Elvira Roca: «Pensar que España se va a dejar matar es no conocer su historia»

Elvira Roca, antes de la entrevista, en un hotel de Málaga. /FRANCIS SILVA
Elvira Roca, antes de la entrevista, en un hotel de Málaga. / FRANCIS SILVA

La autora de 'Imperiofobia y leyenda negra', que acaba de ser reconocida por los libreros tras vender 100.000 ejemplares, destaca la capacidad de supervivencia de nuestro país ante las crisis

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

No le gusta el fútbol. Por eso quedamos para la entrevista a la hora de una de esas finales que se han jugando esta semana mundialera. Dice que desde que su padre falleció nadie la llama María Elvira, así que quedamos en la versión reducida de Elvira Roca (El Borge, 1966). Profesora de instituto en excedencia desde comienzos de este año por imperativo del éxito. El de su novedoso ensayo 'Imperiofobia y leyenda negra', en el que analiza y desmiente algunos de los mitos que han atenazado y acomplejado a España. Casi 100.000 ejemplares vendidos y 22 ediciones con las que se ha ganado el aplauso de los lectores. Hace unos días sumó el Premio Los Libreros Recomiendan, que lo dice todo con su denominación. Roca acaba de probar la ficción histórica con '6 relatos ejemplares 6' y, sin la obligación de las clases, ya trabaja en continuar la línea abierta por 'Imperofobia' al rebatir la leyenda negra de nuestro país. Cuando nos sentamos a charlar, Inglaterra, el otrora imperio, ya gana por 1-0.

Veo que no es usted futbolera.

–No he conseguido ver un partido entero en mi vida. Me aburro. Sé que están jugando Inglaterra y Croacia, porque antes de salir de casa mi hijo se empeñaba en que le dijera con quien iba yo... y me da igual.

¿El balón es el último imperio?

–El fútbol ha asumido características sociales de otras actividades. La confrontación y la lucha del ser humano ha acabado manifestándose ahí. El fútbol es el opio del pueblo y nada menos, porque no cualquier cosa llega a serlo. En tiempos de Bizancio, las carreras de caballos tenían una importancia social, política, religiosa y ritual muy similar.

¿Y usted es la Cristiano Ronaldo del ensayo con esos 100.000 ejemplares vendidos de 'Imperofobia'?

–Ja, ja. Es que todavía no he terminado de entenderlo. Mucha gente me dice que el libro le da alegría y transmite optimismo. Pero yo no sé cómo puede producir ese efecto porque es una obra muy amarga y triste. No es resignación, pero plantea problemas graves y sin solución a la vista.

Tal vez tiene que ver con su tesis de que la leyenda negra que tenemos tan asumida fue un eslogan más que una realidad.

–Lo triste es cómo llegamos a la asunción de ese planteamiento. Ahora estoy escribiendo sobre los motivos por los que nuestros intelectuales e historiadores, desde la Europa meridional y la tradición católica, asumieron esa manifestación del supremacismo del norte. Hasta cierto punto es razonable que el que se declara superior construya su argumento, pero no que quien es declarado inferior lo acepte sin plantear ni siquiera defensa.

¿Hemos vivido con depresión?

–Las culturas del sur de Europa tienen una relación con la vida mucho más satisfactoria que las del norte. La gente del norte se escapa al sur, mientras que la gente del sur va al norte a trabajar, a escapar jamás. Esa tradición de considerar la vida algo disfrutable no ha desaparecido. Pero sí hay un estado de opinión generalizado de que en las virtudes, como la honradez, el trabajo y la economía, el norte es superior al sur por goleada. Y esta supremacía admite ser discutida.

¿Entonces, más que depresivos, hemos estado acomplejados?

–Los pueblos del sur han visto el protestantismo como algo ajeno y no tienen en su ADN estar observándolo constantemente. Y al revés, sí. La denigración del sur católico está desde Martín Lutero a Max Weber. Ese hábito de sentirse superior no ha tenido una correspondencia en el sur. Y esto ha dejado a los pueblos de cultura católica muy desarmados.

