El cajón de las palabras perdidas

Una muestra interactiva rinde tributo en el Instituto Cervantes a 2.793 voces de la lengua española arrinconadas en un siglo. «El diccionario no es un depósito de cadáveres», se defiende la RAE

El cajón de las palabras perdidas
I. Cervantes/A. Almoguera
ICÍAR OCHOA DE OLANO

Las palabras se las lleva el viento y, a veces también, el olvido. Que se lo digan si no a camasquince, cocotriz, chimojo, ahogaviejas, cherinola, durindaina, acurrucado, pilluelo... y, así, a otras 2.785 voces que, por una razón u otra, han perdido protagonismo en el diccionario de la lengua española en un siglo. En concreto, entre 1914 y 2014. El Instituto Cervantes de Madrid, situado a los pies del icónico Edificio Metrópolis, se ha lanzado a homenajearlas a través de una exposición concebida por la artista Marta PCampos (Zaragoza, 1990), autora del recuento de pérdidas, y a custodiarlas en la antigua cámara acorazada del inmueble, imponente reliquia de su histórico pasado como Banco Español del Río de la Plata. Así de blindados, aunque visitables, permanecerán hasta el próximo 29 de septiembre este ramillete de vocablos arrinconados.

Para dar cuerpo al léxico aparcado, PCampos ha recogido esos términos en un luctuoso libro negro y, también, en 2.793 cuartillas blancas cuidadosamente introducidas en casilleros ordenados alfabéticamente que las visitas pueden abrir para salsear y comprobar que la 'A' apechuga con el peor parte de bajas –a 642 términos se les ha pasado el arroz–, mientras que las letras 'K', 'Ñ' y 'W' se las arreglan, sin embargo, para conservar a todos sus efectivos. Si durante la incursión en este camposanto idiomático se siente inspirado, encontrará una sala individual donde dejar por escrito el nuevo significado que propone para alguna de esas palabras jubiladas o, simplemente, aquello que le sugieren. También puede hacerlo desde su casa a través de un foro online que da acceso directo al funesto listado. «Buscamos crear una reflexión sobre lo que se conquista en una sociedad, pero también sobre el riesgo de la pérdida», sintetiza el director del organismo encargado de propagar el uso del español en el mundo, Luis García Montero.

La propuesta realizada por el Instituto Cervantes de la mano de PCampos nos ha hecho preguntarnos cómo es el proceso, a menudo controvertido, de entrada y salida de voces del diccionario desde que, entre 1726 y 1739, se alumbró el primero, llamado 'de autoridades', con unas 42.000 voces distribuidas en seis voluminosos tomos, hasta la última edición en papel, de 2014, con 93.111. Desde la Real Academia Española (RAE) nos atiende gustoso el inquilino del sillón 'Q'. Eso sí, Pedro Álvarez de Miranda nos advierte de partida de su disconformidad con el corte funerario de la exposición sobre las 2.793 palabras «presuntamente extinguidas» en la última centuria. Antes de proceder a desmontarla, el filólogo empieza poniendo los puntos sobre las íes: «El diccionario no da la vida a las palabras; lo único que se las da es el uso. No es mejor por ser más voluminoso, sino por que sea más veraz. Y eso requiere también de un proceso de depuración. La gente tiene una idea equivocada sobre el diccionario de la RAE. No es un aduanero, ni un policía que decide lo que se puede decir o lo que puede entrar o no; es un notario, da fe de lo que existe».

Pedro Álvarez de Miranda ocupa el sillón 'Q' de la RAE.
Pedro Álvarez de Miranda ocupa el sillón 'Q' de la RAE. / I. Gil

Aun así, casi 3.000 términos perdidos en un siglo son unos cuantos, ¿no le parece?

– No. Solamente entre las dos últimas ediciones en papel, la de 2001 y la de 2014, entraron cerca de 5.000 nuevas palabras.

Dígame, ¿qué les ha hecho 'acurrucado'?

– Acurrucado es un participio. Por tanto, una variante de una palabra, una forma verbal. Con que esté el infinitivo en el diccionario, basta. Lo mismo ha ocurrido con acogotado, churruscarse o titilante, que permanecen acogotar, churruscar o titilar.

'Ahogaviejas'. ¿Se la han cargado por una cuestión de corrección política?

– Eso es una planta herbácea anual de tallo delgado. Una palabra rarísima con poquísimo uso documentado. En 1992 aún estaba en el diccionario. Desapareció en 2001 o en 2014. A la gente le da como pena. Yo no lo veo como para hacer un funeral. ¡Si no hay dos ejemplos que llevarse a la boca de 'ahogaviejas'! Hay miles de plantas que solo se usan en un pueblo o en una comarca, y que han entrado en el diccionario por una carambola. Y es mejor que no estén. No hay un uso suficiente que justifique que estén ahí.

¿Y ahora cómo decimos 'cuñadez' si resulta que la han quitado?

– Déjeme ver. Sí, ha desaparecido. Significó algo así como parentesco y no se usó más que hasta el siglo XV y muy poco. La academia decidió quitar las voces que no sobrevivieron al español medieval. El diccionario tiene que servir para leer 'El Quijote', no ya 'El libro del buen amor' o 'El cantar del Mío Cid'. Eso es ir demasiado lejos.

