Antonio Soler: «La literatura sin conflicto no tiene sentido»

Soler posa en la plaza de la Merced, uno de los escenarios de su nueva novela. /Ñito Salas
Soler posa en la plaza de la Merced, uno de los escenarios de su nueva novela. / Ñito Salas

El escritor malagueño dirige el foco hacia la ciudad contemporánea en 'Sur', que llegará a las librerías en septiembre y acaba de alzarse con el Premio de Narrativa Juan Goytisolo

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Durante la entrevista, en la plaza de la Merced, dos mujeres se acercan a pedir limosna, pasan felices turistas embadurnados de crema protectora hasta las cejas y por momentos los carros de carga que transportan cajas con bebidas impiden escuchar nada más que su ruidoso paso por el pavimento. Es el sonido de la ciudad una mañana de verano, ese hipnótico hilo musical que Antonio Soler (Málaga, 1956) conoce bien. Su nueva novela, 'Sur', que llegará a las librerías en septiembre de la mano de Galaxia Gutenberg tras haberse alzado hace unos días con el Premio de Narrativa Juan Goytisolo, transcurre por estas calles, donde decenas de personajes conviven en una coctelera agitada por el autor de títulos como 'El nombre que ahora digo' o 'El camino de los ingleses'.

¿Cómo surgió la idea de escribir una novela coral, tan compleja, con la ciudad como protagonista?

–Tuve el primer fogonazo en Dublín, donde vi una placa en homenaje al 'Ulises' de Joyce. Una amiga me dijo poco después que habían encontrado a un hombre en un descampado, cubierto de hormigas. Esa imagen me impactó mucho. Por ese tiempo yo estaba leyendo a Edward O. Wilson, el padre de lo que luego se ha llamado la sociobiología, la teoría que establece que cada individuo actúa no de forma aislada, sino como célula de un organismo superior. Eso reforzó mi idea de escribir una novela sobre la ciudad como superorganismo.

'Sur' transcurre en Málaga, de cuyo Centro escribió hace poco que se ha convertido en un parque temático.

–Me parece evidente. Hay ventajas económicas a corto plazo, pero también perjuicios. Me da miedo que este cambio mate a la gallina de los huevos de oro, porque conozco a mucha gente, yo mismo, que no volvería a una ciudad que pierde su identidad en beneficio del turismo.

«Conozco a mucha gente que no volvería a una ciudad que pierde su identidad en beneficio del turismo»

¿Cree que asistimos al naufragio de un paraíso perdido, como escribía Marsé sobre Barcelona?

–No creo que esté perdido, pero algunas de las cosas que se están haciendo pueden llevar a perder una oportunidad estupenda. Cuando viajo escucho a menudo que Málaga está de moda, que atraviesa un gran momento. Hay que aprovecharlo, pero no de esta forma. Visito a menudo Barcelona y creo que ha cruzado una línea; hay determinadas zonas por las que no se me ocurre ir porque están acotadas por un turismo que no me parece beneficioso para la ciudad.

¿Quiso plasmar eso en la novela?

–Me interesan los individuos que viven en medio de todo esto. En el libro, los personajes están continuamente moviéndose por la ciudad. Aparecen las obras del metro, por ejemplo, y otras realidades de Málaga, pero de modo que la ciudad es extrapolable. Los malagueños van a reconocer espacios por donde transitan cotidianamente, pero alguien que vive en Madrid o en Toulouse también puede sentirse identificado porque gira en torno a la ciudad contemporánea y sus vías de comunicación.

En 'Las bailarinas muertas' ya mostraba ese interés por las ciudades como hormigueros. Escribió: «No sé si ustedes saben cuántas cosas pueden suceder al mismo tiempo».

–Efectivamente, pero creo que he tenido que reunir cierta experiencia como escritor para abordar una novela como 'Sur', que técnicamente es bastante compleja de desarrollar. Ha sido un proceso largo, tal vez la novela a la que he dedicado más tiempo. Hay decenas de personajes; moverlos de forma simultánea requería gimnasia como novelista.

«Hay escritores abonados a subirse al pedestal. Tiene algo de supremacista, me parece una grosería»

Parece que necesitaba un punto de inflexión, un reto.

–Los mecanismos de la creación son complejos y no siempre racionales, aunque tampoco quiero decir que tengan un componente místico, ni mucho menos. La intuición juega un papel importante. Después de haber escrito 'Apóstoles y asesinos' pensé que tenía que dar otro paso, uno diferente, y luchar contra mí mismo, medir hasta qué punto era capaz de llegar. Estamos sometidos a muchos lenguajes distintos, desde los mensajes de WhatsApp hasta la publicidad, y abordarlos me parecía un reto.

