Inmortalidad

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Sr. García .

Cuando leí por primera vez los cuentos de Lucía enseguida vislumbré la esencia de una obra artística

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Ya sé que no es habitual enamorarse de una mujer a la que nunca he conocido personalmente y que murió hace años. Sin embargo, existen casos similares como el de aquel detective neoyorquino que investigaba el asesinato de Laura y se fue obsesionando con la víctima hasta quedar embrujado. Cuanto más averiguaba sobre su pasado, cuanto más miraba el retrato de ella que colgaba en la sala de estar del apartamento donde encontraron el cadáver, más enamorado se sentía. La única diferencia entre ambos consiste en que el detective queda fascinado por la figura del cuadro y yo por los relatos autobiográficos que escribió Lucía. La pintura y las palabras, la mujer del cuadro y la protagonista de los relatos, ejercen una atracción tan poderosa que nos permite vencer a la muerte y devolverles la vida. Cuando leí por primera vez los cuentos de Lucía enseguida vislumbré la esencia de una obra artística que alcanzaba la inmortalidad. Ella me demostró que nunca mueren los autores de ciertas obras ni los personajes que la representan.

Nada más conocerla sentí una enorme complicidad. Luego supe que era escorpio como yo, que los dos habíamos nacido en noviembre y que ella nos abandonó el mismo día de su aniversario. No consulto nunca el horóscopo, sin embargo admito que suelen confluir aspectos similares entre las personas que comparten el mismo signo del zodiaco. Me atrajo a primera vista, tal vez fue su mirada, la manera de hablar e interpretar la vida, no extrañarse ante nada: la lógica de la locura. Me identifiqué con las primeras palabras que pronunció una noche que estaba solo en casa bebiendo whisky y ella me acompañaba: “En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados”.

Ni los amigos ni mi propia pareja se extrañan cuando confieso que estoy enamorado de una mujer muerta, lo ven como algo normal. A menudo nos ponemos a hablar de ella como si estuviera entre nosotros. Recordamos anécdotas de su vida y siempre provoca alguna sonrisa. A veces, nos ponemos tristes sin saber por qué. «Cosas de Lucía», digo entonces para romper el silencio. Luego me quedo pensando en lo que confesó un día: «Mamá lo sabía todo. Era bruja. Incluso ahora que está muerta me da miedo que pueda verme». A mí me pasa igual con ella, tengo la sensación de que ahora está conmigo en el cuarto de estudio, de pie detrás de mí, leyendo lo que en este instante de la noche escribo de ella. Y en los momentos muertos, cuando me quedo sin palabras y se apaga la luz, descubro su sonrisa cómplice reflejada en la pantalla del ordenador.

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