Los microrrelatos del sábado 17 de agosto

Los microrrelatos del sábado 17 de agosto

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Jorge Jiménez Venganza pubescente

El maestro avanzaba lentamente por el pasillo central de la clase de bachiller elemental. Los pupitres, ocupados por dos escolares, formaban una hilera a cada lado. Y don Manuel, con su regla de madera, su bigote filiforme, sus zapatos centelleantes y las cejas de ira, iba yente y viniente desde la tarima hasta la pared del final y viceversa. Cuando estaba detrás, un sudoroso sentimiento de pavor se adueñaba de los párvulos. Don Manuel solía encender un cigarro mientras deambulaba. Su humo se desplazaba como columna salomónica mientras explicaba Formación del Espíritu Nacional. Nadie entendía lo que decía, lo decía para él, se lo contaba a sí mismo. Un día pegó a Pedrín con la regla sobre las manos, dejándolas sangrar en albufera. Pedrín lo dejó encerrado en el baño el día en que quitaron la escuela, antes de que tapiaran la entrada. Después, compungido y contrito, rezó un Padrenuestro.

Miguel Ángel Muñoz Alonso Tal vez, mañana

Se han ido todos. Puedo oír el silencio en cada rincón y a lo largo del pasillo. Solo quedan objetos inertes y ropa esparcida, proyectos interrumpidos por la urgencia de aquel día. Una vieja cafetera sin preparar, el cajón entreabierto, una nota apresurada y el polvo acumulado como notario de estos años de vacío. Todo está como entonces, pero es tan diferente…

Un olor a humedad impregna la estancia, silenciosa y mate, sin vida, sin alma. El reloj de pared se detuvo marcando el final de un tiempo que ya no avanzó. Y un almanaque en la pared señala en un círculo rojo una gestión que nunca llegó a materializarse.

Yo también me quedé detenido en aquella hora, en aquel fatídico día de pérdidas y mi mirada quedó sin brillo, oculta bajo el mar seco de mis lágrimas.

Mañana será otro día. Tal vez, mañana.

Carmen Becerra G. La borrasca

Hace sólo un momento la calima lo invadía todo. El día era cálido y húmedo. Hubiera sido fácil imaginar una lubricada tarde de amor con «el vecino del quinto» pero parece que está bajando la presión atmosférica, los minutos pasan en sentido ciclónico y el viento está asurado en mi muñeca. El minuto negro de la borrasca no se hace esperar; nunca defrauda pero nunca sorprende. La gente mira al cielo, ensordecida por algo que ni siquiera ha sonado. La luz no llega, no consigue colarse entre las pocas rendijas que deja la tormenta. Veo rostros que miran al cielo, coches detenidos ante semáforos invisibles y buitres sobrevolando en círculo. El segundo trueno es más fuerte, más violento, derriba muros, rompe ventanas. Ahora los buitres sobrevuelan por encima de mi cabeza.

Pablo Virgili Benítez ¡Era gigante!

Caminando en la vereda del jardín donde crecen las flores blancas vimos al bebé. ¡Era gigante! Yo llevaba un paraguas para cubrir a Lucía de la pertinaz llovizna que caía en aquella tarde invernal. Nos quedamos atónitos. Detuvimos el paso y miramos incautos aquel bebé enorme, blanco, de pies tenues y extremidades largas, parecía sacado de un cuento de hadas. Lucía me susurró al oído una frase de asombro. Yo le dije que no se preocupara, que el invierno tiene esas cosas y la magia aparece en todos los instantes. Cerré el paraguas y retomamos la marcha.

Mireya Jimena Ruiz Nochecitas alegres

¡No chilles!, le digo con mi pensamiento a todo lo que me rodea. Hasta tengo que apagar la luz, el maldito zumbido de la bombilla me martillea la cabeza. Ahogo una arcada maltrecha. No recordaba como eran las resacas de tequila, besos y sal.

Salvador Cortés Cortés Enamorado

Estar todo el rato pensando en la limpiadora del portal era un suplicio; tan enamorado estaba... Sin embargo, ni su nombre sabia. Salía de su casa por la mañana y allí estaba ella, delgada, pelirroja, sonriente; le pedía que se descalzara para pasar sobre lo fregado, y él la obedecía; y allá se iba, que nada más salír a la calle se tenía que volver a poner los calcetines encima de los pies húmedos. «Elisa», le gustaba ese nombre, «¿qué haces el sábado por la noche?»; no, nunca le haría esa pregunta. En cambio, un día, sí le hizo esta pregunta: «Perdona, ¿te llamas...?»; «No me llamo Elisa».

Alfonso Cajigas Delgado El acuario

De un certero bocado le arrebató el pincel, haciéndole una pequeña herida en su dedo corazón.

– ¡Cáspita! –, gritó el niño, empeñado en transformar su pez cirujano amarillo en un pez payaso, mientras algunos alevines se escondían temerosos entre la maraña de pinceles que ya cubrían el fondo del acuario, y entre los que florecía una incipiente vegetación autóctona. Kitty, la gata, seguía con sus grandes y redondos ojos los sinuosos movimientos de tales especímenes.

Silvia Centurión Perseguida

Salta la alarma, veo sombras tenebrosas en la oscuridad, y todas se parecen a mi ex.

Elisa Negro Morilla Efectos secundarios

Sí, soy su esposa, y su secretaria, y su enfermera, y su madre y hasta su representante legal. Por ser soy, hasta sus pies, sus manos y su voz. Casi me he convertido en él. A cambio, he dejado de ser su amante, su protegida, su pasión, su vida. Cada día se me hace más evidente que el accidente no sólo destrozó la moto y la columna vertebral de Carlos.

Eduardo Calderón Tuyo siempre, Robespierre

Mientras llevaban al cadalso al último reo, la turba celebraba el izado de la cuchilla que rebanaría el pescuezo de otro infeliz. En medio de aquel entusiasmo, observaba de reojo a Danton, y percibía que en su mirada ya no brillaba el fulgor revolucionario de antaño. Ay, qué lejos quedaban aquellos sueños jacobinos que compartieron con tanta pasión. Pero ya no era el mismo, se había vuelto pusilánime y sentimental. De modo que decidió invitarlo a un almuerzo para tratar pormenores y limar discrepancias. En su nota terminaba: «te ruego puntualidad, mon ami, ya sabes que después de comer me gusta echar una cabezadita».

Nuria Mancilla Cantos La venganza

Esperó. Sirvió la sopa. Se quejaban de que estaba fría. Ella les puso sobre la mesa un libro. Y mientras cada uno leía sus propias acciones, la escritora se marchó con la sopera vacía.

Alejandro Barrón Luigi

Al menos tres veces por semana, mi hermanito irrumpe en mi habitación y me pide que si puede dormir conmigo. Tirita de frío y está asustado. Yo le digo que sí y le hago un campo. Lo cubro con mi mejor manta, le digo cuánto lo quiero y lo abrazo muy fuerte. Le cuento una historia y al final se queda profundamente dormido. No me imagino el miedo que ha de sentir el pobrecillo en aquella tumba tan fría y oscura.