La larga batalla contra el analfabetismo

Casi 600.000 españoles no saben leer ni escribir, aunque la cifra ha caído en 160.000 personas en los últimos cinco años

ALMUDENA SANTOSMADRID.

«Me hacía falta un aire y una nevera y me fui al centro comercial», cuenta Antonia, una mujer extremeña. Hasta aquí, nada extraño. Pero Antonia es analfabeta y un gesto tan cotidiano como comprar con una tarjeta de crédito se convierte en una carrera de obstáculos para gente como ella. Para conseguir la tarjeta, que tenía un límite de 300 euros, el banco le hizo firmar unos papeles que ella «no entendió» y tras la compra de los electrodomésticos, la entidad financiera le reclamó 1.200 euros. El caso acabó en el Juzgado de Primera Instancia número 6 de Badajoz, que dio la razón a Antonia y la liberó de pagar 1.200 euros. El abogado de la demandada, Fernando Cummbres, argumentó que, al no saber leer, no podía comprender el escrito.

El analfabetismo en España fue una lacra hasta la segunda mitad del siglo XX. En 1936, el año de inicio de la Guerra Civil, el 25% de los españoles eran analfabetos. La extensión de la educación redujo paulatinamente las tasas, pero aún hoy, 581.600 españoles, el 1,25% del total, no saben leer ni escribir, según el informe 'Población de más de 16 años por nivel de formación', publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE). El número de analfabetos disminuye año a año en España, principalmente, porque los mayores, el grupo de población con menor nivel educativo, van falleciendo. Hace cinco años, había en España 745.100 analfabetos y en 2018 eran 614.200. El analfabetismo es un problema que afecta más a las mujeres (387.900) que a los hombres (193.700) y también existen diferencias por regiones: Melilla encabeza la lista con un 3,7% de analfabetos (3.200 habitantes), por delante de Ceuta, que cuenta con un 3,64%, Murcia (2,75%), Extremadura (2,7%) y Andalucía (2,16%). Por el lado contrario, País Vasco, con el 0,34% de la población, Cantabria (0,35%) y La Rioja (0,38%) son las comunidades autónomas con menores índices.

La lucha contra el analfabetismo debe mucho a los centros de educación para adultos, que han ido evolucionando con el tiempo. Comenzaron siendo lugares para personas mayores que no habían podido aprender las enseñanzas básicas, pero ahora la mayor parte de los que acuden a ellos son extranjeros.

«Hace 19 años, cuando yo me incorporé a la EPA (Enseñanza para Adultos), la mayor parte de los alumnos tenían un nivel inferior al de la ESO. Eran mujeres en edad de jubilación, mayores de 60, y procedían de un entorno bastante humilde», cuenta Belén Soroa, profesora de la ESO en un centro de Enseñanza para Adultos en San Sebastián. Esta docente explica que el analfabetismo sigue siendo «un secreto». «Muchas de las mujeres que asisten a clase no quieren reconocer en su entorno que son analfabetas», explica Soroa. «Son capaces de cambiar de pueblo e ir a uno donde no los conoce nadie para así ocultarlo. Sienten que están estigmatizadas y no quieren que se sepa», afirma.

«Los centros han cambiado mucho», corrobora María Jesús Alonso, antigua alumna de un centro para adultos. «Ahora se busca más el graduado escolar con vistas al trabajo». Alonso entró en esta escuela para sacar el certificado de educación secundaria, ya que solo tenía el de primaria. Tras conseguirlo, ha acudido a clases de informática, explica. Los cursos en la enseñanza para adultos duran dos años y sus contenidos son «un poco más lights» que en los colegios e institutos, señala Soroa. «Los temas que se tratan son adaptados a quien está asistiendo a clase. Como profesora, no puedes ponerles a los adultos el mismo temario que un chaval de diez años, aunque en ambos casos estén aprendiendo a redactar», subraya.