Jamás hicieron falta subtítulos para entender a Cantinflas

Fotograma de 'Roma'. /
Fotograma de 'Roma'.

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

La discrepancia de Alfonso Cuarón y otros miembros de la cultura mexicana sumadas a la indignación de parte de la audiencia ante la decisión de la distribuidoras de ofrecer dos opciones de subtitulaje para la película 'Roma', una en español peninsular y otra en español latino, ha traído un debate sobre la dominación cultural e idiomática que nuestro país ejerce sobre el resto de hispanohablantes y que también se aprecia en la literatura. El paso atrás, cuando se eliminó en la plataforma la opción castellana que aún permanece en los pocos cines que la proyectan no ha aliviado este debate donde la situación global trasciende a lo personal: quien haya visto 'Roma' sin subtítulos al castellano, solo con letras que traducen del mixteco, habrá sacrificado sin duda algo de comprensión. Quienes la hayan visto con subtítulos en español peninsular habrán entendido las partes ininteligibles pero se habrán extrañado de desviaciones que resultan superfluas, como las que se hacen de «ustedes» por «vosotros», «enojar» por «enfadar», «vengan» por «venid» o «chico» por «pequeño», todas ellas perfectamente comprensibles para cualquier españolito de a pie. Para hacernos una idea, los mexicanos se habrán sentido igual que los andaluces cuando vemos que en algunas televisiones nacionales se nos subtitula. Cuando se traduce sin necesidad, se ofrece una visión de la lengua dominante que erradica, o lo intenta, la riqueza de acentos y tendencias de un idioma que une a 577 millones de hispanohablantes. El subtitulado del mexicano puede por lo tanto resultar innecesario: jamás nos han hecho falta subtítulos para entender a Cantinflas.

Doblaje vs subtítulos: el eterno dilema del cinéfilo

Esta nueva incógnita respecto a los idiomas del subtitulaje se añade a la vieja discrepancia de la cinefilia: el cine o la televisión, ¿se ve mejor en versión original con subtítulos o doblado? Pese a que responde a una decisión personal, también se añaden a la cuestión elementos políticos. Siempre se ha dicho que parte de la incapacidad habitual de los españoles para hablar y entender otros idiomas, en concreto el inglés, tiene entre sus causas la ley franquista que dictaminó que las películas extranjeras debían emitirse en España en su correspondiente traducción doblada lo cual, por otro lado, creó una industria del doblaje nada despreciable, ni siquiera en términos de calidad.

Sea como sea, las dos opciones tienen añadidos y carencias. La opción doblada, que es como la inmensa mayoría de nosotros ha disfrutado de los grandes clásicos y de casi todo el cine hasta finales de los noventa hasta el punto de aprendernos de memoria frases de los protagonistas, siempre en un castellano nítido. Lo que se pierde en este caso es la literalidad y la textura del texto, buena parte del sonido directo y, sobre todo, una parte del trabajo de los actores. La estandarización también pasa por encima de la riqueza de acentos que pueden estar presentes en la historia algo que se nota especialmente, por ejemplo, en películas norteamericanas de trasfondo racial donde se aprecia que no hay ninguna diferencia entre el acento de los blancos y de los negros, de los inmigrantes o de los indígenas.

La opción subtitulada, que corrige buena parte de las carencias anteriores, también trae algunas pérdidas sobre todo en la experiencia visual. Los cinéfilos que defienden el cine doblado tienen motivos cuando afirman que con los subtítulos el espectador se ve obligado a leer el guion; por más avezada que tengamos la mirada, es evidente que algo de la experiencia se pierde por el esfuerzo de leer, algo que resulta especialmente notable en diálogos rápidos o en el recurso de voz en off. El tono de las lenguas orientales, tan distinta a las lenguas latinas o anglosajonas, provoca que ver una película japonesa con subtítulos obligue a leer con mayor atención que otras lenguas con las que estamos más familiarizados. El contenido del texto tampoco es idéntico porque, mientras que el doblaje debe cuidar la dicción del actor en pantalla, el subtitulado debe atender al número de caracteres. Por todo esto, en definitiva, la selección de una opción o de la otra responde a circunstancias muy personales. Lo mejor seguramente pasará por la variedad.