La ciudad de los sueños

La ciudad de los sueños
Sr. García .

Él vendía maquetas de edificios y yo tenía la sensación de estar mirando el escaparate de una inmobiliaria

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .(ILUSTRACIÓN)

A los vendedores ambulantes no les gustan los días de lluvia, sin embargo a mí no me importaban. Entones estaba empleado en un puesto de antigüedades cuyo dueño iba siempre vestido con traje y sombrero negros. Me contrató para trabajar los sábados que acudía a un mercadillo y él solía aprovechar para efectuar otras tareas, el resto de la semana ni lo veía. Durante los ratos muertos me dedicaba a contar el tiempo que pasaba sin atender a ningún cliente. Yo permanecía callado hasta que el vendedor de al lado interrumpía el silencio para soltar cualquier frase aparentemente inconexas. «Al arreciar la tormenta hay menos accidentes porque los coches circulan con mayor precaución, el peligro son las primeras gotas que humedecen el asfalto», dijo la mañana que lo conocí. Luego se quedó callado hasta que al cabo de unos minutos pronunció una nueva frase sin aguardar respuesta, como si mantuviera un diálogo con los inquilinos que paseaban inmóviles por las calles de la urbanización en miniatura que tenía delante.

Él vendía maquetas de edificios y yo cada sábado tenía la sensación de estar mirando absorto el escaparate de una inmobiliaria, como si anduviese buscando el hogar de un futuro que todavía se hallaba en construcción. Allí estábamos los dos, vendiendo uno el pasado y otro el porvenir. Al final de la mañana regresaba el dueño de las antigüedades y hacíamos las cuentas. Los objetos tenían un margen de descuento, bien porque carecían de valor y era mejor quitárselos de encima o porque eran tan caros que no importaba rebajar un poco el precio.

Me atraían los días lluviosos. Acudían menos clientes y tenía más tiempo para hablar con el vendedor del puesto contiguo. Un día dijo que las auténticas joyas no estaban a la venta y que su casa estaba repleta de maquetas antiguas que utilizaba de modelos. Él construía ciudades a su medida y después compraba los coches y los habitantes de miniatura. Muchos curiosos se detenían a ver la ciudad con sus calles y edificios, los paseantes con sus perros, los árboles, los automóviles vacíos. Se paraban un rato y se iban sin preguntar el precio.

Nunca le vi vender nada, pero todos los sábados desplegaba la maqueta de la ciudad de los sueños. Yo también sentía debilidad por las cosas que se vendían en mi puesto: libros antiguos, gemelos para ver de cerca el teatro de la vida, figuras de otros países, mapas y lámparas. Nunca gané dinero con aquel trabajo porque acababa comprando los objetos que yo mismo vendía. El dueño insistía en que un anticuario nunca debe enamorarse de las cosas que vende. Pero, ¿cómo rechazar el deseo? Por eso elegí aquel trabajo.

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