Muñoz Zayas: «A algunos les gustaría ser poetas con magnetismo de estrella de rock»

Muñoz Zayas, en una imagen de archivo. /María Alcantarilla
Muñoz Zayas, en una imagen de archivo. / María Alcantarilla

El escritor presenta 'Los astronautas de verdad no regresan a casa', un poemario que funciona «como una balada que reflexiona sobre la soledad y el desarraigo»

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Rafael Muñoz Zayas presenta este viernes a las 19 horas su libro 'Los astronautas de verdad no regresan a casa', un poemario editado por Pre-Textos «que funciona como una balada que reflexiona sobre la soledad y el desarraigo», en la librería Luces. Luego leerá algunos de sus nuevos poemas en la quinta edición de Málaga 451: La noche de los libros.

-¿Quiénes son los astronautas de verdad?

-Es una pregunta que se me hace difícil de responder, por más que sea uno de los conceptos clave que recorren el libro. En cierta medida, esos astronautas de verdad a los que alude el libro son los fracasados, aquellos que para lograr su empeño deben entregarlo todo, y sobre todo la vida, para poder realizarse.

-¿Por qué escribir si nunca hay nada interesante que contar, como advierte Rimbaud en la cita que introduce su libro?

-Esa cita de Rimbaud está tomada de una carta a su hermana, próximo a la muerte, con la pierna ya gangrenada y esperando ser retornado a Francia. Es una paradoja, de las muchas que recorren el libro y que enlazan con el título. Rimbaud, con su fulgor breve cuyo resplandor aún nos ciega casi 130 años tras su muerte, nos sigue interesando aunque sea a través de la correspondencia anodina de un enfermo que detalla a su hermana la monotonía de su día a día. Este poemario da fin a ocho años de silencio. Sí tenía algo que contar, aunque anuncie lo contrario.

-¿La poesía es una forma de rebeldía?

-Podría caer en la generalidad si le dijera que sí. Mi poesía, que oscila entre el yo más subjetivo e íntimo y su relación con el mundo que le rodea, está lejos de ser una expresión de rebeldía. Rebeldía en tanto se ha decidido no permanecer en silencio, en no dejar de lado el río de la escritura, en no dejar de ser portavoz de la poesía cuando esta nos convoca.

-¿Cuánta soledad es necesaria para construir un universo poético tan singular como el suyo, donde caben desde los libros de Flaubert hasta animales de hielo o pájaros de pico gris?

-Escribimos en soledad, pero todos estamos inmensamente solos. Simplemente basta con cerrar los ojos un momento, concentrarnos en un acto mecánico para vaciarnos de lo que nos rodea. Estamos todos a solas con nosotros.

-Canta «a todo lo que no pudo ser». Sabina escribió que no hay nostalgia peor que añorar lo que jamás sucedió. ¿Lo comparte?

-Pienso que Sabina lo que detesta es llevar al terreno de la ficción lo que pudo ser posible. Lo cierto es que añorar lo que no pudo ser y no será es poco productivo a nivel vital, aunque sirva de excusa para entretejer versos.

-¿Por qué eligió a Vladimir Mijáilovich?

-En Occidente, el Occidente al que pertenecemos, a ese mundo colonizado por el imaginario del 'american way of life', apenas conocemos más cosmonautas rusos que a Laika, en buena parte porque mi generación, y la que inmediatamente la siguió, vivieron en medio del fenómeno ultrapop de Mecano y 'Laika', su canción, nos enseñó algo de la carrera espacial del otro lado del muro. Todos tenemos idea, gracias al cine, principalmente, de los distintos programas y misiones del proyecto Apolo, pero casi ninguna del programa espacial soviético, más allá de Yuri Gagarin, en parte por el bar que lleva su nombre en calle Álamos en Málaga. Pero nada de Pável Popóvch, de Neliúbov, Andrián Nikoláyev o Guerman Titov. Ni que decir de Velentina Tereshkova, la primera mujer en el espacio. Komarov, fue el primer fallecido del proyecto Soyuz. En fin, Komarov, el camarada Komarov, me cayó simpático en su desgracia.

