75 años del Capitán América

75 años del Capitán América

El superhéroe de las barras y las estrellas no se ha quedado anclado en el pasado. Su imagen y su simbología siguen de actualidad

MIGUEL A. OESTEmálaga

El Capitán América fue creado en 1941 por Joe Simon y Jack Kirby, en pleno fervor patriótico de la Segunda Guerra Mundial, dentro de Timely Comics, que se convertiría en la década de los sesenta en la que conocemos como Marvel Cómics.

El Centinela de la Libertad acaba de cumplir 75 años y su imagen y simbología está muy presente por el éxito de la trilogía cinematográfica. Hasta el punto de que para celebrarlo se ha esculpido una estatua en bronce de cuatro metros y una tonelada con la leyenda «Solo soy un chico de Brooklyn», línea de diálogo salida de la película Capitán América. El primer vengador (Joe Johnston, 2011). La estatua recorrerá todo el país hasta que el 10 de agosto llegue a Nueva York. Ese día, durante una ceremonia, se colocará de modo permanente en el Prospect Park de Brooklyn. El hecho en sí mismo otorga categoría a un personaje de ficción que representa los ideales de un país que siempre se ha tenido como faro de la libertad y la democracia. Un hombre íntegro, un idealista, un romántico, que personifica por encima de todas las cosas y circunstancias el sueño americano.

El mismo traje del héroe, que refleja la bandera de Estados Unidos, remite al símbolo de la patria. En aquellos años convulsos en los que vio la luz el Capitán América el nazismo crecía en Europa. Los valores y conceptos del personaje representaron una serie de gestas que entroncan con el imaginario fundador del país, aquella tierra salvaje, el oeste, la mitología original de América, una nación joven que carecía de sus referentes. Tras esa mitología fundacional, la moderna, al menos en Estados Unidos, tal vez sea la de los superhéroes. Mitos e iconos. Al menos algunos han logrado esa categoría que las distintas expresiones artísticas han amplificado. En ocasiones, incluso, se ha confundido la vida con la ficción.

Los superhéroes nacieron durante la Gran Depresión y cobraron relevancia en la II Guerra Mundial. Sus historias fascinaban a adolescentes y jóvenes al representar una respuesta fantástica y emocional a la realidad. Sus claves positivas funcionaron como factor de cohesión social y como un estado de ánimo, extendiendo la ideología del momento, porque los cómics de superhéroes casi nunca han estado al margen de los acontecimientos, su lectura política ha estado ahí, a veces más evidente, otras menos, como lo ejemplifica sucesos del calibre del Watergate o el 11-S. De todos los superhéroes, uno de los que entronca claramente con estas lecturas es el Capitán América. Pues la crisis de valores morales y éticos reales se trasladaban a la personalidad del héroe y a sus historias metafóricamente.

Soñar las viñetas

Hasta el 2011, con la versión retro de Joe Johnston, Capitán América. El primer vengador, las adaptaciones cinematográficas y televisivas del héroe de las barras y estrellas habían sido desafortunadas. Y eso que estas empezaron pronto. En 1944, dos años y medio después de su creación por Joe Simon y Jack Kirby, la Republic lanzó un serial de quince episodios (algunos en YouTube) basado libremente en el personaje del cómic. Con un tono predominantemente policiaco, Steve Rogers, el hombre de ideales íntegros bajo la máscara dibujado por Kirby, se convertía en la serie en un abogado llamado Grant Gardner que portaba una pistola y no un escudo. La serie tuvo éxito hasta el fin de la II Guerra Mundial. De hecho, el personaje, vinculado a la propaganda bélica y a su lucha contra el nazismo, fue perdiendo fuelle, desapareciendo del imaginario colectivo en los años 50, hasta que en los 60 Stan Lee lo recupera del olvido. En 1966, cuando gozaba de nuevo de popularidad en el mundo del cómic, y los superhéroes tenían relevancia entre las nuevas generaciones de aquella década, se hizo una serie animada bastante rudimentaria que también puede verse en Internet. O la versión setentera influida por Easy Rider (Dennis Hopper, 1969), realizada directamente para televisión, con un Capitán América motero y pop que poca relación guarda con el de las viñetas. Aunque pocas cosas superan la versión cinematográfica de Albert Pyun de 1990, casposa, camp, y básica de principio a fin, nada que ver con la trilogía reciente orquestada por Marvel Studios. Como el crítico Jordi Costa afirma a propósito de Capitán América: Civil War (Anthony y Joe Russo, 2016), las películas Marvel «no las adaptan obsesivamente, sino que más bien se diría que las sueñan, reflejando los momentos clave de esa mitología». La gran virtud de las películas basadas en el Capitán América y de la mayoría del universo cinemático de la Casa de las Ideas se encuentra en haber sabido captar el sense of wonder típicamente marvelita. Si bien en el Capitán América. El primer vengador se potenciaba la dimensión retro y se buscaba la indagación del héroe desde parámetros clásicos, en la continuación de la saga, Capitán América: El soldado de invierno (Anthony y Joe Russo, 2014), basada en los cómics recientes escritos por Ed Brubaker, sigue el camino de las teorías conspirativas del cine del Nuevo Hollywood de los años 70 con una visión pesimista del mundo, una mirada al pasado y una lectura crítica al presente, manteniendo activa la vía indagatoria de lo que representa el superhéroe, aunque sea como subtexto. Algo que culmina en Capitán América: Civil War, donde las resonancias se multiplican a partir del dilema que establece la película entre la actuación individual de los superhéroes y su control por parte de los gobiernos. El dibujante y teórico del cómic Pepo Pérez (para quien las dos últimas películas del Capitán América son las mejores adaptaciones Marvel hasta la fecha) destaca el «magnífico tono» de ambas y «la crítica inesperada a la vigilancia panóptica del gobierno» de El Soldado de invierno. Algo que no es nuevo, y ni siquiera lo verdaderamente importante, porque por encima de eso se encuentra la parte más vulnerable de las personas, tengan o no poderes. Narrada con aplomo, la trilogía cinematográfica relee los cómics como si los estuviese inventado, pero sin perder la esencia, con diálogos ágiles, secuencias de acción bien planificadas, sentido del ritmo, colocando a los personajes en tesituras incómodas, creando lazos entre ellos, donde la frontera del bien y el mal quedan difuminadas. Por lo demás, la hipertrofia habitual de estos blockbusters se desactiva por un envidiable sentido del tiempo, de haber sabido medir y equilibrar lo grande y lo pequeño, de haber sabido hablar de temas profundos con ligereza, de haber sabido enmascarar el artificio con la maravilla.

