«La lengua materna de Picasso era Andalucía»

«La lengua materna de Picasso era Andalucía»
Salvador Salas

El catedrático Eugenio Carmona inaugura en Málaga el congreso 'Picasso e Historia' con una apasionada reivindicación del poso regional en la vida y la obra del artista

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

«Si yo fuera fuera, las fieras vendrían a comer de mi mano». Pablo Ruiz Picasso escribió esta frase el 18 de abril de 1934. Lo hizo de su puño y letra, en español, buscando en la escritura un punto de fuga a la profunda crisis personal y creativa en la que estaba sumido. Una frase como un «mantra fricativo» que pierde la potencia sonora de esa efe recurrente al traducirse al francés o el inglés.

Porque toda traducción es también una traición. Y en el proceso de traducir la vida y la obra de Picasso, la traición ha encontrado una víctima propiciatoria en el poso andaluz del artista, acometido con demasiada frecuencia desde la sentimentalidad o el localismo salvaje. Porque, para buena parte de los especialistas, todo lo primitivo, lo irracional y oscuro que hay en Picasso ha encontrado una justificación en su lugar de origen, mientras sus permanentes hallazgos en los territorios de la plástica se han debido a su paso por otras latitudes. De algún modo, el propio Picasso alimentó esa visión sesgada de sí mismo para ocultarse tras esa máscara.

Quizá por eso, para arrojar luz sobre un asunto crucial y ninguneado en el estudio de Picasso, hacía falta una una valentía intelectual como la que ha desplegado este martes el catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Málaga Eugenio Carmona en la conferencia inaugural del congreso internacional 'Picasso e Historia' que se desarrollará hasta el jueves en el Museo Picasso Málaga.

Salvador Salas

Carmona ha tirado de los múltiples hilos que sugiere esa frase inicial para trazar una documentada y apasionada reivindicación de la raíz andaluza del genio, tanto en su producción artística como en su relato biográfico. «Si yo fuera fuera, las fieras vendrían a comer de mi mano». La polisemia de ese 'fuera' como pasado imperfecto del ser y como promesa de escapada: «Picasso quiere alejar de sí mismo los temores. Está empezando a escribir para huir de una crisis profunda».

Porque «en la caligrafía de Picasso hay un sentido que tiene que ver con la lengua materna, también con el inconsciente». Y vamos a decirlo ya: «La lengua materna de Picasso era Andalucía». Porque Andalucía es justo eso que se ha perdido en las distintas traducciones de Picasso. Pero no una Andalucía epidérmica y folclórica, de montera y capote al ristre. La Andalucía presentada por Carmona hunde sus raíces de un modo mucho más esencial y profundo en el propio imaginario picassiano.

Entonces Carmona ha brindado otro texto del artista, de nuevo en una suerte de escritura automática para ahuyentar sus demonios: «Yo nací de un padre blanco y de una copita de arguardiente andaluz nací de la niña de una madre soltera de quince años nacida en Málaga en los percheles el hermoso toro que me engendró la frente coronada de jazmines con los dientes había arrancado de sus manos las rejas de la jaula que aprisionaba al pueblo».

Salvador Salas

El catedrático ha planteado su propia traducción del original francés para acto seguido citar el trabajo del investigador malagueño Carlos Ferrer, que vincula a ese «padre blanco» no con el pálido José Ruiz Blasco, sino con el propio dios Zeus, así representado en la iconografía clásica. Porque Picasso podía estar en crisis creativa, pero su vanidad seguía en plena forma.

Y cuando Picasso escribe que salió «de la niña de una madre soltera de quince años nacida en Málaga en los percheles» está relatando los hechos reales de su propio árbol genealógico; en concreto, los orígenes de su abuela materna Inés López, perchelera madre soltera adolescente. Porque cuando en las obras de Picasso aparece la palabra 'Ojén' no es una concesión baladí, sino una mensaje en clave enlazado con el lugar donde se producía el «aguardiente» recobrado en sus textos más profundos. Porque, al cabo, hay que leer esas pistas «no como signos anecdóticos, sino como potentes signos de una cultura que se ha sentido durante mucho tiempo subalterna y que quiere tener un peso decisivo», en palabras de Carmona.

«Al señalarnos sus orígenes, Picasso nos estaba señalando su propia mitología», continuaba el especialista. Y en los orígenes, como en todo Picasso, hay conflicto. La lucha entre el arrabal de «los percheles» tomado por el artista como seña de identidad y la plaza de la Merced donde se instaló su familia como símbolo del progreso pequeño burgués: «Picasso apelaba a su abuela para hablar de que sus orígenes verdaderos. No estaba en la sociedad que aspiraba a ser burguesa, sino a la que estaba apegada a la cultura andaluza».

Pero hay más en ese texto. Porque cuando Picasso escribe que ese toro que lo engendró  «había arrancado de sus manos las rejas de la jaula que aprisionaba al pueblo» está tendiendo un puente con la playa de la Misecordia donde desembocaban esos percheles, la misma playa donde el general Torrijos y los suyos fueron fusilados por su defensa de la libertad frente al absolutismo. Porque con esa confesión, Picasso vincula el espíritu revolucionario artístico y político.

Y tomando ese compromiso político, el vibrante relato de Carmona brindaba un nuevo y sorprendente giro de tuerca al enlazar a Pablo Ruiz Picasso con Blas Infante, padre de la patria andaluza, contemporáneo del artista y del proyecto de Constitución federal acometido en Antequera en 1883, dos después del nacimiento de Picasso y cuatro más tarde del alumbramiento de Infante. La primera Carta Magna de Europa que establecía la igualdad entre hombres y mujeres, por poner un ejemplo de su adelantada vocación contemporánea.

«La vida y el desarrollo de la obra de Pablo Picasso coinciden con la vida y el desarrollo del andalucismo como conciencia histórica», lanzaba Carmona para abrochar su argumentación con la reivindicación que los poetas de la Generación del 27 hicieron de Picasso como «andaluz genial», heredero directo de otro andaluz, Luis de Góngora, cuyos versos ilustró el propio artista.

Porque «la identidad es algo que no se impone, sino que se vive de manera natural». Y aunque el propio Picasso jugó al doble y el disfraz en su carácter y origen andaluz, de esa raigambre parte «la capacidad de establecer la mitología como realidad y la realidad como mitología» que desplegó en su vida y en su obra.

Porque lo ha rematado Carmona: «No hay modernidad sin memoria». Tampoco justicia. Ni siquiera poética.

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