Muere Romero Esteo, el 'enfant terrible' de la escena

Romero Esteo fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2008./SUR
Romero Esteo fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2008. / SUR

El dramaturgo fallece en Málaga a los 88 años dejando tras de sí una obra descomunal tan alabada por la crítica como desconocida por el público

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Una vez le preguntaron por su condición de autor maldito, esa etiqueta que muy a su pesar acompañaba a su nombre. «Pero no lo soy: soy inexistente. Es una categoría distinta», dijo. Una respuesta radical, rompedora, inconformista. Como era él y su obra. Miguel Romero Esteo falleció ayer en Málaga a los 88 años por una infección bacteriológica dejando tras de sí una obra descomunal tan alabada por la crítica como desconocida por el público, tan presente en los círculos académicos como ausente en los teatros. Una dualidad con la que este 'enfant terrible' de la dramaturgia lidió toda su vida. Recibió los mayores reconocimientos de la literatura teatral, desde el Premio Europa al Nacional de Literatura Dramática; pero le faltaron escenarios donde representar textos referenciales del Nuevo Teatro Español.

Miguel Romero Esteo, cordobés afincado en Málaga desde su infancia, fue un «genio» –en palabras de la profesora Carole Egger– y como tal, incomprendido. «Los directores de escena siempre le han tenido un altísimo respeto. Entendían que sus obras tenían muchas dificultades para representarse, por su larga duración y los altos presupuestos que requerían para la producción», analiza Carlos de Mesa, presidente de la Asociación Romero Esteo, que trabaja por la difusión de su figura. Si no ha llegado al público es porque no ha tenido opción de conocerle. Pero también en eso hay algo de mito. «Porque lo mismo se decía de la obra de Valle-Inclán y se montaron muchas de sus obras», apostilla Egger, profesora de la Universidad de Estrasburgo, donde su creación es minuciosamente estudiada. Quizás le faltó el factor suerte o quizás tampoco la buscó. Dicen que a veces era su peor enemigo, un hombre de trato profesional difícil que contrastaba con su actitud en lo personal. «Era sencillo, asequible y siempre en disposición de colaborar», cuenta De Mesa.

Autor de una originalidad desbordante, genio incomprendido y hombre comprometido, defendió un teatro a la vanguardia fuera de los cánones

Dinamizó el teatro en Málaga. Por un lado desde su rol de profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga –donde se ganó muchas filias y algunas fobias al defender una tesis doctoral basada en su propia obra–, formando a futuros escritores e impulsando talleres de artes escénicas. Y, por otro, como gestor dando un impulso internacional al Festival de Teatro de Málaga cuando estuvo bajo su mando a mediados de los 80. Una mirada a las artes escénicas del otro lado de la frontera que la dirección del Cervantes quiere ahora recuperar.

Pero su mayor legado es su inmensa y compleja producción. Romero Esteo «articuló la modernidad escénica», resume Juan Antonio Vigar, director del teatro municipal, donde el autor da nombre a una de sus salas. «Transgredió las normas de la construcción escénica y la palabra tenía un uso muy comprometido y militante. Desde ese planteamiento de marginalidad buscada por él mismo, se situó en un terreno de vanguardia», añade.

El dramaturgo siempre tuvo el respeto y la admiración de sus coetáneos.
El dramaturgo siempre tuvo el respeto y la admiración de sus coetáneos. / SUR

Incluido en la nómina de esa generación abonada a la experimentación que floreció en los años 60 y 70, Romero Esteo «nunca se dejó llevar por una modernidad sin más: entendía que había una estela, una gran tradición», indica Enrique Baena, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Málaga.

Firmó «la mejor tragedia contemporánea» en 'Tartessos', una obra que nunca vio representada al completo

Construyó un nuevo lenguaje que lograba conciliar «la forma española del Siglo de Oro y los modos vanguardistas». Fusionó, como explica Baena, la tradición del barroco español con las corrientes que llegaban de Europa dando lugar a lo que él llamó 'grotescomaquias'. De esa primera etapa son 'Pontifical', 'Pasodoble' y 'Paraphernalia de la olla podrida, la misericordia y la mucha consolación'. No se ajustaba a los cánones: la primera duraba ocho horas y le valió el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2008, cuatro décadas después de que fuera escrita y publicada de forma clandestina en 1971 (reeditada en 2007). De hecho, declaradamente antifranquista, su creación siempre estuvo en el ojo de la censura. Pero incluso en la denuncia social y política buscaba ir más allá: «Adquiría un carácter más simbólico y universal. Elevaba el tono y lo convertía en un arquetipo que afectaba también a lo humano en general».

Con mensaje y crítica

Siempre llegaba tarde, o pronto, según se mire. Cuando acabó el franquismo y su obra podía escenificarse en libertad, «la gente necesitaba otra cosa, una mayor liviandad», añade Carole Egger. Era el momento de la comedia dirigida al gran público y el teatro silenció a esos autores que planteaban una dramaturgia con «profundidad, con mensaje y con crítica», apostilla De Mesa.

