Lágrimas en primavera

Juan Francisco Gutiérrez
JUAN FRANCISCO GUTIÉRREZMálaga

En estos días de pugna electoral repetida, donde pululan los mítines venidos a menos junto a los ácaros y pólenes venidos a más, no hay mal antihistamínico que por bien no venga. Llevo días medicado para poder sobrellevar las salvas de estornudos, pero no me salvo de lucir ojos reptilianos y mirada torva. Me repito mucho que quizás ello añada misterio a lo que solo es zozobra primaveral y algo de ojeras. Con algo habrá que conformarse.

La lista de efectos secundarios que incluyen mis píldoras es una retahíla. Empecé a leer el prospecto, pero me dieron las tantas y abandoné pronto: mejor dopado, me dije, que llevar a pelo estos ataques alérgicos tan gratuitos. Pero hete aquí que, en este estado de congestión, las pastillitas para la picazón ocular y otras secreciones me permiten, gracias a su pócima mágica, amortiguar otras sensaciones de imágenes que se acumulan en las retinas. Con un poco de anestesia todo se lleva mejor: los ojos como brótolas, vale, pero el sentimiento distanciado. Con lo cual se me ha quedado el cuerpo perfecto para medio-ver el penúltimo capítulo de 'Juego de Tronos' de hoy, que espero arroje algo más de luz a la conclusión de esta historia de héroes y poder.

No sé si será otro efecto secundario de la medicación, pero otro hecho histórico real vivido estos días, el del duelo solemne y sentido de la sociedad española ante la muerte inesperada de Pérez Rubalcaba, me ha parecido justo, debido, tardío pero reconciliador. Daban ganas hasta de frotarse los ojos. Rubalcaba fue un político moderno con pinta del XIX: de oratoria envidiable, inteligencia exultante y honestidad académica. Quizá el destino le tuvo guardada la faena de llegar algo tarde a su momento decisivo, o quizá estuvo allí pero no lo supimos ver. En su adiós casi ecuménico del otro día contemplé, entre alguna lagrimilla, un ejemplo gráfico de esa España que alguna vez quisimos ser: la que trata con honor y sin partidismos a sus verdaderos héroes de palabra y de gestión, ah, no esa otra que solo se desvive por gestas y palabrería. Descanse en paz.