El editor de Panini Comics, Julián M. Clemente, que publica los cómics Marvel en España, no tiene dudas cuando afirma que el personaje «está plenamente vigente, por su condición de hombre fuera del tiempo que introdujo Stan Lee en los 60. Es un personaje que sirve para acercarse a la realidad política de EE UU en cada momento, y también para aventuras de acción y espionaje sin esa carga». En un sentido similar se expresa el dibujante Marcos Martín, que ha dibujado al Capi y a Daredevil, entre otros. El autor, junto a Brian K. Vaughan de The Private Eye, dice que a pesar de que el Capitán América ha sido siempre «un personaje complicado para los aficionados internacionales por su interpretación como símbolo del país y de manera causal, con las políticas de su gobierno en cada momento, su atractivo reside por una parte, en la naturaleza trágica que el personaje adquiere a partir de la reinterpretación de Kirby y Lee en los 60. Abandonado y solo, fuera de su época y del mundo que conocía, más triste que triunfalista, la melancolía impregna muchas de sus aventuras y tiene poco de la soberbia imperialista que muchas veces se le supone».

Cuando Stan Lee trajo de vuelta al superhéroe de las barras y estrellas tuvo que modernizarlo, redefinirlo desde el prisma de la década inconformista de los sesenta en la que parecía que el mundo iba a cambiar. Sin embargo, el personaje siempre ha tenido un pie en el pasado y en la lucha contra los fundamentalismos, circunstancia que loentronca directamente con la actualidad. Aunque en el verano de 1963 Lee no lo tenía tan claro. Por eso escribió una especie de cómic de prueba, Strange Tales nº 114, en el que mostraba a un falso Capitán América y en la última viñeta de esa historia, la Antorcha Humana se preguntaba qué había pasado con el verdadero Capitán América, invitando a los lectores a escribir cartas si querían que el héroe regresara. La respuesta de los lectores fue masiva y pocos meses después, en marzo de 1964, en el número 4 de Los Vengadores, se rescataba a Steve Rogers del hielo. Desde su recuperación, el personaje se convierte en un pilar básico de la editorial y goza de un enorme éxito, cimentado en la nómina de estupendos artistas como Jack Kirby, Gene Colan, Gil Kake, Jim Steranko, Sal Buscema y en los inspirados guiones de Stan Lee, luego de Gerry Conway y Steve Englehart, que dotaron al héroe de dramatismo y humor, permanente dosis de melancolía y culpabilidad por la muerte de su compañero Bucky, que favorecía las aristas de una personalidad en constante disputa.

Con los años, el Capitán América ha seguido combatiendo contra Cráneo Rojo y el nazismo desde distintas facetas, pero también ha sabido mostrar y evolucionar acorde a los tiempos, con una personalidad más complicada en el que lo justo, el ideal monolítico ya no se ajusta cómodamente al héroe. De hecho, como Martín explica, desde una vertiente política, «no es esclavo de la actuación de su gobierno (probablemente, en gran parte debido a la gran mayoría de autores progresistas en el mundo del cómic americano) y sus dudas respecto al papel que ha ido jugando a lo largo de los años en asuntos tanto internos como externos, le llevan a cuestionar su papel hasta el punto de abandonar su identidad en diversas ocasiones».

En el nuevo relanzamiento del primer vengador, cuando acaba de cumplir 75 años, el guionista Nick Spencer y el dibujante español Jesús Saiz colocan a Steve Rogers, el Capitán América, como miembro colaborador de la organización nazi Hydra, desmontando todo lo que creíamos del personaje. Hasta el propio Stan Lee se ha pronunciado y ha dicho que le parece una idea loca pero muy buena. Habrá que ver cómo se desarrollan los acontecimientos y qué sucede, pues la trama se publicará después de verano en España. Una cosa está clara, la vinculación del cómic con el presente resulta evidente, pues los discursos, en forma de metáforas, aluden no sólo a las elecciones norteamericanas o a ideas que lanzan los candidatos como Donald Trump sobre los refugiados, también a un mundo y una sociedad hostil, provisional, donde la sangre de la ficción ya forma parte de la realidad.

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