Y además nos ha faltado un buen asesor de imagen.

–Es que la propaganda es también un invento protestante. El católico, en lo que tiene de griego y romano, ha tenido una relación unívoca con la realidad y no construimos conceptos para ocultarla con palabras. Las agencias de información anglosajonas son grandes inventoras de eufemismos, como los daños colaterales para no hablar de los muertos civiles. Eso no se le ocurre a una cabeza católica que a un muerto le dice un muerto.

En cuanto a la hispanofobia, ¿vivimos un repunte o nunca nos ha abandonado?

–Ambas cosas. El alimento de los nacionalismos en España ha sido la leyenda negra que viene de Europa. De hecho, el 'España nos roba' no es de ahora, sino que procede de la propaganda de Guillermo de Orange en los tiempos del cuplé. Y luego lo repitieron hasta morir de éxito los independentistas en América con la idea de que en cuanto se separaran iban a florecer, pero después les fue mal económicamente. Incluso a Holanda.

En la hispanofobia actual sigue teniendo demasiada influencia el franquismo. Todavía acompleja decir que uno es español por lo que tiene de sinónimo de facha.

–Los nacionalistas se agarraron a esto en la transición y siguen agarrados como sanguijuelas porque no encuentran otro argumento.

Pues ha calado en el resto del país.

–El español lleva siglos intentando demostrar que no es tan malo. Y eso nos ha hecho permisivos y tolerantes frente a la idea del nacionalismo y de su culto a la tribu, excluyente, demagógico y que alenta lo peor del ser humano. Esto no consuela, pero el problema que España tiene también se está produciendo en Europa. El tour ha pasado por Bretaña y no se ha visto ni una bandera francesa porque tienen un nacionalismo creciente. En Gran Bretaña para que vamos a hablar y el presidente del Estado de Baviera acaba de violentar todas las leyes de Alemania hace dos semanas para establecer una política de fronteras. Más lo de Italia. Ni la UE ni los estados miembros están sabiendo enfrentarse al problema con inteligencia, firmeza, racionalidad y dignidad.

¿Qué opina de la política de distensión del Gobierno de Sánchez?

–Este baile tiene que seguir. En el momento que se para la música, se acaba el nacionalismo. De ahí su virulencia creciente, porque no tiene otro mecanismo para mantenerse.

¿No atisba solución?

–Esto se reconstruye. España suele ir antes en relación con Europa, y al igual que la II Guerra Mundial empezó con la Guerra Civil, este movimiento nacionalista ha comenzado aquí. Y en contra de lo que pueda parecer, el país está ya curtido y está reaccionando bien. Voy a Cataluña con frecuencia y te das cuenta del cambio metabólico que se ha producido. Aquella mitad de catalanes a los que no se les veía, han dejado de estar callados y aislados. Confío en los catalanes y estoy segura de que van a salir de este problema. Y pensar que España se va a dejar matar, es no conocer el país ni su historia.

Se ha publicado que Ciudadanos la está «cortejando»...

–Ja, ja. La política no es mi territorio. No lo contemplo ni como remota posibilidad. Para las cosas hay que servir y creo que yo no sirvo. La política es un mundo hostil donde hay que tener una piel muy dura para sobrevivir y no duraría ni cinco minutos.

Y este éxito editorial. ¿Le ha pasado en algún momento por encima?

–Siempre me ha gustado cambiar y tenía la idea de volver a EE UU cuando los niños crecieran. Pero 'Imperofobia' ha descabalgado todos mis planes. Y tengo la sensación de que tengo que seguir explicando muchas cosas que en el libro no incluí por razones de espacio.

¿Y se plantea una novela?

–Pues si termino este ensayo, a lo mejor me tomo unas vacaciones para escribir lo que me dé la gana. Desde luego tendré que dejar descansar la cabeza en algún momento.

La entrevista termina mientras de fondo se sigue escuchando la cantinela del fútbol. Y los aplausos por el gol de Croacia. Empate en el marcador. Hay partido. Como en España.

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