«Un gran hombre de teatro. Barroco, culto, excéntrico y único. Andaluz, español y universal» Antonio Banderas, Actor

«Gracias por aquellas clases, aquellas risas y todo el conocimiento recibido» El Torres, Guionista de cómics

«Era un genio con una dramaturgia inédita fuera de cualquier cosa conocida» Carole Egger, Universidad de Estrasburgo

Transitaría después por una creación más ligera, con mucha ironía y costumbrismo, consciente de que el suyo era un «teatro imposible a nivel de representación». Algunos textos llegaron a la televisión. Pero en los 80 vuelve a dar un giro y firma una de las piezas cumbre de su producción:'Tartessos' (1983), «la mejor tragedia contemporánea», en palabras de Baena. Imagina un teatro que vuelve a los orígenes de la Andalucía ancestral y 'resucita' a esa primera civilización de Occidente. Como afirma el experto, «empezó a bucear en los tiempos remotos para que de ahí surgiera la luz de lo que hoy somos». En esta magna obra –con ochenta y cuatro liturgias, agrupadas en dos jornadas y un epílogo, en las que se combinan cantos, diálogos y largos recitados– el autor ubica en el sur de España el origen de la cultura europea. Por ella recibió el Premio Europa y fue elegida para uno de los eventos de la Expo 92 de Sevilla. Romero Esteo no renunció a su duración ni a su extensión y, finalmente, se presentó en una adaptación reducida.

Iba a contracorriente. «Su obra obliga a una segunda lectura, como un código sobre otro código. En el momento de la literatura de vanguardia, él vuelve al Siglo de Oro; cuando la literatura se hace moderna, él vuelve a la tragedia antigua», indica Enrique Baena.

«Logró conciliar la forma española del Siglo de Oro y los modos vanguardista» Enrique Baena, Catedrático de la UMA

«Articuló la modernidad escénica, tenía una gran audacia e inteligencia» Juan Antonio Vigar, Director Teatro Cervantes

Romero Esteo se quedó con la espinita de no ver nunca representaba al completo su creación más ambiciosa. Miguel Gallego, dramaturgo y director del futuro Teatro del Soho Caixabank, no puede evitar sonreír cuando recuerda una de las muchas anécdotas que tiene junto a su tocayo. «Se enteró que me iba a Los Ángeles y me llamó para que me llevara 'Tartessos' por si me encontraba con Spielberg», cuenta. Le tenía mucho afecto, conocía a su familia desde niño –«me he criado en su casa»– y se reencontraron con los años cuando el gusanillo del teatro ya había 'infectado' a ambos. «Cuando conversabas con él te llenaba de datos, hablaba y hablaba, pero no iba dando lecciones», señala.

Baena resalta también su virtuosismo dialéctico. «No quería caer en el tópico, en los lugares comunes. Nunca dejaba que el interlocutor ni el lector pudieran sentir aburrimiento o que conocía lo que decía, lo suyo sonaba a una originalidad extrema», argumenta. «Era un genio. Nunca disfruté tanto como con una obra teatral suya, siempre fuera de cualquier cosa conocida. Es una dramaturgia inédita, nueva, inteligentísima», detalla Egger. Pero si algo le llama profundamente la atención es su capacidad para unir «una mirada infantil, ingenua y pura, y una mirada adulta y cultísima».

Romero Esteo aceptaba estoicamente su realidad, pero se sentía ninguneado por las administraciones públicas que premiaban su obra y, después, no la programaban en sus circuitos. En contrapartida, siempre tuvo el respeto y la admiración de sus coetáneos y de sus discípulos. Entre ellos, Rafael Torán, director de la compañía El Gato, que se propuso llevar a las tablas la obra de Romero Esteo para acercarla al público. Y lo consiguió, por ejemplo, con 'La oropéndola' y 'Manual de bricolaje'.

Es difícil verla, pero se puede leer. La editorial madrileña Fundamentos le ha dedicado una colección. Y todo su legado está a buen recaudo en la Biblioteca Nacional España tras ser adquirido por el Ministerio de Cultura. En total, 22.000 folios de escritura mecanografiada en los que se condensan los originales de su obra publicada y los textos que permanecen inéditos. Porque los hay. Mientras Torán colaboraba en la catalogación de su producción se encontró con 'De garbanzos y lentejas', una pieza nunca difundida que pronto será publicada.

Hombre comprometido y «bondadoso» hasta el punto de dar cobijo en su casa a inmigrantes. Receloso de su intimidad y amante de la soledad, ayer le lloraban en unas redes sociales a las que era totalmente ajeno. Políticos como el consejero de Cultura Miguel Ángel Vázquez («Su figura y su obra forman parte para siempre de nuestro patrimonio cultural»), personalidades de la escena como Antonio Banderas («Un gran hombre de teatro. Barroco, culto, excéntrico y único. Andaluz, español y universal») y hasta guionistas de cómics como El Torres («Gracias por aquellas clases, aquellas risas y todo el conocimiento recibido») daban el pésame a los suyos. Un reflejo de la dimensión de un dramaturgo para quien una sola etiqueta se queda muy corta. «¿Maldito yo? No, eso lo serán los demás».

 

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