'La muerte invisible': Calavera y tibias

ANTONIO GARRIDO

Una de las virtudes de los premios es reconocer al ganador y, como es el caso, recordar a un escritor tan importante como es Francisco García Pavón, grande de la novela policíaca en español. Pasan los años y Plinio sigue tan pimpante en su Tomelloso investigando casos que parecen imposibles de resolver. Llega el premio a su edición dieciocho y lo ha ganado el escritor madrileño y lo ha hecho en buena lid a la vista de la novela que he leído de un tirón.

'La muerte invisible'

Autor Alberto Pasamontes
Editorial Reino de Cordelia
190 pág.

Leer de un tirón no es muy teórico ni es un concepto crítico pero es muy gráfico y muy eficaz. Muestra que Pasamontes domina con gran soltura la técnica de narrar, de contar, de montar una estructura verosímil y coherente. Esta manera de exponer los hechos es la más antigua, la más clásica y la que sigue teniendo mayor dificultad. Es también la que sigue produciendo mayor placer en el lector. Es el inmenso placer que el texto produce con independencia de los contenidos aunque esto es solo en el nivel de la teoría porque lo que da sentido a la estructura es la historia.

¿Quién recuerda la catástrofe de Chernobil? Deberíamos recordarla de vez en cuando, al menos, porque fue de tal brutalidad, de tal dimensión que leer la novela es un ejercicio catártico. El realismo narrativo tiene muchos grados de intensidad; en este caso se sigue una escrupulosa línea de investigación detectivesca que adquiere momentos de gran intensidad cuando los rasgos expresionistas dominan la prosa.

Un policía, de vuelta de muchas cosas, machacado en lo profesional y en lo personal es trasladado a la ciudad Pripyat, la más próxima a la central nuclear. En lo personal, Irina ha muerto. La figura de Irina es omnipresente con la repetición del mismo texto. Irina ha muerto y queda el sueño de su imagen son el vestido ligero al que hace jugar el viento. Ella ríe y el protagonista también. Los dos se abrazan.

El ritmo es trepidante porque la secuencia temporal es muy breve. Todo discurre entre el 24 al 28 de abril. El narrador insiste en las marcas temporales y las pone al frente de cada capítulo.

El narrador en primera persona no tiene nada que perder. Es un antihéroe según las reglas de la tipología narrativa, está al final de muchas cosas. Es valiente y provocador; quizás tenga, desde el primer momento, la premonición, incluso el deseo de esta sea su última aventura.

Tierras libres, naturaleza en estado puro, Ucrania. El gobierno decidió construir una central nuclear y una ciudad perfecta, modélica, sostenible como se dice ahora, muy diferente a la realidad de la mayoría de las ciudades de Rusia. Las avenidas son amplias, abundan los jardines y las flores, los niños tienen parques. Una ciudad modelo para una sociedad de vanguardia.

El narrador es encargado de una investigación menor pero el horror se apodera de la ciudad y de la central tras la explosión. Ahí arranca la investigación. Se va descubriendo que las autoridades están ocultando la gravedad y que no dudan en abandonar a los ciudadanos a su suerte, a la muerte. La central Lenin ha reventado. El narrador va atando cabos.

Un elemento clave es el plano humano, el nivel de las gentes sencillas como el matrimonio de ancianos que tiene un hijo trabajando en la central, como los dos motoristas que tienen las piernas destrozadas, como los niños. Tarde y mal se toman medidas que son insuficientes.

El narrador se mueve por los valores más hermosos, los de justicia y humanidad. Un hombre duro, curtido, desesperanzado que deslía la madeja de la intriga sin preocuparse de su vida, de la contaminación que le rodea y que lo atrapará. No huye, se mete en el corazón de la tragedia. No duda. Lleva a cabo la justicia del Talión.

¡Qué bien suena Blonde on Blonde de Dylan, mirando a la muerte a la puesta de sol!