Giles Tremlett, hispanista: «El desconocimiento de Franco hace que sea un debate de blanco o negro, no hay matices»
Era aburrido y sin carisma, pero muy ambicioso y con grandes dotes de mando. En el 50 aniversario de la muerte del dictador, el autor británico traza su perfil en 'Franco'
Es inglés y eso le confiere una perspectiva y una distancia que difícilmente tendrá un español sobre este asunto. Pero incluso él ha sucumbido al ... efecto que aún produce escribir o pronunciar su nombre. Cuando se cumplen 50 años de su muerte, el hispanista británico Giles Tremlett publica 'Franco. El dictador que moldeó un país', una biografía elaborada desde «la empatía, que no la simpatía», desde un intento de entenderle más allá del blanco o el negro. Pero admite: a veces, según a quién escriba, se siente tentado de borrar este título de su lista de libros para evitar ofender. «No se ha superado y yo también me he dejado infectar».
–Se ha escrito mucho sobre Franco, ¿qué aporta esta biografía?
–Bueno, yo soy un hispanista inglés y la distancia ayuda porque yo no me juego nada a nivel familiar, eso no impacta en la cena de Navidad de mi familia. Y yo soy más biógrafo que historiador, entonces hago un esfuerzo de empatía, no de simpatía. Intento meterme en la cabeza de Franco y entender cómo piensa y por qué.
–Era un tipo bajito, sin carisma y sin apenas ideología, ¿ha descifrado el secreto de su éxito?
–Ese secreto se basa en tres cosas. Uno es que no es tan mediocre como lo pintan, a nivel intelectual sí, pero a nivel de mando, de maniobra política, para nada. En segundo lugar, es un personaje tremendamente ambicioso. No es que quiera el poder, es que quiere todo el poder para siempre. Y, en tercer lugar, un militar no necesita carisma. Si yo soy General, da igual que sea yo bajito y con la voz aflautada, todos se tienen que cuadrar ante mí. El carisma militar se lleva aquí (se toca el hombro) y da igual el aspecto que tengas.
«Franco no cambió de opinión nunca, los que tuvieron que adaptarse fueron los españoles»
–Estos días he tenido el libro encima de la mesa del trabajo y muchas personas se paraban a mirarlo con curiosidad o extrañeza. Nos sigue impresionando ver la palabra Franco en letras grandes. ¿Por qué?
–Es que uno no se desprende del miedo con tanta facilidad. Hay como una inercia en ese miedo. Paul Preston habla de una inversión temprana en el terror, que son los años después de la guerra civil, los 20.000 fusilados y la represión durísima que hubo. Y es una inversión en el sentido de que lo aplicas al principio y luego vas sacando beneficios de ello. No tiene que ser tan visible, tan cotidiano. Y eso sigue ahí. Por otro lado, lo que el franquismo buscó y consiguió era la apatía política del pueblo, el no hablar. Y finalmente está el silencio de la Transición, duró demasiado ese pacto de olvido.
–Una encuesta reciente del CIS dice que el 21% de los españoles consideraba que el franquismo fue un periodo bueno o muy bueno. ¿Le encuentra explicación?
–Yo creo que este dato ha seguido más o menos ahí desde el 75 para acá. El problema de hoy es que el desconocimiento de Franco hace que sea un debate de blanco o negro. No hay mucho matiz. Me parece una necesidad conocer ya con color y no solo en cartón-piedra quién fue Franco. Con la distancia ya podemos hacernos preguntas un poco más sutiles. ¿Condicionó el franquismo la Transición? ¿Hasta qué punto el franquismo influyó y sigue influyendo en la España de hoy, en las cosas que pasan en Cataluña, el estado de las autonomías o en la propia monarquía?
–¿Tiene la respuesta?
–Es obvio que quienes tenían las riendas de la Transición eran los franquistas. El propio Rey lo era en ese sentido, había recibido todos los poderes de Franco, él hablaba de la legitimidad heredada de aquel glorioso alzamiento.
–Quizás era la única forma de hacerlo de forma pacífica.
–A lo mejor no se podría haber hecho de otra forma, pero se hizo así y hay que tenerlo en cuenta. Eso no es hacer crítica, no es decir qué mala fue la Transición, pero sí hay que decir que no fue tan perfecta y no nació de forma inmaculada como se vende muchas veces.
Los jóvenes
–Según esa misma encuesta, un 19% de los jóvenes también cree que el franquismo fue bueno o muy bueno. Ni vivieron el franquismo ni siquiera la Transición. ¿Cómo puede ser?
–Hay una razón primera clarísima y es que no les hemos enseñado en los colegios lo que fue el franquismo y la guerra civil. Está pasando algo muy parecido en todo el mundo occidental con los jóvenes, sobre todo con los varones jóvenes, que se escoran hacia la derecha más dura. Y vale, es una opción, pero tienen que ser muy conscientes de que si su palabra fetiche es 'freedom', como se leía en la camiseta que llevaba Charlie Kirk cuando muere, la dictadura es lo opuesto a la libertad.
–¿Qué le sorprende más de la figura de Franco?
–Me sorprende que sea tan aburrido. Hay descripciones de su primo Francisco Franco Salgado, que es su ayudante de campo, de cenas en el Pardo cuando vienen a visitarle los príncipes de Mónaco, y cuenta que hay un silencio sepulcral. No se molesta en conversar. Pero lo más sorprendente es que él no cambia de opinión nunca. El Franco de veintipocos años es el Franco que muere. Lo normal en nuestras vidas es que nos pasen cosas y cambiemos. Pero él no lo hizo, quienes tenían que cambiar y adaptarse eran los españoles. Y hay que sobrevivir, acabas colaborando de algún modo con aquello.
«No les hemos enseñado a los jóvenes lo que fue el franquismo»
–Mensajes como 'Make America great again', ¿le hacen recordar ese periodo de la historia?
–De algún modo sí. Franco es un ultranacionalista. Y los nuevos populistas de derechas también lo son. Y lo que siempre venden es un pasado glorioso al que hay que volver. Eso es lo que quiso hacer Franco.
–¿La democracia está en peligro?
–Está siempre en peligro porque la democracia conlleva mecanismos para matar a la democracia. Hay que estar atentos siempre.
–Con este libro, ¿ha experimentado en carne propia esas heridas que hay aún abiertas?
–Cuando era corresponsal de 'The Guardian', me interesé mucho por la memoria histórica. Iba a los pueblos y hablaba con la gente. Me impactaba mucho el miedo que había, el silencio. Ese '¡baja la voz!'. Y aunque yo digo que soy inglés y tengo cierta distancia, vivo en Madrid, llevo 30 años ahí, tengo mis vecinos y cuando he escrito este libro también he estado pensando en ellos. No vivo fuera de la realidad española. Entonces sí es cierto que he sido siempre consciente de lo difícil que es hablar de Franco, poner ahí el nombre. Yo lo tengo ahora en mi correo electrónico, porque siempre pongo la lista de mis libros, y por primera vez en la vida tengo que pensar en si borro o no, según el correo a quién va, la foto de la portada por si esa persona se va a ofender. 50 años después y siendo extranjero.
–No está superado en absoluto.
–No se ha superado y yo también me he dejado infectar.
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