Aquel verano de Virginia DeMorata: Colores y sabores de Málaga

Torremolinos, 1985. La actriz, que ha trabajado con Antonio Banderas en 'El camino de los Ingleses' y con Enrique García en '321 días en Michigan', 'Resort Paraíso' y este mismo verano en 'La mancha negra', en la playa./SUR
Torremolinos, 1985. La actriz, que ha trabajado con Antonio Banderas en 'El camino de los Ingleses' y con Enrique García en '321 días en Michigan', 'Resort Paraíso' y este mismo verano en 'La mancha negra', en la playa. / SUR

La actriz malagueña reivindica el verano con su olor a sardinas y salitre y sus sandías enterradas en el rebalaje

MIGUEL ÁNGEL OESTE

Para Virginia DeMorata no es fácil elegir un verano porque se le vienen a la memoria los recuerdos de muchos años en los que ya estaba presente de algún modo el amor por la actuación de esta licenciada en Arte Dramático que ha trabajado con Antonio Banderas en 'El camino de los Ingleses' y sobre todo con Enrique García en '321 días en Michigan', 'Resort Paraíso' y este mismo verano en 'La mancha negra'.

La actriz estudió en un colegio de monjas donde las alumnas iban vestidas con el mismo uniforme. «Aún recuerdo con hastío aquel horrible uniforme oscuro de cuadros y el babero por encima, pero cuando llegaban las vacaciones de verano todo aquello desaparecía. El final de las clases significaba la llegada de los colores, de los pantalones cortos, significaba liberarme de aquellos zapatos medio ortopédicos que me ponía mi madre porque le habían dicho que era para evitar los pies planos», comenta, pero más que ninguna otra cosa constituía para Virginia DeMorata subirse a un escenario para representar el espectáculo de fin de curso. «Ese momento que muchas niñas temían y, sin embargo, yo esperaba como agua de mayo. En aquellas representaciones yo me enamoré del teatro».

Esa fue la primera puerta a la libertad de Virginia, pero no la única. Para ella el verano era andar descalza, subirse a los árboles y bañarse en la piscina de su abuelo, «que construyó con sus propias manos. La casa de mis abuelos, Paco y Lola, me regaló veranos inolvidables». Aquel lugar era el centro de reunión de tíos, tías, primos, primas, sobrinos..., que venían de Toledo, Jaén, Sevilla y del centro de Málaga. «Se había convertido en el corazón de la familia. Y esa era mi casa. Con seis tíos por parte de padre y ocho por parte de madre era casi imposible que estuviéramos un verano solos». Durante esos veranos multitudinarios recuerda las noches de San Juan saltando la hoguera que preparaban entre todos, las reuniones de primos y amigos, las barbacoas y las paellas, «pero sobre todo recuerdo con mucha emoción a los amigos flamencos que venían con uno de mis tíos, aquello se convertía en una fiesta de esas que se te clavan en la retina. Traían sus guitarras y cajas flamencas y algunas muchachas bailaban como la mismísima Sara Varas. Aquellas noches de flamenco me recordaban que estábamos en verano. Ver a sus hijos y nietos reunidos hacía feliz a mi abuela. Y a mí me hacía feliz verla disfrutar a ella», dice con nostalgia.

«En la playa he disfrutado de largos paseos de reflexión, de risas, de confidencias, de amor. He disfrutado de la soledad y de conocerme mejor a mí misma. No puedo, ni quiero, imaginarme mi vida lejos de la playa. Bañarme en el mar es como sentir el calor del abrazo de la familia. El mar es estar en casa»

Por eso para DeMorata, los mejores estíos de su vida serán aquellos «en los que huelen a sardinas, a crema de coco y Nivea, a salitre y a dama de noche, en los que te encontrabas melones y sandías enterradas en el rebalaje, y nos reuníamos todos en la casa de mis abuelos».

Aunque sus veranos de adolescente fueron muy diferentes a los de la infancia, pues ya no estaban sus abuelos y ni siquiera la casa permanece, lo que aprendió y sintió durante los meses de julio y agosto se ha que quedado anclado en sus recuerdos, «la sensación de sentirme más viva y más despierta», afirma con alegría, y continúa: «Cambié los baños en la piscina por las sesiones doble en el cine de verano de Arroyo de la Miel, por los batidos de la Heladería Espí Verdú, por los paquetes de pipas en los bancos del centro, por las 'vueltas' con las amigas y los sábados en Paladium. Puede que todos los veranos sean diferentes pero para mí siempre tienen algo en común y es la sensación de empezar algo nuevo, casi de renacer».

A Virginia DeMorata le gusta tanto el verano que de pequeña siempre le preguntaba a su madre cuánto faltaba para que llegase el verano. Y la madre siempre le decía: «Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo», a lo que ella le respondía: «¡Pero si el cuarenta de mayo no existe!». Lo recuerda con júbilo, como rescata ahora, mientras habla, los paseos por la Carihuela con su madre y su hermano cuando iban a comer una pizza y luego un helado, «ese era el mejor plan que se me podía ofrecer para tenerme sonriendo toda la tarde», dice y confiesa que lo sigue siendo. «Bajar a la playa con mi madre y mis tías y volver todas como salmonetes. Porque el verano también eran los mofletes colorados y el aftersun a litros. Y andar por la playa, pisar la arena y hacer castillos. ¡Incluso de grande!. La playa se ha convertido en un lugar imprescindible en mi vida».

Como muchas personas en la playa «he disfrutado de largos paseos de reflexión, de risas, de confidencias, de amor. He disfrutado de la soledad y de conocerme mejor a mí misma. No puedo, ni quiero, imaginarme mi vida lejos de la playa. Bañarme en el mar es como sentir el calor del abrazo de la familia. El mar es estar en casa». La actriz considera que ha tenido suerte de haber nacido en Málaga. Se crió entre Torremolinos y Benalmádena, dos pueblos costeros donde el turismo paga por disfrutar una semana al año. «Así que puedo decir con orgullo que tengo el privilegio de vivir en la tierra de los veraneantes».