«España no es diferente; somos un pueblo tan aburrido como el resto de Europa»

La escritora Elvira Roca, durante la entrevista realizada en Málaga. / Foto: Francis Silva | Vídeo: Pedro J. Quero

La escritora malagueña Elvira Roca ha ingresado en la Academia de Ciencias y es candidata al Premio Princesa de Asturias. Reconoce que el libro 'Imperiofobia' le ha cambiado la vida

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

El éxito de 'Imperiofobia y leyenda negra' le ha cambiado la vida. Su combativa revisión de nuestra mala fama le ha llevado a un carrusel de viajes, conferencias y peticiones de entrevistas como ésta que se han convertido en su nuevo día a día. Elvira Roca (El Borge, 1966) echa de menos su antiguo horario de profesora, aunque se le ve cómoda con su papel de analista del pasado y el presente de España. Filóloga de profesión y vocación, confiesa que nadie le ha pedido el carnet de historiadora tras el éxito de su libro. Más bien lo contrario. Hace unos días ingresó en la Academia Malagueña de Ciencias.

Felicidades académica.

–Muchas gracias. Se ve que mi destino es desmentirlo todo. Empecé con la leyenda negra, después que España no es el país de la envidia y ahora desmiento eso de que nadie es profeta en su tierra.

Además, intelectuales y políticos –tanto del PSOE como del PP–, han avalado su reciente candidatura al Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. ¿Sorprendida?

–Muy sorprendida. Cuando recibí el primer comentario me pareció un disparate. Ha sido un grupo de eurodiputados, con el empeño de Teresa Giménez Barbat, los que han sacado adelante esa candidatura, que ya me parece ganar porque es extraordinario que me propongan.

–¿'Imperiofobia y leyenda negra' le ha cambiado la vida?

–Sí, ha cambiado mi vida profesional y familiar. De vivir sujeta al horario a no tenerlo. Lo echo de menos porque trabajo siete días de la semana.

–¿Y cómo lleva la fama?

–Cuando te pilla con una edad, intentas observar el fenómeno con interés porque nunca lo habías visto en primera fila. Lo que está claro es que la poca o mucha fama tengo que gestionarla con sensatez y delicadeza, porque está vinculada a un trabajo histórico que hasta cierto punto no es mío, sino un producto para la colectividad de mis compatriotas.

Dice que no es suyo, pero usted tuvo el acierto de mirar una realidad, la leyenda negra, que durante mucho tiempo se dio por cierta. ¿Cuál es su secreto?

–No hay secreto. Y no fue algo que yo me diera cuenta. Julián Juderías pasa por ser el creador del término 'leyenda negra' y, antes, Rafael Altamira fue el primero en definir la hispanofobia. Me he basado en todos ellos y mi pequeña aportación es que he procurado colocar el fenómeno en un contexto comprensible.

«Tengo que gestionar la fama con sensatez porque me viene de un libro que pertenece a la colectividad» Éxito de 'Imperiofobia'

«Hasta ahora nadie ha preguntando si tenía carnet» Filóloga metida a historiadora

'Imperiofobia' ha causado furor, pero tantos siglos de mancha no se quitan tan rápido.

–No. Tiene raíces muy profundas. La leyenda negra sigue siendo una parte importante de los mitos fundacionales de varias naciones y está escrita en la arquitectura de Europa, por lo que moverla de ahí no es el trabajo de una persona, sino de generaciones y exige un esfuerzo colosal. Los historiadores jóvenes hispanoamericanos van cobrando conciencia de que el fenómeno de la leyenda negra les afecta muchísimo, no solo a España.

Bueno, sigue estando presente en Iberoamérica como lo demuestra el presidente López Obrador y su petición de que España pida perdón.

–Lo más importante no es el efecto que ha tenido en nuestro país, sino que ha abierto la caja de los truenos en México. Allí ha generado una polémica enconadísima y se ha puesto en frente a una buena parte de la historiografía y la intelectualidad.

–¿Por obviar el papel de España durante siglos?

–Es que México no tiene otro nacimiento que el virreinato de la Nueva España. Es una falsificación coger México desde su declaración de independencia, amputarle tres siglos de historia virreinal e irte a buscar a los aztecas. Ese es el daño que le ha hecho la leyenda negra a Hispanoamérica, porque los ha predispuesto contra su propia historia, sin la cual su presente no tiene sentido.

