Confesiones 'picassianas'

Retrato de 'Olga Khokhlova con mantilla'/Ñito Salas
Retrato de 'Olga Khokhlova con mantilla' / Ñito Salas

Es ésta una emocionante exposición con un conjunto de obras incontestable que, por su tono confesional, nos sumerge en la vida de Picasso, Olga y M-T. Walter

JUAN FRANCISCO RUEDA

He de confesarles que hacía tiempo, mucho tiempo –demasiado–, que no sentía tanta belleza y dolor en una exposición. Por momentos esa belleza resulta apabullante, tanto como insoportable el dolor. La ternura, empatía y amor resultan desbordantes en la primera parte de esta exposición, 'Olga Picasso', que ocupa la primera planta del museo. La segunda parte, en la planta baja, es un auténtico descenso a los infiernos: al infierno en el que se convirtió, aunque empezaba a estar erosionada apenas unos años antes, la relación entre Pablo Picasso y su esposa Olga Khokhlova a partir de 1927, cuando entra en escena la joven Marie Thérèse Walter, quien pasa a compartir una desquiciada y, en algún momento, paranoica relación a tres. Situación que también le lleva a aparecer en las obras de Picasso como víctima, al igual que Olga y el propio Picasso, en unos roles ambiguos y que se intercambian en la producción 'picassiana'. La certidumbre del dolor y del daño infligido y soportado se traduce en multitud de las obras expuestas en ese segundo trayecto de la exposición. Sobrecoge imaginarse a Picasso sumido en la ejecución laboriosa de algunas obras con una delicadeza propia de un iluminador de miniaturas medievales. Simplemente pensar en la concentración de Picasso en un exquisito y sutil trabajo en lienzos de apenas unos centímetros cuadrados, en los que se representa como un toro que arrambla, en el centro de la plaza, con una yegua que representaría a Olga y a una torero con los rasgos de Walter, causa algo parecido a un pellizco. O sentido de otro modo, un momentáneo helar el cuerpo que no frena ni la maestría en la aplicación del color ni la precisión del dibujo. También ocurre en otros dibujos y grabados: el Minotauro, su principal 'alter ego' en este momento, en los años treinta, traslada en carro el cuerpo yacente de esa yegua, como también, aquejado de ceguera, es ayudado por una joven Walter, que porta una vela, a salir del tenebroso 'trance'. Ese esmero en la ejecución, casi que un recrearse en el daño, es, ante todo, un acto de catarsis. Ese testimonio, esa confesión encriptada de Picasso no deja de ser una asunción de culpa y, puede que por ello, un ejercicio de expiación al crear.

'Olga Picasso'

La exposición
351 piezas la componen, 133 de ellas obras 'picassianas' (dibujo, grabado, pintura, recortables para su hijo) y el resto objetos personales, fotografías, películas familiares, documentos, correspondencia, postales o carteles y programas de los Ballets Rusos
Comisarios
Bernard Ruiz-Picasso, Émilia Philippoty y Joachin Pisarro
Lugar
Museo Picasso Málaga. San Agustín, 8, Málaga
Fecha
hasta el 2 de junio
Horario
todos los días de 10 a 19 h.; Semana Santa, de 10 a 20 h.

Esa necesidad de confesión que siento ante ustedes, como una suerte de connatural recurso para participarles la verdad, mi respuesta ante esta exposición, puede resultar de un ejercicio de mimetismo. Es decir, secundar la necesidad, quizá en su caso pulsión, que siente Picasso de testimoniar su vida, también confesarla. Esto nos lleva a un escenario trascendental de lo 'picassiano': su capacidad para intrincar, tal es la dificultad para desentrañar, su autobiografía en el grueso de su obra. Picasso supo, como ningún otro artista, fusionar su vida con registros visuales que no sólo procedían de distintos acervos (Historia del arte, literatura, arte popular, mitología, etc.), sino que convirtió esas imágenes precedentes en maleables, transformándolas. La herencia que arrastran muchas de ellas se enriquece o se complejiza con su uso autobiográfico y la autorrepresentación. Enunciar episodios mitológicos, como los de Medusa o el Minotauro, supone apropiarse de esos relatos, que como relatos mitológicos son descripciones de la condición humana –un intento del ser humano por explicarse a sí mismo, sus luces y obscuridades–, incorporándoles un factor interpretativo que nace del uso que les da como metáforas que ofrecen un reflejo de la vida del artista.

