición, a la tercera lo habría dejado.

Poniendo títulos es usted un maestro. Y usar Ikea, todo un reclamo.

–Sí, pero no fue por marketing, sino que me salió así. Y la palabra faquir creía que no iba a funcionar.

Y si no es por marketing, ¿por qué esa fijación con Ikea?

–Fue una vez nada más. Pero a Ikea no le gustó y por eso ahora lo he puesto en esta secuela, como una manera de fastidiarles.

¿Y se puede usar con libertad la denominación Ikea?

–No estoy robando la marca porque no estoy construyendo muebles. Estoy escribiendo un libro en el que está la palabra Ikea, así que no hay confusión en la mente del comprador. Ikea no es una editorial ni saca libros.

Por cierto, en su casa no veo mucho mueble de Ikea.

–No, no hay. Ese centro mesa y algo de vajilla. Pero tengo en el cuarto de los niños el verdadero armario de Ikea del faquir. Ven a verlo.

«Fracasé en la música y fue una bofetada tan grande que no esperaba triunfar como escritor» Quiso ser DJ

«Me he quedado atrapado en el armario de Ikea. Quiero quitarme esa etiqueta» El peso del éxito

«Quiere que siga haciendo lo del 'Fakir'. Así que pasé la novela a dos editoriales y la compraron enseguida» Nuevo estilo y ruptura con el editor

El armario del delito

Romain Puértolas se levanta, salimos del diáfano salón y atravesamos un largo pasillo –en una de las paredes hay una plancha de imprenta con páginas en francés de esta última novela– hasta llegar al cuarto de juegos. Abre una puerta que parecía parte de la pared y muestra un armario de la marca sueca pintado de amarillo. Incluso se mete en él y accede encantado a que mi compañero Migue Fernández le grabe un vídeo sentado dentro del ropero explicando que este mueble fue el que originó la trama de su gran éxito editorial.

¿Se ha quedado atrapado como su protagonista en el armario de Ikea?

–Pues sí, me he quedado atrapado porque la gente solo me habla del faquir, pero he escrito seis novelas y solo dos son de este personaje. Me gustaría desprenderme de esa etiqueta, porque puedo hacer otras cosas.

¿Como qué?

–Tras el faquir, le di a mi editor francés una nueva novela con otro estilo y la rechazó. Entonces hice una en la línea del faquir y le gustó. Luego otra más en esa línea y le gustó. Hice otra diferente y me la volvió a rechazar. No me admitió cuatro manuscritos en los que intenté dar un paso al lado. Yo escribo más cosas, pero la gente no lo ha podido leer.

¿Publicará esas otras novelas?

–Sí, en septiembre voy a editar en Francia una novela en la que cambió drásticamente de estilo. He cambiado hasta de editor. Quería quitarme la etiqueta de escritor de humor absurdo, fantasía y locura. Es una novela más seria y literaria.

Con su pasado de inspector de policía, lo lógico es que tirara de sus experiencias para escribir 'thrillers'.

–Pues lo próximo es una trama policíaca en un pueblo en Francia en 1961. Con un giro inesperado para manipular al lector. Lo que me ha encantado.

¿A qué se refiere?

–En el pueblo ocurre un crimen salvaje y, como solo hay un guarda forestal, viene un inspector de policía de la ciudad. Él va investigando y en cada página le descubro algo al lector, pero no se entera. Voy jugando hasta el extremo. Es parecido a 'El sexto sentido' con el personaje que está muerto, pero no te enteras hasta el final. Quería este efecto y lo he conseguido porque se lo he dado a leer a quince personas y sólo una descubrió el truco. Pero la novela no le gustó a mi editor.

¿Por qué?

–Pues porque me salgo de la casilla del faquir que es lo que él quiere que siga haciendo. Así que pasé la novela a dos editoriales muy grandes y me la han comprado enseguida.

Con lo que usted vende, es difícil creer que su editor –Dominique Gaultier– lo haya dejado escapar.

–Él es así. Si no le gusta, no le gusta y punto.

¿Es una ruptura completa o volverá a la editorial La Dilettante si hay más faquires?

–Ya veremos. Seguimos teniendo buena relación. La verdad es que el 'Faquir 3' ya lo tengo escrito y a lo mejor vuelvo con él. No lo sé.

Usted ha sido policía de inmigración y tiene espíritu nómada. ¿Cómo ve el cierre de fronteras de Europa?

–En realidad la situación no ha cambiado. Tal vez ahora hay más rechazo en la gente, pero a la vez se acogen más refugiados. No hay solución a la inmigración ilegal. La única es eliminar las fronteras y para ello es necesario que todos los países tengan la misma situación financiera para que los de Etiopía no tengan interés en venir en masa a España o Francia. Pero es una utopía, porque el ser humano quiere tener más que el otro. Lo ves en un niño, cuyo sentimiento primario es el egoísmo y decir: «Esto es mío».

¿Qué hacemos entonces?

–No hay solución inmediata. Se acogen a los 300 primeros, pero después vienen millones y entonces ya no los aceptan. Nadie sabe cuál es la solución. La situación se ve a ahora en el telediario, pero esto ya lo vivía yo a diario cuando era policía.

Ahora la xenofobia y el extremismo va en aumento. Solo hay que mirar a Italia.

–El racismo no tiene sentido, porque la gente que viene no tiene culpa. Son personas como nosotros y, en el 'Faquir 3', que no se cuando se publicará, le doy la vuelta a la tortilla con una crisis tremenda en el viejo continente y son los europeos los que saltan a las pateras para ir a África. No hay que mirar mucho para atrás para encontrar gente como mi abuelo aragonés que se fue a Francia y lo consideraban el africano, como hoy hacemos con los inmigrantes. A mi abuelo no se le podía decir 'español', porque le daba vergüenza. Y eso fue hace solo unos años. La historia es cíclica. Este mar al que vamos a bañarnos es el cielo, pero visto desde el otro lado es el infierno tras el que se encuentra el paraíso. Con mis libros del 'Faquir' quería aportar otra visión de los moros y de la gente diferente. Son tan humanos como nosotros.

Por último, una curiosidad: ¿usted como acaba en Málaga?

–Mi mujer es granadina y quería volver a Andalucía. Y como yo me paso la vida en el avión, quería tener un aeropuerto internacional cerca. Así que me vine a Málaga que, no solo es una ciudad grande cerca de Granada, sino que además tiene este mar.