«Cuando las catedrales cobran por entrar pierden su alma»

Julio Llamazares culmina su recorrido por las catedrales españolas./EFE
Julio Llamazares culmina su recorrido por las catedrales españolas. / EFE

El escritor Julio Llamazares culmina con 'Las rosas del sur' su recorrido por los grandes templos españoles, que incluye una parada en Málaga

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

Dice que ya no le queda tiempo para emprender un viaje y un proyecto editorial de estas características. Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) ha dedicado 16 años a recorrer las 75 catedrales españolas y lo ha contado en dos volúmenes del que ahora publica 'Las rosas del sur', secuela de 'Las rosas de piedra' (2008). Un volumen en el que describe y admira los templos que le permiten desentrañar el alma de las propias ciudades que las crearon. Y de camino habla del alejamiento de ese alma de las catedrales cuando las iglesias cobran entrada y cambian los feligreses por turistas. Esto le pasó en Málaga, aunque el autor constata que La Manquita sigue viva ya que los ciudadanos han hecho suyo el debate de si acabarla o dejarla como está. Llamazares vuelve mañana a la capital para presentar en la librería Agapea del CAC (19 horas) su monumental obra. Como una catedral.

'Las rosas del sur'

Autor: Julio Llamazares. Literatura de viajes. Editorial: Alfaguara. 696 páginas. España. 2018. Precio: 24,90 euros.

–Las iglesias nos son los edificios de moda. ¿Por qué los eligió?

–Las catedrales nunca pasan de moda y, en estos momentos, las visitan mucha más gente que en otros tiempos. Por desgracia, la mayoría de estos templos se han convertido en museos, pero siguen siendo edificios muy visitados. Cuando estuve en la de Málaga estaba a rebosar de gente... como la ciudad.

–Usted es crítico con que las catedrales cobren por entrar.

–Las dos religiones mayoritarias hoy día son el consumo y el turismo. Cuando confluyen pasa lo que en Málaga que era una ciudad relativamente tranquila y ahora cuesta pasear por la afluencia de turistas. Tiene su lado bueno, porque da trabajo, pero tiene daños colaterales. Las catedrales son partícipes de ese fenómeno. Soy crítico, pero no tanto por lo que cuesta visitar una catedral, sino porque cuando cobran por entrar las catedrales pierden su alma y se convierten en contenedores de piedra y de belleza, pero sin latido de vida.

–Las diócesis responden que necesitan ingresos para mantenerlas.

–Hay un debate pendiente en la sociedad española de cómo mantener el patrimonio, no solo el religioso. La fórmula no es cobrar por visitar los edificios, sino que tiene que ser un deber del Estado el mantenimiento de estos grandes edificios que son los más maravilloso que ha construido la humanidad en Occidente. Cuando cobras por entrar, las visita todo el mundo menos la gente que las construyó y las mantiene. Pero tampoco es cierto que todo el dinero se dedique al mantenimiento de las catedrales. La Mezquita de Córdoba recaudó 18 millones, pero cuando hay que restaurar una capilla lo paga la Junta, el Ayuntamiento y la Iglesia. El dinero que se recauda no siempre va al mantenimiento. Es un debate pendiente.

–Igualmente, usted afirma en el libro que Málaga se ha convertido ya en Barcelona por los excesos.

–Las catedrales son un elemento más de una palabra que no me gusta, gentrificación, que define a los cascos históricos que se convierten en decorados para los turistas mientras los vecinos los abandonan porque no pueden pagar el precio de los alquileres. En Málaga –y puedo hablar con conocimiento porque la visito con frecuencia al tener familia– he visto como ha ido cambiando de aquella ciudad provinciana de hace 25 años, ya turística, a una ciudad que se parece más a Barcelona, Lisboa, Venecia o Sevilla. Un cambio para bien y para mal.

–Lo que sí le gustó fue la Casa Natal de Picasso. Más que el museo.

–En Málaga, la huella de Picasso es innegable porque es el gran malagueño universal. Y pese a vivir poco en su ciudad, le supo poner nombre e imagen a esa ciudad con las palomas de la plaza de la Merced que veía de niño y que tanto repitió en sus cuadros porque esas aves significaban la memoria de su infancia.

La historia en piedra

–¿Qué dice de Málaga su catedral?

–Las catedrales son las cajas negras de la navegación histórica de cada ciudad. La gran diferencia de las catedrales de España es que mientras las del norte se construyeron en la Edad Media, las del sur lo hicieron en la Edad Moderna a medida que los territorios iban siendo conquistados a los árabes. Mientras las de norte son románicas y góticas, las del sur son renacentistas, barrocas e incluso neoclásicas. Ese cambio de concepción no es solo arquitectónico, sino también ideológico. A la Catedral de Málaga, que es la Manquita, le falta una torre y eso nos habla de las crisis económicas sufridas en la ciudad. Incluso lo que conserva y lo que perdió también nos habla de la guerra civil. Toda la historia de la ciudad se puede seguir a través de su catedral.

–Ya que lo menciona. ¿Qué opina sobre acabar la torre?

–Una catedral no se termina nunca, siempre está construyéndose o restaurándose, porque son edificios muy frágiles. Pese a que se pensaron para la eternidad, la piedra también es efímera. Este debate siempre se ha reproducido a la largo de la historia, porque choca la concepción conservadora de los que quieren que el tiempo se mantenga y los que piensan que tiene que evolucionar.

–¿No se decanta por ninguna?

–No tomaría postura, aunque hay un debate secundario sobre qué sentido tiene emplear dinero para algo que no es principal para una ciudad que tendrá problemas más perentorios. Lo que es bueno es que si la sociedad malagueña debate si se termina la torre o no es porque la siguen considerando suya. Y a veces da la impresión que los cabildos piensan que las catedrales son patrimonio exclusivo suyo.

–En el libro cuenta que se quedó a la misa en Málaga donde hicieron un llamamiento por la unidad de España. Y a usted no le parece el sitio.

–En las catedrales he escuchado de todo. Y hay intervenciones que pienso que su lugar no son los templos religiosos, sino las plazas públicas o los parlamentos.

–La Iglesia siempre ha hecho política.

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