Pero antes de esa suerte de descenso a los infiernos que, con tanto acierto y a favor del relato nos aboca el montaje expositivo, el conjunto de obras de la primera planta trasminan amor y belleza. Olga Khokhlova (Ucrania, 1891–Francia, 1955), la primera esposa de Picasso, a la que conoce en Roma mientras ejecutaba la escenografía y figurinismo de 'Parade', la primera de las muchas y capitales colaboraciones que hasta 1924 mantendría con los Ballets Rusos de Diághilev, se convierte en el hilo conductor para introducirnos en un periodo intensamente fructífero y agitado, comprendido entre 1917 y 1936, arco cronológico en el que se sitúa el universo expositivo. Esta exposición supone, también, un intento por recomponer la vida de la bailarina de los ballets, madre de Paulo, primer hijo de Picasso. Ciertamente, de ese intento obtenemos una comprensión mayor de la figura de Olga que puede operar en nuestro modo de connotar muchísimas de las imágenes que Picasso generó de su esposa en los lances iniciales de la relación, al menos hasta 1923. En ese lapso se inserta la sistemática mirada a Paulo y a éste con Olga, reformulando el género pictórico de maternidades, siempre marcada por la ternura. Tanto Paulo como Olga pasan también a convertirse en una suerte de constructos en los que proyectar distintas nociones e imaginarios ('lo español', por ejemplo). Ambos están tratados bajo una figuración que se inserta en el «retorno al orden», en el «Picasso clásico». Se produce aquí una interesante retroalimentación; es decir, los valores que inspiran esa 'primera Olga' (mesura, contención, armonía, 'ethos') son coincidentes con esa 'vuelta al orden' que representaba los valores eternos del clasicismo, asumido por Picasso como parte constitutiva propia, como herencia mediterránea. Sin embargo, como bien podemos apreciar aquí, modula ese clasicismo generando distintas enunciaciones, desde un clasicismo estilizado y 'a la ingresca' a otro más arcaizante, rotundo y pesado. Nada extraño tratándose de él: en la exposición se evidencia que, fiel a su nomadismo lingüístico, a su capacidad para alternar y compaginar vocabularios distintos y aparentemente antitéticos, se expresa de modo clasicista y mantiene 'vivo' el cubismo. Con posterioridad, en época surrealista, como también podemos observar, la belleza convulsa 'bretoniana', la monstruosidad, la otredad, 'lo informe' 'batailleano' y la violencia convivirían con el clasicismo que representan sus ilustraciones para 'Las Metamorfosis' o la 'Suite Vollard'.

En esta primera planta encontramos secciones ciertamente apabullantes en las que se concitan obras icónicas. Más allá de los retratos de Paulo o los imprescindibles de Olga, el diálogo entre la colosal 'Maternidad', 'Tres mujeres en la fuente' y 'La fuente', todas de 1921, es sobresaliente. En la planta inferior, en ese segundo trayecto en el que la belleza, armonía, mesura, 'ethos' y amor (a Olga) se transforman en expresividad, fealdad, violencia, 'pathos', tragedia y deseo (de Walter), se dan cita otro nutrido grupo de obras indispensables. Nos enfrentamos a algunos ciclos iconográficos ineludibles del Picasso surrealista y del desasosiego, como lo bautizó Eugenio Carmona, como las corridas, besos, metamorfosis, petrificaciones y las series de Minotauro y Medusa, la más de las veces representación monstruosa de la otrora serena Olga que parece amenazar la relación clandestina de Picasso y Walter. Justamente, interesantísimo es el diálogo entre 'Gran desnudo en sillón rojo' (1929) y 'Mujer en sillón rojo' (1931). En ellas Picasso siguió ocultando la representación de ambas. En la segunda, el rostro aparece borroso, pero la voluptuosa anatomía de raíz vegetal, frente al deforme y desparramado cuerpo de la primera, alude a Walter. Y así nos encontramos, basculando continuamente entre la metáfora de una y de otra, intentando, siempre que el dolor no nos distraiga, hacer por entender las confesiones camufladas de Picasso.