«El feminismo es una llave para que los hombres seamos más felices»

Octavio Salazar, en una imagen de archivo de la presentación de su libro en Málaga. /Francis Silva
Octavio Salazar, en una imagen de archivo de la presentación de su libro en Málaga. / Francis Silva

Octavio Salazar, catedrático de Derecho Constitucional

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Para unos se ha convertido en un traidor, para otros es el 'pepito grillo' de la universidad, para muchos es un ejemplo. Octavio Salazar, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba, forma parte de ese todavía reducido grupo de hombres que se posicionan claramente y sin ambages del lado feminista. Tiene claro que su papel no es ser altavoz de las mujeres sino acicate del hombre ante «el machista que todos llevamos dentro». Lo hace por escrito, con libros como 'El hombre que no deberíamos ser', y de palabra en actos como el que hoy le lleva a La Térmica (20.00 horas), con el apoyo de la Fundación Unicaja.

–¿Cuál debería ser el lugar del hombre en el feminismo?

–Los hombres tenemos que sentirnos interpelados por las vindicaciones feministas. Nos debe servir para que nosotros mismos cuestionemos nuestra identidad masculina. El primer paso debe ser colocarnos delante del espejo y analizar cuáles son nuestros privilegios, nuestra posición de comodidad por el hecho de ser hombres, el espacio que ocupamos en la sociedad a costa de la discriminación de las mujeres. Y a partir de esa toma de conciencia, tenemos que empezar a renunciar a esos privilegios y, en paralelo, convertirnos en militantes de la igualdad. Tenemos que abandonar la resistencia pasiva, el ver los toros desde la barrera, y asumir un papel activo con otros hombres, llamarles la atención sobre el machista que todos llevamos dentro.

–¿El hombre tiene miedo del feminismo?

–Sí. Hay un miedo derivado de la ignorancia, de lo que persigue y de lo que históricamente ha sido el feminismo. Y también hay un miedo derivado de ver el feminismo con una pretensión de quitarnos nuestros privilegios, nuestra posición de comodidad. Hay una reacción defensiva. Nos damos cuenta de que las mujeres están reclamando un espacio que con justicia les pertenece, y eso implica que nosotros tenemos que abandonar espacios, compartir responsabilidades, no tener tanto protagonismo en lo público y perder privilegios.

–¿Los hombres salen perdiendo?

–Todo lo contrario, los hombres salimos ganando con el feminismo. El feminismo es una propuesta de emancipación del ser humano. Si nosotros lo aplicamos a nuestra vida, nuestra manera de ser y a nuestra forma de relacionarnos con mujeres y con otros hombres, conseguiremos ser sujetos mucho más felices. El feminismo es una magnífica oportunidad para que los hombres nos convirtamos en mejores personas, sin duda.

En la manifestación contra la violencia de género se repetía un lema: El machismo mata.

–Claro. Si analizamos quiénes son los sujetos responsables de todas las violencias que a diario se producen en el planeta, en un nivel cercano al 90% somos los sujetos masculinos. En el caso de la violencia de género, es evidente que responde a una cultura machista y a un concepto de la masculinidad y de las relaciones con las mujeres que provoca esas reacciones tan tóxicas. No acabaremos con esa violencia mientras que no acabemos con la cultura machista y con un modelo de masculinidad hegemónica que reproduce esta cultura.

«Tenemos que abandonar la resistencia pasiva y llamar la atención sobre el machista que todos llevamos dentro», asegura el catedrático, que hoy da una charla en La Térmica

A los hombres se les educa para ser fuertes, ambiciosos, trabajadores, el cabeza de familia... ¿Están sometidos a mucha presión?

–Claro. Por eso el feminismo es una magnífica llave para que también nosotros seamos más felices. Ese modelo de masculinidad hegemónica nos obliga a ser siempre los héroes de la película. Si nos liberásemos de toda esa carga de tener que ser exitosos en lo público, competitivos, ambiciosos, los proveedores en el hogar... seríamos mejores personas y más felices. Esa carga de lo que supone ser un hombre de verdad es terrible.

A veces parece que hay una excesiva sensibilidad en las cuestiones de género, que se va al extremo (Le cuento el caso del mural de Ángel Idígoras en Lagunillas) ¿Se pierde también el norte en el feminismo?

–Cualquier movimiento está sujeto a múltiples interpretaciones y usos por parte de las personas. Hay situaciones en que podemos pensar que se lleva al extremo o manifestaciones con las que a lo mejor no estamos del todo de acuerdo. Pero es lo anecdótico, no deberíamos perder de vista la esencia de la reivindicación. Es tal el predomino de lo masculino y ha durado tantos siglos, que entiendo que las mujeres estén empeñadas en que ellas también sean visibles. Alo mejor en este momento de ruptura con todo lo anterior caemos en posiciones que nos pueden parecer extremas, pero quizás sean necesarias para llamar la atención.

La cita

La charla.
'Hombres revolucionados: de la resistencia pasiva a la complicidad feminista', por Octavio Salazar. Ciclo 'Ellas y Ellos', con el patrocinio de la Fundación Unicaja.
Fecha.
Hoy, a las 20.00 horas.
Lugar.
La Térmica.
Entrada.
Libre

Su postura, ¿le ha valido la burla de los compañeros? ¿Sufren ataques también los hombres feministas?

–Como dice Miguel Lorente, tú te acabas convirtiendo en un traidor. Se te cuestiona desde tus preferencias sexuales hasta tu propia autoridad. Yo que estoy en la universidad, que es un espacio muy jerárquico y muy masculinizado, parece que nos dedicamos a cosas menores, secundarias. Te coloca en una posición de incomodidad. En determinados contextos notas que no eres bien recibido o se te mira con un poco de prevención.

–¿La mayor amenaza para un hombre machista es un hombre feminista?

–Sí, porque les pones en evidencia. Hace unos meses firmé un compromiso con otros profesores universitarios que se llama 'No sin mujeres', mediante el cual nos comprometemos a no participar en actos donde no participen mujeres. Si yo no voy, pongo en evidencia a los compañeros que sí lo hacen. Te conviertes ahí en una especie de 'pepito grillo' respecto a tus compañeros. Ahí pueden sentirse más interpelados.

 

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