El cantor del ring

El cantor del ring

Las crónicas de boxeo de Alcántara se convirtieron en un clásico en los combates que se organizaba en la época que se llamó 'el todo Madrid'

JESÚS NIETO

En todo héroe hay un comienzo, y en todo cantor de héroes también. Del mar de Málaga a las riñas de los estibadores del Támesis, a las que el marqués de Queensberry puso guantes y leyes y quedaron como 'boxeo' para la posteridad, hay un viaje evidente que merece la pena ser contado. El boxeo entonces es en la obra de Manuel Alcántara una profundización en el alma humana, una escuela de vida donde lo mejor y lo peor del Hombre vienen entrelazados, y esto marcará indeleblemente su faceta de cronista deportivo, obviamente, pero también otras geografías de su creación tocadas, siempre, por la poesía.

Su primera curiosidad por el boxeo, «por los púgiles», le viene de aquellos años infantiles en los que frente a su casa del barrio del Chupaytira, en un solar junto a una fábrica de ladrillos, los boxeadores se dedicaban a entrenar y ciertas noches se daban veladas y puños que alegraban con moratones una mijita la miseria. Algo más barato que el circo y más ligado a las pulsiones del alma.

«Niño, ve un rato con los boxeadores», le decían en casa a Alcántara cuando en su primera mocedad enredaba más de la cuenta, o enredaba lo normal en un niño curioso que aún no estudiaba jazmines. En las cercanías de aquel solarón de los boxeadores imaginamos al niño Manuel anonadado en el juego de caderas y de puños; fascinado y fascinándose por el único deporte en el que «no se juega», sino en el que «se lucha», como siempre ha mantenido con gravedad en esas comidas de viernes en las que hay un momento, un silencio, y se pone sobre el mantel y el postre el tema del boxeo tras radiografiar la política. El serio tema del boxeo. Hay parte de la memoria 'proustiana' de Alcántara que arranca de esa mirada de niño al luchador pobre, a los gladiadores con linimento y piojos, que combatían a mamporros la escasez que reinaba en España. Así lo recordaría en su soneto 'El ring':

«Doce cuerdas limitan el coraje./ Los mineros del 'crochet', la valiente/ población del gimnasio, sangra y siente/ bajo el fuego sagrado del voltaje./ Cuatro onzas en los guantes y vendaje duro...»

En todo héroe, y Alcántara es un héroe del palabrismo, hay también una contradicción, y por eso a Manolo nunca le escuchamos una justificación de sus querencias pugilísticas, sino más bien una definición más literaria que moral del oficio del guantazo y la danza sorda de los púgiles quitándose el hambre. Ante la brevedad de eso que pasa, el tiempo, que alcanza a todos, no conviene enredadarse en teorizar con moralismos aquello que nos fascina. Y a Alcántara le fascinó siempre el boxeo, tanto que es posible que si los boxeadores no se hubiesen asomado a su infancia, habría otro Alcántara más distinto. Y así se lo dijo hace unos años a María Eugenia Merelo entre la anécdota, el dato riguroso y el apotegma: «Al peso medio le llaman la categoría reina. Sugar Ray Robinson medía 1,79, pero bailaba como un bailarín, con un peso pluma en la punta de los pies. Estaba hecho para el boxeo. Tenía una pegada terrorífica. Esquivaba, aguantaba, tenía valor, tenía corazón, tenía todo. Rocky Marciano era muy bajo para peso pesado, era un toro, una fiera. Disputa 45 combates y los gana todos antes del límite. Se retira imbatido. Pero los tiempos no son trasladables y no se puede saber cuál ha sido el mejor boxeador de todos. Desde que los veía en mi barrio, siempre me han parecido los últimos gladiadores».

Alcántara, segundo por la derecha, en un combate.
Alcántara, segundo por la derecha, en un combate. / FUNDACIÓN MANUEL ALCÁNTARA

En aquella España y en aquel Madrid de las tertulias del Café Varela era raro que un poeta consagrado en los círculos líricos tuviera tal afición por el deporte. Igual Manolo alternaba con César González Ruano –detenido líricamente en una niña que se pierde por el Retiro o en la castañera– que con ese Madrid neoyorkino de las veladas. De tal modo lo recuerda el periodista Agustín Rivera, antólogo de sus piezas de boxeo, «en la década de los cincuenta: cuando Manuel Alcántara comparte amistad con Ignacio Aldecoa en el número 36 del Paseo de la Florida». Y tal es la pasión alcantariana por el noble arte del directo y la cintura, que el gran Aldecoa dedicará su célebre cuento 'Young Sánchez' al propio Manolo, un cuento que Camus llevará al cine con igual éxito e igual homenaje a Alcántara. Sea como fuere, Manuel Alcántara mezcla el verso y la prosa, el poema y la columna en la que regularmente se menciona al boxeo. Y Alcántara, entonces, se convierte en un clásico en los combates que se organizan por eso que en la época se llamó 'el todo Madrid', acompañado de su amigo Fernando Vadillo, cronista de 'Marca' al que sucedería naturalmente con caballerosidad y elogios mutuos entre dos de los referentes. No hay que olvidar que en un país en el que no se podía hablar de 'nada', España 'años 50', estaba permitido 'hablar de la nada': y la nada era la emoción de un combate, de un partido de fútbol o de una corrida de toros. Aquí, en este punto de esta glosa al Manolo del cuadrilátero, conviene celebrar la amistad entre el propio Vadillo y Alcántara, que en los dos periódicos deportivos de mayor tirada elevarán la literatura deportiva, esto es, el periodismo de boxeo, a unas cuotas de leyenda similares a las de la tradición estadounidense: donde reinaba el viejo Ernest. Pero es que ésa es otra historia que ya sabemos cómo acabó.