-En sus poemas juega con el lenguaje y la métrica. ¿Qué ha aprendido de la experimentación?

-Pienso que casi todo lo que aprendí en mis primeros años escribiendo, el verso medido y exacto, los ritmos heredados a lo largo de los siglos de tradición literaria que conforman nuestra historia de la literatura en lengua castellana, lo reglado, lo puramente clásico, me han servido para poder alcanzar una escritura personal y propia, dentro de una tradición donde la búsqueda expresiva del lenguaje ha sobrepasado las normas y las reglas de los cánones tradicionales en busca de un nuevo clasicismo.

-¿Qué opina de la reciente introducción del fenómeno 'best-seller' en la poesía?, ¿puede el poeta ser un producto?

-El problema está en confundir lo que se vende como producto poético con poesía. Estamos ante estados de escritura versal muy incipientes y poco madurados, que buscan alimentarse de lo que es la materia poética per sé, es decir, se alimentan del amor, de la desdicha, de la repetición de temas en un alcance muy superficial que normalmente no obedecen a una escritura conscientemente dirigida desde el pasado hacia al futuro. A algunos les gustaría ser poetas con magnetismo de estrella de rock, pero de esos hay muy pocos. José Eugenio Sánchez, en Monterrey, es quizás uno de ellos. Pero de todos modos, hablamos de productos, dirigidos a un mercado donde han encontrado un nicho de oportunidad, y el mercado obedece a la ley de la oferta y la demanda. Hay público para poetas excelentes como Joan Margarit, Ernesto Pérez Zuñiga o Yanko González y también existe un público, más numeroso sin duda, para Marwan, Rayden o Irene X, por nombrar a fenómenos masivos en esta corriente de poesía más comercial y de otra calidad.

-¿Qué papel juega la literatura en una sociedad donde cada vez ganan más terreno la rentabilidad y la inmediatez?

-Es la misma lucha dialéctica que se da en casi todos los órdenes de la vida humana, pero no es nada nuevo, de la alabanza de la aldea frente al elogio de la ciudad, ahora hablamos de lo digital o de lo atómico, de lo inmediato frente a lo fugaz. Una novela exige en muchos casos un par de años de escritura, en el mejor de los casos. Un libro de poemas puede llevar varios años. Es muchos casos hablamos de una forma de enfrentarse al mundo. Particularmente el proceso de la escritura es lo verdaderamente interesante de lo literario. El resultado final, lo que se da a la imprenta o se fija en un texto, no es más que un momento determinado de ese proceso.

-«Todo lo que dicen que es bello / se lo ha llevado / este invierno». ¿Es posible una poesía feliz o estamos condenados a volcar insatisfacciones y tristezas?

-Este libro es especialmente desolador, pero la poesía responde y obedece a diferentes estados de ánimo y existe una poesía libre de tanta tristeza. De todos modos, el poeta es llamado a la poesía y en cierta medida actúa como transmisor de una verdad que escapa a él mismo.

-¿Está peor visto trabajar para un banco o ser poeta?

-Mi padre trabajó en una entidad bancaria durante cerca de cuarenta y dos años. Siempre fue poeta. En cierta manera, decía, el poeta es como un embajador que cuando deja de tener una plaza como tal sigue siendo embajador. Ser poeta hoy en día, si quiere que utilice un término literario, es un extrañamiento o, como diría Iván Ferreiro, un poeta es una alteración en matrix. Ser empleado de una entidad financiera, que ya no es mi caso, no es más que una forma muy digna de ganarse la vida, por más que se haya querido demonizar a este colectivo de trabajadores cuya función social es más reconocible, válida y tangible que la labor de los poetas, por mucho que seamos torres de Dios, como nos enseñó Juan Larrea.