Aunque suele escribir sobre el pasado y 'Sur' discurre en 2016, por el resultado no parece que se haya reconciliado con el presente.

–Algún amigo bromeaba diciendo que el gran reto era que Soler escribiera sobre 2016. Aunque la novela se sitúa en el presente, no podemos olvidar que todos estamos llenos de recuerdos, y en la novela hay fugas temporales que remiten a la infancia de algunos personajes. También ocurre en la realidad: cuando estaba dirigiéndome hacia aquí venía acordándome de determinadas cosas. El presente está lleno de agujeros, de porosidades que nos llevan al pasado.

¿Tiende a mirar hacia atrás?

–Sí, porque nuestra personalidad es nuestra memoria. Cuando perdemos la memoria se produce un borrado de nuestra identidad. El Alzheimer es la gran demostración de eso.

¿Pero revisa el pasado con nostalgia o de una forma más analítica?

–No soy especialmente nostálgico, aunque sé que por muy contentos que estemos con el presente, mañana será pasado. La facultad de detener el tiempo es una de las posibilidades que permte la literatura.

«El trabajo de escritor tiene mucho de pedestre, de trabajar a diario. Nada cae del cielo»

Luis Mateo Díez ha dicho que 'Sur' ofrece «una mirada desoladora del mundo contemporáneo». ¿No hay motivos para el optimismo?

–Sí, me dijo algo así como que la novela reflejaba el dolor de vivir. Hay parte de eso, pero creo que de algún modo también refleja la alegría de vivir. Hay jóvenes en plena ebullición vital y también personajes muy de vuelta. Luis Mateo dijo que había disfrutado leyéndola porque el dolor era mejor tenerlo en la literatura que en la vida y eso me recordó una escena que vi en televisión. Poco después de morir Lola Flores le hicieron un homenaje, y cuando terminó le preguntaron a su hermana cómo había ido. Ella respondió: «Ay, qué mal rato más bueno hemos pasado». Luis Mateo vino un poco a decir eso.

¿Siente predilección por personajes perdidos, derrotados?

–Me siento atraído por los personajes en conflicto. La literatura sin conflicto no tiene sentido. Los cuentos infantiles están llenos de problemas, y cuando alguien escribe «Fueron felices» se acaba el cuento. Cuando se alcanza esa felicidad, ¿qué más vas a contar? No hay ninguna obra literaria de mediana envergadura donde no haya un problema. En la novela hay personajes de todo tipo, desde gente burguesa que vive muy bien hasta indigentes, pero en todos hay conflictos. Me interesa ese roce de personas buscando salidas, intentando llevar a cabo sus deseos. En cada ciudad conviven las ambiciones de muchas personas que quieren llevar a la práctica sus sueños, y eso nunca cae del cielo. Supone una lucha.

Eso me recuerda que, según una leyenda urbana que gravita en torno a sus inicios, usted se convirtió en escritor casi por influencia divina desde la cama de un hospital. No fue tan sencillo, imagino.

–Verdaderamente es una leyenda que me gustaría desterrar. Soy un lector habitual desde los once años. Estaba claro que la literatura me interesaba. Tuve un accidente con 22 años y fui a parar al hospital, donde estuve un mes. Allí empecé a escribir mi primer relato, pero si no hubiera estado en la cama del hospital lo habría escrito en casa, aunque igual queda bien decir que el dolor me hizo ser escritor.

Nunca es tan romántico, ¿no?

–Hace poco, en una cena, una mujer me preguntó: «¿Cuando estás escribiendo coges el teléfono?» Pues claro, y abro la puerta si llega la compra del supermercado. Me respondió: «Qué poco romántico». Quizá quería imaginarme atormentado en una torre gótica o tirando la máquina de escribir por la ventana. El trabajo de escritor tiene mucho de pedestre, de trabajar a diario. Así es como se escriben las novelas. Nada cae del cielo.

En esa percepción de la escritura como algo casi místico, ¿en qué medida son responsables los escritores? Porque abunda la impostura...

–Hay escritores abonados a subirse al pedestal. Me parece mal por muchos motivos, y uno de ellos es que tiene algo de supremacista, como si estuviera al alcance de unos pocos y los demás no pudieran acceder a ello, como si hubiera comunicaciones superiores. Es una grosería, socialmente incluso. Hay gente con un talento especial, pero si no ejercita esas habilidades no llegará muy lejos en este camino. Concibo la literatura como un talento, pero también como un trabajo continuado.

¿Falta crítica intelectual? Últimamente parece que políticos y escritores van a menudo de la mano.