Alcántara era aficionado, y mucho, al fútbol. Pero a lo largo de su literatura hay como un canto general al oprimido, al sufriente solitario que se quita con dolor el frío de una vida. Y por eso Alcántara también quiso asomarse al ciclismo brevemente. Muchas veces, cuando me veía llegar a Echevarría del Palo en mi bicicleta me recordaba cuando croniqueó aquel Giro –de los tres– que ganó Gimondi, o aquella otra Vuelta Ciclista a España que ganó Gabica.

Y es que Manolo Alcántara mixturó el artículo y la crónica, la poesía y el combate, con la naturalidad inherente al buen observador. En la época en la que el boxeo competía con el fútbol como válvula de escape de una España que vivía al día, Alcántara era el rey de la crónica pugilística. Y no sólo por el conocimiento asumido de quien se vio tentado a boxear de amateur, sino porque hacía «nuevo periodismo» en España mucho antes de que en América le pusiesen la etiqueta a esa forma de contar una perla de sudor, una nariz rota, el olor a lejía del gimnasio y la odisea del gladiador caído.

Y el boxeo, claro, tenía aquello que se cantaba en el Tenorio de subir a los palacios o bajar a las cabañas. De ahí su amistad con Pepe Legrá, bautizado por el propio Manolo como el 'Puma de Baracoa', y esa foto que tengo grabada en el alma, que está en la Fundación, en la que ambos comparten la felicidad del primer coche que se compró el púgil cubano nacionalizado español. Aquel amigo entrañable de Manolo al que éste definió como «ídolo de ébano» cuando se proclamó campeón de Europa en el año 67. La historia del limpiabotas que triunfa, y el cronista que siempre anduvo ahí.

Porque decir Alcántara y decir Legrá, decir Alcántara y boxeo, es pura historia del Periodismo deportivo español. Aunque también es decir Urtáin, del que escribiría esta glosa en este periódico, con innegable río manriqueño en el nervio periodístico: «Lo único que no fue capaz de levantar fue su corazón. Un mal día, caídos ya todos los laureles de su frente, decidió que no valía la pena seguir enfrentándose con la vida. Fue el primer combate que perdió por abandono (...) Ahora es leyenda, o sea, algo que merece ser leído. Como algunos héroes de la mitología, aquel hercúleo muchacho que yo conocí fue poderoso y desdichado. Los dioses, a veces, le dan y le quitan las mismas cosas a la misma persona. Se conoce que se divierten con eso.»

Manuel Alcántara con Legrá y el primer coche que se compró el púgil
Manuel Alcántara con Legrá y el primer coche que se compró el púgil / FUNDACIÓN MANUEL ALCÁNTARA

El boxeo en España pasa indefectiblemente por Manuel Alcántara. Alcántara le ha dado brillo a un mundo que ha sido sistemáticamente vapuleado por cierta confusión de ambientes, y quizá una perfidia sistemática de los sepulcros blanqueados por emponzoñar un deporte donde el caído y el victorioso se abrazan tras el K.O. O tras los puntos.

Hablo hoy del Alcántara que va y ve, y huele y cuenta la batalla de los guantes, un Alcántara que es ya casi un arquetipo de la Literatura del que beben sorbos largos Garci y Gistau, e incluso los novísimos que hoy hacen de la prosa otra cosa, una obra de arte: Gómez Peña, Hughes y por ahí seguido. Igual aparece un personaje inspirado en Alcántara en un fotograma de Garci que en una obra de teatro, porque el boxeo –como todo en la vida– tiene de Literatura lo que tenga de alma el escribiente.

Para la Historia de la Literatura periodística, siempre, quedará esa querencia de Manuel Alcántara por el detalle y el ambiente del Campo del Gas, del Price; aquellos Estados Unidos en pequeño, aquel Hollywood menudo de las veladas madrileñas del boxeo. Y también las impresiones del escritor que acompaña al gladiador del hotel al coliseo; a veces en la soledad de la derrota, en esos momentos previos en los que se adivina la muerte. O veces en la victoria, cuando se glosa esa felicidad por la que se ha dejado tanto en el gimnasio.

Quizá dentro de unos años ya no queden héroes ni dioses ni boxeo: pero siempre quedará el papel de las hemerotecas para recordar un tiempo y un país y un señor con bigote que anduvo en la esquina del ring para contarnos un deporte de caballeros. Fueron once años, recuerda Agustín Rivera, de crónicas y de noches. Desde el 23 de diciembre de 1967 al 7 de mayo de 1978. Once años que de seguro le marcaron para todo lo escrito que vendría después: la leyenda y el recuerdo de las veladas.

Manuel Alcántara, el cantor del ring. Por los siempres de los siempres.