La catadora del Führer

La catadora del Führer
R. C.

Una novela recupera la historia de Margot Wölk, una de las mujeres que se jugaba la vida cada día para que Hitler no fuera envenenado

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Hitler tuvo un gran ejército de millones de soldados que intentó conquistar Europa, y también uno pequeño de apenas quince mujeres que se jugaban la vida tres veces cada día para que él siguiera vivo. Estas jóvenes alemanas, arrebatadas de sus familias por las SS, eran las catavenenos del Führer, encargadas de probar, una hora antes que él, toda la comida que el genocida ingeriría. La única que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial fue Margot Wölk, que consiguió escapar antes de que sus compañeras fueran asesinadas por el Ejército Rojo. La escritora italiana Rosella Postorino (Reggio Calabria, 1978) recuerda su vida en la novela 'La catadora' (Lumen).

 «Leí en un periódico un artículo sobre Margot, que a los 96 años contaba por primera vez, tras décadas de silencio, que había sido catavenenos de Hitler, y su historia me fascinó», explica Postorino. Cuando se decidió a ir a buscarla, la mujer alemana ya había fallecido, pero la autora sintió que tenía que escribir este libro, lleno de terror. La 'alter ego' de Wölk, Rosa Sauer, relata el maltrato que sufrían y la angustia que se vivía en el comedor donde las jóvenes probaban los alimentos. «Era una pesadilla, las mujeres lloraban por el miedo a ser envenenadas», cuenta la autora.

Margot Wölk.
Margot Wölk. / R. C.

Pero a la vez, subraya la gran paradoja de que «toda la comida que pasaba por su boca era sabrosa, auténticas delicias que incluían frutas exóticas y que resultaban obscenas en comparación con un pueblo que se moría de hambre en medio de la miseria de la guerra». La experiencia de comer, en cualquier caso, ya nunca fue igual para Wölk, según contaban quienes la conocieron en los años de posguerra en Berlín, donde residía.

Y sin embargo, en pleno horror, había sitio para romances prohibidos. «No sólo el amor es posible en tiempos de guerra, es que solamente el amor nos salva. Como decía Margarite Duras, podemos sentir el amor en cualquier momento y en cualquier lugar, y casi se convierte en la única forma de reivindicación de la individualidad frente a la colectividad del nazismo».

Postorino, que con su novela ha ganado el Premio Campiello, considera que las catadoras de Hitler eran seres humanos cuyas vidas, a ojos del Tercer Reich, no tenían ningún valor, eran «simples cobayas». Pero sus vivencias, cree la escritora, sirven para cuestionar a los lectores sobre qué harían en esa situación. «Pasado el tiempo, nos resulta muy fácil hablar de héroes y de culpables, pero cuando nos encontramos delante de estas situaciones, la línea entre la condición de víctima y la de causante es muy fina», reflexiona Postorino. «Lo que está ocurriendo ahora mismo en el Mediterráneo con los inmigrantes pasará a la historia como un nuevo genocidio, pero nosotros, que lo vivimos en el presente, aún no lo sabemos».

 

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