–¿Eso le parece? No es algo que yo detecte. Un escritor preocupado con la realidad social debe tener una mirada crítica. Yo me considero completamente independiente, y muchos de los escritores que conozco también lo son. Hay personas que colaboran institucionalmente, pero no sé si eso supone que los políticos marquen el camino… En mi caso, desde luego, no. Tengo ideas políticas bastante claras.

¿Hasta qué punto influyó crecer con una madre llamada Libertad?

–En mi casa se hablaba de política. Solía pedir a mi abuela que me contara episodios sobre la salida de mi familia materna por la carretera hacia Almería. Mi abuelo era socialista y mi padre trabajaba como soldado en la República. Mi tío vivía en el exilio y mi madre tuvo que cambiarse el nombre cuando Franco ganó la guerra.

¿De veras?

–Completamente. Nació como Libertad y tuvo que cambiarse el nombre por Carmen. Me parece una metáfora clara de lo que ocurrió en este país.

Cuando analiza el pasado, ¿qué le inspira aquel chaval que leía a Jerry West o a Agatha Christie?

–De pequeño tenía una sensación de extrañeza muy grande. No entendía qué era estar en el mundo. Eran preguntas filosóficas, pero no tenía ni idea de lo que era la filosofía. Había falta de armonía y de integración. Eso me llevó a la literatura, que sirvió como una especie de amparo o de refugio, aparte del gusto y la diversión por leer. La lectura me fue explicando la realidad poco a poco, pero también fui un niño de calle, casi un Jekyll y Mr. Hyde, porque jugaba mucho al fútbol y ninguno de mis amigos leía. Probablemente hoy, siendo niño, habría salido poco a la calle, pero en la Málaga de los años 60 la vida era la calle, el fútbol y las peleas.

Cuando fue investido honoris causa por la Universidad de Málaga dijo que escribir era conocerse. ¿Algún descubrimiento reciente?

–Sí, en 'Sur' he ahondado y diría que en algunos puntos de una forma más profunda que nunca. Lo he trasladado a distintos personajes. Hay conexiones familiares en los protagonistas de la novela y mucha introspección, impactos emocionales, roces… He explorado bastante.

¿Y ha salido ileso?

–Más bien reconciliado con algunas cuestiones. Y sobre otras mantengo interrogaciones, naturalmente.

¿Tiene alguna deuda pendiente?

–Cualquiera que se rasque un poco la piel sabe que tiene deudas y saldos que permanecen ahí. Cuando alcanzas una determinada edad te das cuenta de la cantidad de cosas que no vas a conocer sobre tu propia vida, a veces porque los testigos ya no pueden descubrírtelas. La literatura ayuda a medio reconciliarte con eso, pero no da respuesta a todas las preguntas.

«No me interesa echarlo todo por la borda por una moda»

–Hablemos de la Orden de Finnegans. ¿Sigue venerando a Joyce?

–Dentro de la Orden del Finnegans, y aun a riesgo de que me expulsaran, siempre he dicho que soy más de Proust que de Joyce, aunque reconozco que fue el gran renovador de la novela contemporánea. Sin Joyce no existiría Faulkner y sin Faulkner no existirían Juan Rulfo, Vargas Llosa, Onetti o García Márquez tal como los conocemos.

–¿No va siendo hora de que ingrese alguna mujer en la Orden?

–Nunca han estado vetadas. Ya dimos de alta circunstancialmente a una, un año que tuvo que haber ido Ray Loriga y no sé qué le pasó, alguna resaca. Estábamos en Dublín y debíamos aceptar a un nuevo miembro, así que había una mujer vestida de época y se lo propusimos.

–¿Es posible desarrollar el síndrome de Stendhal ante ciertos libros?

–A veces te dejan impactado algunas novelas, aunque no te hagan desmayar. Diría que he llegado no a conmocionarme, pero sí a tener destellos de ese síndrome con autores como Kafka, Proust o el propio Stendhal, a quien leí de joven con verdadera pasión. Con el tiempo vas revisando todo eso y hay autores cuya cotización estética sube o baja.

–¿Cómo lleva que el afán por la inmediatez y la novedad haya llegado también a la literatura?

–Antes la cantidad de títulos abarcables no era exagerada. Todos habíamos leído a Herman Hesse, Thomas Mann o a Albert Camus… Pero de pronto aquello se disparó y la novedad se apoderó de todo. El fondo editorial quedó postergado en beneficio de la novedad. Eso ha provocado que muchos compañeros se vuelvan locos por querer estar en esa cuña de lo inmediato, que tiene un peligro importante.

–Frente a eso, va usted y lanza una novela de 500 páginas.

–Hay una reflexión previa. Es una apuesta más allá de lo literario; cuando alcanzas determinada velocidad de crucero no interesa echarlo todo por la borda en beneficio de algo que tiene que ver más con las modas.

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