Del compositor de Las Cuatro Estaciones al creador del Teatro de la Crueldad

Antonio Vivaldi/
Antonio Vivaldi

Tal día como hoy nacía Antonio Vivaldi, en medio de un terremoto, y moría Antonin Artaud

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Antonio Vivaldi, en medio de un terremoto, y moría Antonin Artaud, creador del Teatro de la Crueldad bajo una neurosífilis que sus progenitores tuvieron a bien legarle.

Antonio Vivaldi 4-3-1678/28-7-1741

El cuatro de marzo de 1678 nacía en Venecia Antonio Lucio Vivaldi, en medio de un terremoto que dejó la ciudad de los dux como una gran bañera de la que asomaba el campanile de la Basílica de San Marcos, y que decidió a la parturienta, celestialmente agradecida por no haber sido engullida junto al neonato por las aguas ducalmente aterremotadas, a destinar al pequeño Antonio a la vida eclesiástica. De seminarista pasó a ostiario – que no era el que repartía las hostias sino el que guardaba la ostium, es decir la puerta –; de ostiario a lector; de lector a exorcista que no desendemonió a nadie, y de exorcista a acólito del diácono antes de ser a su vez, primero enconadamente endiaconado y por último ungido sacerdote.

Comoquiera sin embargo que el padre Vivaldi, también conocido como “el cura rojo”, no a causa de sus inclinaciones políticas sino por el fulgor jenjibreño de su melena, sentía una reiterativa opresión en el pecho cada vez que se acercaba la hora de oficiar la correspondiente misa, fue relevado de sus funciones sacramentales por diagnóstico de asma probable, e ingresó en un orfanato veneciano como maestro de violín, donde además de impartir sus clases huérfanas se lanzó a componer como si no hubiera un mañana barroco: que si setenta sonatas, que si cuarenta y cinco cantatas de cámara, que si cuarenta y seis óperas, que si quinientos conciertos entre los que destacan Las Cuatro Estaciones…

Después se le envenenó, por imprudente o inducida ingestión de setas amanita muscaria, su protector y mecenas Carlos VI y Vivaldi acabó muriendo, más pobre que una rata vienesa, en la casa de la viuda de un fabricante de sillas de montar y enterrado en un cementerio perteneciente a un hospital público de los más públicos de Prusia. Y si te he visto no me acordaré hasta dentro de un par de siglos.

Antonin Artaud 4-9-1896/4-3-1948

Doscientos setenta años después del nacimiento veneciano de Vivaldi, moría en París Antoine Marie Joseph Artaud, poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, director escénico y actor. Nacido bajo el ala siniestra de una neurosífilis que sus progenitores tuvieron a bien legarle con toda generosidad, Artaud iría alternando el ateísmo feroz de sus fases más descreídas con episodios de catolicismo fanático que provocarían diversas y extensas tournées por sanatorios mentales. Decepcionado por el preciosismo poético e influido por el bretoniano Manifiesto Surrealista, Artaud se dijo, ¿a que voy e invento el Teatro de la Crueldad en el que las acciones, violentas hasta decir dame una linterna que me salgo de la sala porque la mitad de la audiencia está vomitando y la otra mitad aullando, siempre preceden a las palabras?. A continuación Antonin se marchó a México a convivir con los tarahumaras, tribu en la cual rastreó la antigua cultura solar, además de ponerse hasta las cejas foráneas de peyote alucinógeno que le condujo una vez más al manicomio donde, entre un electrochoque y el siguiente, intentaba estudiar numerología, astrología y tarot aunque las cifras, los planetas y los arcanos iban siendo sistemáticamente devorados por al aliento invasor de la terapia de la fritura neuronal.

Convenientemente electroconvulsionado, Antonin Artaud es rescatado del frenopático de turno por algunos amigos que recogerán los pedazos del escritor maldito por antonomasia del siglo XX (los decimonónicos fueron Baudelaire, Verlaine y Rimbaud) y, antes de que un cáncer rectal rectamente lo finara por la masiva y automedicada ingestión de hidrato de cloral destinada a atenuar los agónicos dolores que venía padeciendo, publicó el ensayo ‘Van Gogh, el suicidado por la sociedad’, galardonado con el Premio Sainte-Beuve y cuya tesis defendida es la no locura, más aun la cordura, del pintor holandés y la paradójica insanía de los psiquiatras que lo trataron: «No hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano. Y no creo que la regla de la erotomanía inveterada de los psiquiatras sea pasible de ninguna excepción (…) Como prueba, lleva el estigma en la jeta, pedazo de cochino inmundo». ¡Uf!...

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