Entonces, ¿dan puerta a las voces que se dejan de usar?

– Cuando la academia percibe que una palabra ha caído en desuso no la quita, sino que le pone una marca: desusada. Aunque bienintencionada, la exposición del Cervantes se equivoca cuando habla de casi 3.000 palabras eliminadas del diccionario en un siglo.

¿Cómo constata la RAE que un término agoniza?

– Con los corpus. Son unos volúmenes de texto brutales donde se buscan las palabras y que hoy se han quedado pequeñitos en comparación con una herramienta fascinante, Google Libros. Si uno busca una palabra rara ahí y aparece en pocos textos, ya lo constata. Si uno mete una voz corriente, puede obtener tres millones de ejemplos. Aparte de eso, tenemos bases de datos construidas sobre textos históricos, modernos y actuales, españoles e hispanoamericanos, que permiten que nos hagamos una idea sobre si una palabra sigue o no vigente. Y lo que es más difícil, si un determinado significado de una palabra sigue vigente, lo que exige que tengamos que leernos los textos.

Las voces, escritas y ordenadas alfabéticamente, se exponen en la antigua cámara acorazada del Instituto Cervantes.
Las voces, escritas y ordenadas alfabéticamente, se exponen en la antigua cámara acorazada del Instituto Cervantes. / I. Cervantes/A. Almoguera

Viaje al centro del 'pinganillo'

Póngame un ejemplo de cómo nace una nueva acepción y se abre hueco en el diccionario.

– Hace poco me interesó mucho el caso de la palabra 'pinganillo'. Está en el diccionario con un único significado, el de carámbano de hielo. Solo se usa en Asturias y en Castilla y León. Me intrigaba saber cómo se había pasado de ese significado a otro tan dispar. Y me puse a investigarlo. Ha resultado que quien lo acuñó es...

Espere, ¿Carmen Sevilla?

– Casi. Antonio Fraguas, el realizador de televisión y hermano de Forges. El otro día hablé con él por teléfono y, en efecto, me dijo que la palabra es suya. ¡Se le ocurrió a él! Y es verdaderamente fascinante, porque casi nunca podemos detectar el origen de un cambio de significado de manera tan exacta. En su familia, que es de Segovia, se usaba el verbo 'pingar' como colgar. Y la clave está en que los primeros pinganillos, de los años ochenta –ahora son inalámbricos–, tenían un cable que colgaba. Así que se le ocurrió llamarlos pinganillos. Lo increíble es que eso triunfó, se extendió como una mancha de aceite y hoy todos lo decimos. Normalmente, las palabras y los significados surgen como hongos sin que nadie sepa cómo, quién, ni cuándo.

«Solo en los 13 años que separan las dos últimas edicionesen papel, entraron 5.000 voces» Pedro Álvarez de Miranda. Académico de la RAE

No se le puede aplicar el principio de 'burro grande, ande o no ande'. Hay que depurar»

«Debe servir para poder leer 'El Quijote', peroya no 'El libro delbuen amor'»

¿Y qué van a hacer con esta otra variante del carámbano?

– Que se va a incluir en el diccionario como otra acepción. Dirá algo así como 'Auricular inalámbrico poco visible'.

Volvamos a las jubilaciones del diccionario. ¿Por qué han dado boleto a 'durindaina'?

– Espada. Germanía, la lengua de los delincuentes del Siglo de Oro. No sé si hay que derramar muchas lágrimas por su desaparición. Está en una obra de Quevedo como nombre de una espada. ¿Recuerda la 'Tizona' de El Cid?. Pues algo parecido. Parece que se coló en el diccionario como un nombre común. En 1984 se sacó.

'Cocotriz' tenía su gracia.

– A simple vista, me parece un disparate de palabra. Ingresó en 1780 como sustantivo masculino poco usado. En el corpus histórico no hay ni un solo ejemplo. Una cosa es que haya estado en el diccionario y otra, que haya existido. Si se ha eliminado será por alguna razón de peso. La academia no tiene instintos verbicidas. No le interesa matar palabras, sino que el diccionario sea lo más veraz posible.

Hábleme de 'pilluelo'.

– Es un diminutivo de pillo y no tiene por qué estar. ¿Se imagina que estuvieran todos, casita, mesita, librito...? Es un absurdo y una tontería. Para decir 'pilluelo', mejor no decir nada y quitarla, como mozuelo, chicuelo, tontuelo...

Una más. ¿Qué hizo mal 'chimojo'?

– Ni idea de qué es eso. ¿Usted lo sabe?

Ni remotamente.

– Lo compruebo... Entró en 1914 y estuvo hasta 1992. Medicamento antiespasmódico. Lleva la marca de Cuba. ¡Solo se decía allí! La academia trabaja en colaboración con las academias americanas. Por lo que sea, ya no se dice allí y nos han informado de ello. La gente cree que el diccionario es 'burro grande, ande o no ande'. Y no es así. Esto no es un depósito de cadáveres. Debe contener palabras que están vivas o que lo han estado.

Si no soltaran lastre, ¿cuántas palabras calcula que se podrían ordeñar al léxico español, en toda su magnitud?

– El de Oxford tiene 300.000. Si hiciéramos un diccionario exhaustivo, que igual habría que hacerlo, saldría parecido.

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