Su currículum dice que es filóloga, pero después de 'Imperiofobia' cuesta no verla como historiadora.

–La filología es historia. Durante un tiempo largo edité manuscritos y estudiar documentos es la albañilería de la historia. Hay que regresar a las fuentes, porque libros que copian libros, que copian libros generan largas tradiciones que después hay que desmentirlas.

«Vox no me alarma más que Podemos» elecciones generales

–¿Le han hecho sentir alguna vez una intrusa entre los historiadores?

–No tengo inclinación a darme por aludida. Francamente, lo que piensen los demás no me importa ni me afecta. El profesor García Cárcel, con el que tuve una pequeñísima polémica al comienzo, saltamos por encima de aquella tontería y tengo una buena relación de amistad, como con José Calvo Poyato o Carmen Iglesias. El mundo académico tiene cierta tendencia a la endogamia y a buscar mutuo reconocimiento, pero poca proyección fuera de los cenáculos. Pero no he tenido ningún problema y me invitan a las universidades. Hasta ahora nadie ha aparecido preguntando sobre esa señora que no tiene carnet.

En nuestra anterior entrevista me dijo que no duraría ni un minuto en un partido. ¿Le ha tentado alguno?

–Sí. No tengo vocación para la política, pero hay que hacer política. La clase política se ha aislado en sus privilegios y en su poco sentido de la realidad. Es culpa de ellos, pero también de la sociedad que se lo ha permitido. Occidente tiene grandes problemas, pero esos temas han desaparecido de las campañas electorales. Tenemos un endeudamiento bestial, un problema de inmigración y, en consecuencia, también demográfico. Y hay una sobrecarga impositiva que tiene al europeo medio hasta el occipucio de la cantidad de impuestos que paga. Son cuatro cosas como cuatro catedrales de las que no se habla.

Alimento de la víscera

–¿Ha visto los debates?

–Cinco minutos. Fue una puesta en escena penosa en la que cada parte iba a recitar lo suyo, sin asuntos de calado. Nuestro país tiene un problema muy serio con su estructura territorial y vamos a las elecciones sin que este asunto parezca haber interesado. O no nos lo cuentan o no piensan hacer nada. Y ambas cosas son graves. De todo eso se alimenta la víscera y luego nos quejamos, porque aparecen fuerzas políticas que resultan desasosegantes. ¿Es razonable que con un gobierno autónomo declarado en rebeldía, haya unas elecciones y todo el mundo esté de perfil?

–¿Están evitando el problema catalán?

–No me gusta decir el 'problema catalán', sino que el problema está en Cataluña con unas opciones políticas. Los secesionistas ya tienen claro que han perdido la partida y van a intentar gestionar la derrota en su mayor beneficio. Pero lo que ha ocurrido es que el país tiene un problema con su estructura territorial y hay que ponerse a resolverlo. La Constitución necesita retocar algunas cosas y hay que decírselo a la gente. ¿Por qué el país que afrontó con madurez el paso de una dictadura a una democracia ahora parece como si sus ciudadanos fueran menores de edad?

–¿Cómo observa la novedad de estas elecciones, la irrupción de Vox?

–Habrá que ver cuando aterricen. Vox no me alarma más que Podemos. Surgió Podemos y lo encajamos sin rasgarnos las vestiduras, y Vox también lo encajaremos. En el Parlamento andaluz no han entrado como elefante en cacharrería. Tengo claro que el nacimiento de estas tendencias de la izquierda más a la izquierda y de la derecha más a la derecha proceden del hartazgo del contribuyente europeo medio ante unas democracias que han transformado el Estado en un monstruo gigantesco e inoperante.

Usted lo enmarca en un ámbito europeo, pero esta polarización se ve como una vuelta a las dos Españas.

–¿Qué dos Españas? Serán también las dos Inglaterras y las dos Francias. Es ese empeño tontorrón de una parte de la intelectualidad española de cultivar la excepcionalidad y así después las comunidades autónomas se dedicaron a cultivar compulsivamente su hecho diferencial. Lo siento en el alma, no somos diferentes; somos un pueblo tan aburrido como el resto de Europa. No ha pasado nada en la historia de España que sea anómalo con respecto al mundo occidental. Y no es raro que en épocas de crisis se produzcan estos tensionamientos hacia los extremos.