EL CERVANTES PARA ROMERO ESTEO

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

Es un poco tarde, pensarán ustedes del título. La semana pasada cerró el telón Miguel Romero Esteo, figura imprescindible y revolucionaria del teatro español contemporáneo. Figura olvidada del teatro español contemporáneo. También para la prensa, todo sea dicho, tan activa en la batalla diaria, tan amnésica con el ayer. Aquí el primero. No es el primer artista que muere en soledad. Pero su figura nos quedaba demasiado cerca para tanto olvido. Lo mismo que su obra, que hace apenas tres años depositó en la Biblioteca Nacional. Probablemente, porque nadie se interesó en Málaga por su legado. O no quiso pagar por él. El arte es liberador, pero la vida aprieta con grilletes cotidianos y Romero Esteo vendió su herencia documental porque lo necesitaba. Si llega a adquirirla alguna institución local o autonómica, ahora estarían viendo donde colocarla como ese jarrón chino valioso pero incómodo del que hablaba Felipe González. Por ello, la Biblioteca Nacional parece el destino ideal para que los investigadores revisen su obra y le den el altavoz del que careció en vida. Sobre todo, al final de su vida.

Desde que Romero Esteo volvió a Málaga en 1977, el reconocimiento y el olvido fueron sentimientos familiares para el autor de 'Pontifical', 'Paraphernalia de la olla podrida, la misericordia y la mucha consolación', 'Horror vacui' y 'Tartessos'. Y el silencio fue tal que incluso nadie se enteró que fue candidato al Premio Cervantes, un capítulo que ha pasado desapercibido en las crónicas a su muerte. La promovieron dos institutos, el Emilio Prados y el que llevaba el nombre del propio dramaturgo, cuyos directores Gregorio Perán y Fernando Medina, firmaron la propuesta junto al catedrático de la UNED Juan Gavilán, que todavía guarda los documentos. Pero fue una propuesta sin apoyos, ya que ni el Ayuntamiento ni administración alguna se dieron por enterados al conocer la iniciativa. Claro, no lo eligieron, pero la vida bipolar del dramaturgo se volvió a cumplir ya que aquella candidatura empujó para que al año siguiente recibiera el Premio Nacional de Literatura Dramática. Una alegría postrera para un hombre, cuya obra fue escorándose hacia el drama. Como el final de su propia vida.

 

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