Derribo

En ese ir tirando vamos tirando nuestra historia pequeña y compartida, nuestro paisaje común, a dentelladas secas y calientes de excavadoras

En este solar de Lagunillas estuvo La Milagrosa./ Salvador Salas
En este solar de Lagunillas estuvo La Milagrosa. / Salvador Salas
Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZMálaga

Mientras mi tía Rafa agonizaba iba camino de otra clínica para ver a mi sobrina recién nacida. Aparqué el coche cerca de la casa de mis padres y emprendí a pie el camino hecho cada día durante toda la adolescencia: bajar Cristo de la Epidemia, hacia la Victoria siempre. Crucé el Jardín de los Monos y en el segundo solar a mano izquierda la excavadora coronaba el puñado de escombros de lo que un día fue La Milagrosa, la panadería donde trabajaron mi abuelo Eugenio, mi tío abuelo Pepe y mi tío Paco. A mí tío le tengo dicho que la única herencia que espero de él es la mesa de madera del obrador que restauró para convertirla en un escritorio majestuoso y rotundo, tachonado de cajones por los dos lados, capaz de colocar frente a frente a dos personas trabajando sin apenas tocarse. Una mesa impropia de las habitaciones y del ancho de las puertas de la mayoría de los pisos que se construyen ahora. La mesa de trabajo de una panadería de barrio que quizá no importe a nadie, cerrada desde hace años, con la persiana vieja maquillada con un grafiti de Doger como tantos locales de Lagunillas.

Derriban una panadería olvidada mientras mi tía muere de olvido. Mi tía Rafa en el almacén superior de aquella zapatería infantil de la calle Caldelería, recibiendo los encargos de mi tía María, de mi tía Lydia, de mi madre y de Toñi, la dependienta a la que avisaba desde mi cochecito que tenía previsto darle un bocado en el culo. Rafa encontraba el pedido y anunciaba el envío con tres golpes de la caja de cartón en la barandilla de la escalera interior de la tienda. Tac, tac, tan. Y unas merceditas del 26, unas manoletinas del 31, una botas del 22 suspendidas durante unos segundos en el aire, cogidas al vuelo por las dependientas. Mi tía Rafa sentada en una silla minúscula rodeada de anaqueles repletos de cajas de zapatos pequeñitos, leyendo cualquiera de sus libros donde escribía a lápiz con letra redonda en la primera página en blanco 'Es de Rafa'. Mi tía Rafa invitando cada verano a sus sobrinas a un crucero por algún lugar lejano. Sólo chicas. Sororidad en los años 80.

Todo aquello también se derribó hace tiempo sin necesidad de una máquina grande y ruidosa. Vino otro negocio. Después quizá un bar, una franquicia de fritanga para extranjeros, una paella, un kebab y unos fideos chinos. Casi todos se parecen en su vocación compartida de tenderete. Ahora intento no cruzar esa calle con la boca seca de quien intenta evitar el lugar donde sufrió un robo. Porque me birlaron la infancia en la Calle Caldelería con turistas crudos haciendo de girasoles, en la plaza de la Merced travestida en sambódromo de terrazas, entre los cascotes de una panadería de Lagunillas. La Milagrosa ya es historia, como Villa Paquita al otro lado del Jardín de los Monos, donde resiste la belleza de un puñado de casas en Hurtado de Mendoza, encajonadas entre edificios más altos, funcionales y tristes. Pequeñas resistencias en Conde Ureña, Gibralfaro y el Paseo de Reding. Tiraron Villa Paquita, Villa Maya, La Mundial. No tenían protección patrimonial y debían dejar paso al progreso.

Y parece que a ese lugar incierto del futuro se va a golpe de hitos, de iconos urbanos cuajados de modernidad y cosmopolitismo, en una agenda marcada por la lógica nihilista del acontecimiento: un evento cada día, un estreno a cada rato y todos los fines de semana completos hasta el infinito y más allá, sin tiempo ni espacio para detenerse y mirar y pensar hacia dónde vamos, porque hay que mantenerse siempre activo, en movimiento, si te dejan, claro, en medio de un espacio público parcelado para negocios alérgicos a la solidaridad y el Feng Shui. La ciudad entendida como una competidora en una liga mundial de sitios recomendados, en lucha por mantenerse atractiva y seductora, siempre con algo nuevo que ofrecer a quienes vienen de lejos con dinero caliente en los bolsillos.

Un modelo adoptado aquí como si no hubiese alternativa, con el fatalismo guasón de quien asume con naturalidad que quizá no sepa hacer otra cosa que ir tirando. Y en ese ir tirando vamos tirando nuestra historia pequeña y compartida, nuestro paisaje común, a dentelladas secas y calientes de grúas y excavadoras, anunciadoras de una regeneración incapaz casi siempre de integrar y respetar lo que había. Pero así la ciudad se mantendrá joven y dinámica. Seremos competitivos y modernos. Y apenas quedará nada de nosotros.