El hombre que pudo comprar 'Las señoritas de Avignon'

André-Marc Delocque-Fourcaud, este miércoles en la Biblioteca de la Casa Natal de Picasso. /Pedro J. Quero
André-Marc Delocque-Fourcaud, este miércoles en la Biblioteca de la Casa Natal de Picasso. / Pedro J. Quero

El presidente de la Colección Schukin abre este jueves el ciclo 'Picasso y Rusia' organizado por la Casa Natal y la Fundación General de la UMA

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Habla como un caudal abierto, constante y sereno, hasta que de pronto se da cuenta de que ha pasado más de una hora de conversación, llevada en su inmensa mayoría por él mismo. Entonces calla un instante, sonríe un poco tímido y se disculpa: «Perdone. Es que esta historia me apasiona». Esa historia es la de una de las colecciones de arte moderno más importantes del mundo, reunida por su abuelo, Sergei Schukin, en los primeros compases del siglo XX.

Ahora, André-Marc Delocque-Fourcaud, presidente de la Colección Schukin, pasa revista a la historia de ese imponente legado desde la Biblioteca de la Fundación Picasso-Museo-Casa Natal, organizadora junto a la Fundación General de la Universidad de Málaga (UMA) del seminario internacional 'Picasso y Rusia' que este jueves y viernes se desarrolla a caballo entre la Colección del Museo Ruso y el Museo Picasso Málaga.

Delocque-Fourcaud despliega una enciclopédica memoria sobre una colección que supera las 250 obras de grandes maestros y en la que destacan las 55 piezas de Pablo Ruiz Picasso. Schukin mantuvo con el trabajo del malagueño una relación peculiar: sus creaciones no terminaban de encajar en su gusto, al menos en un primer momento, pero supo que estaba ante un autor esencial. Claro que tuvo un instante de debilidad que, según su nieto, le costó perdonarse. «Schukin pudo comprar 'Las señoritas de Avignon'», desliza Delocque-Fourcaud mientras ultima otra mirada cómplice.

El presidente de la Colección Schukin cuenta entonces que el mecenas ruso mantenía una excelente relación con Henri Matisse y fue el artista francés quien le llevó «de la mano» en octubre de 1908 hasta el Bateau-Lavoir, célebre estudio de Picasso en Montmartre. Allí el malagueño le enseñó sus obras, entre ellas el lienzo que mantenía casi oculto desde el año anterior. «Sabía que estaba ante una obra diferente, sentía que esa pieza iba a hacer historia, pero se quedó en 'shock'. Sabía que debía comprarla, pero no pudo», relata Delocque-Fourcaud.

¿Y cree que Picasso se la hubiera vendido? El presidente de la Colección Schukin vuelve a sonreír casi pícaro: «Siento que sí. Tenía el dinero y Picasso no estaba en su mejor momento económico. Eso sí, hay que recordar que Picasso era una persona orgullosa. Podía tener un estudio muy pobre en Montmartre, pero para ver sus obras, tenías que subir hasta aquella colina».

Delocque-Fourcaud recuerda que el personaje clave en la relación entre Picasso y Schukin fue la también coleccionista Gertrude Stein: «Ella fue quien le presentó a Matisse y a Picasso y creo que ahí está una de las causas del cambio que experimentó la colección. En sus primeros años como coleccionista, Schukin se fijaba en un arte más decorativo, pero poco a poco se fue volviendo más audaz, casi radical, hasta convertirse en un visionario».

Stalin quiso quemar la colección

Tanto, que a Stalin se le pasó por la cabeza quemar esa reunión de obras de Picasso, Matisse, Gauguin, Cézanne, Courbet, Derain, Pissarro y Rousseau. Al final no las pasó por la hoguera, pero ordenó su reparto entre el Museo Pushkin de Moscú y el Hermitage de San Petersburgo. Para entonces su promotor ya había fallecido, si bien su nieto mantiene viva la llama de su legado y de su memoria.

«Fue un pionero. En aquel mismo año en que visitó el estudio de Picasso en París, cuando regresó a Rusia decidió abrir las puertas de su palacio para que cualquiera pudiera ver sus cuadros. Tenía la idea de crear algo así como un museo de arte moderno. En Rusia. En 1908. Pero fue imposible», ofrece Delocque-Fourcaud.

Regresa entonces el presidente de la Colección Schukin la singular relación que su abuelo mantuvo con la obra de Picasso. Aporta la anécdota de un cuadro del malagueño que compró y colgó en el recibidor de su residencia y que a menudo evitaba contemplar. Y entonces, ¿por qué comprarlo? Delocque-Fourcaud relata la tragedia personal de su antepasado: en apenas cuatro años murieron su mujer y dos hijos en circunstancias dramáticas. Un dolor, «un infierno», que el mecenas veía agazapado en los cuadros de Picasso.