Feliz estreno de Octavio Chacón

Cinco heridos. Los Cebada Gago protagonizaron un encierro veloz con heridos. :: afp
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Cinco heridos. Los Cebada Gago protagonizaron un encierro veloz con heridos. :: afp

BARQUERITO

Todo lo hizo bien Octavio Chacón. O casi todo. Como era nuevo en Pamplona, lo primero fue hacerles a las peñas de sol un guiño: en tablas, una larga cambiada de rodillas. De rodillas en los medios, y con media verónica bien trazada, remató el recibo mixto de capa. Dos delantales ajustados y dos chicuelinas. Ganando pasos y terreno porque el primer toro de Cebada Gago, muy ofensivo, acusó desde el arranque querencia al portón.

A querencia volvió a irse suelto de dos varas. En la primera empujó. Como se soltó en las dos, se quedó por ver el talento de Chacón como lidiador. No su autoridad segura para mover el caballo. O para retener las huidas del toro, que escarbó. Es preceptivo el brindis al público en el estreno en sanfermines. Catorce años después de la alternativa, debutaba el de Prado del Rey.

El brindis tuvo acento de brindis al sol en el sentido literal: más a las peñas que a los demás. La faena tuvo por sello su afán, su temple y su descaro. Y sentido de la medida. Los muletazos cabales. Todos, o casi, por la diestra, ligados, de suave compostura. Ni un tirón. El resabio del toro por la izquierda obligó a rematar las dos primeras tandas, de cinco ligados las dos, no con el de pecho o cambiado habitual, sino con sendos desplantes. De recurso y no de adorno. Antes fueron de interés la firmeza y manera de arrancar del toro el tramo de embestida que le faltaba. Cuando se frenó, aguantó Chacón sin rectificar. Y cuando pasó el peligro, hizo señas al sol. Para hacer valer méritos. En la harina de la faena, en terrenos calculados, estaba la mayoría. La cosa hervía cuando en el último o penúltimo desplante, el toro se arrancó a la contraquerencia, se enganchó con el forro de la chaquetilla y le pegó a Chacón una voltereta brutal. Salió ileso. El detalle fue repetir suerte: el mismo desplante punto por punto. A espada cambiada, dos estatuarios, uno mirando al tendido y el de pecho. Y después de la clave popular, cuadrado el toro, estocada de verdad.

Con el cuarto de Cebada, volvió Chacón a hacerse querer. Y ahora, no solo como muletero templado, sino también como lidiador, al fijar el toro, al ponerlo en suerte, al sacarlo del caballo. Puro orden. Todo enseguida. En tablas o pasadita la segunda raya, el manejo del toro en la muleta fue de pulso puro. Pendiente solo del toro, que estuvo por afligirse, pero aguantó en pie, y no del eco del trabajo, Chacón supo apurar hasta el último viaje.

Dos circulares cambiados ligados con tres de pecho cosidos entre sí añadieron al trabajo la salsa de una rara emoción. Cruzado Chacón al pitón contrario en vanos pero serios intentos con la izquierda, la resolución final fue un desplante. De recurso y ornato. Tanda de mondeñinas con acento bueno. Y una estocada lagartijera que tumbó sin puntilla el toro. Llegar, ver y ganar.

La corrida de Cebada salió variada de pinta, traza y hechuras: un sexto cornalón y ensillado pero corto de manos y bajo de agujas enlotado con un tercer elástico, agalgado; el lote tan dispar de Chacón; y los dos de Bolívar, muy distintos, un badanudo y montado segundo que no descolgó baza y un quinto de porte extraordinario, cárdeno carbonero, remangado, particularmente astifino. No fue corrida temperamental y por eso la leyenda de Cebada y su violencia parecían de otra época: de hace cinco años. Bolívar se embarcó en faenas interminables sin rumbo. Juan del Álamo, brillante con la espada, apostó sin disimulo por las faenas de sol, de rodillazos sin cuento y guiños encadenados. Tragar con el incierto aire inicial del sexto fue nota de valor y cabeza. Y las dos estocadas .

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