Benítez Festival

La idea de convertir el Campamento Benítez en escenario de festivales veraniegos de música parece más que viable

Escena campestre en el Campamento Benítez. /Migue Fernández
Escena campestre en el Campamento Benítez. / Migue Fernández
Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Alberto Jiménez siempre parece estar pensando en otra cosa cuando, de pronto, suelta una idea que da en el centro de la diana de la conversación. La última vez estábamos en el quiosco que regenta junto al auditorio Eduardo Ocón, donde lo mismo suena Pájaro que Miles Davis desde su teléfono móvil conectado a unos altavoces. Alberto se mantiene firme al otro lado de la barra con la esperanza de que el hermoso escenario al aire libre en medio del Paseo del Parque tenga el uso que merece. Ha soportado las obras y la parsimonia administrativa y ya puede, de a poco, programar un concierto de jazz o alguna otra propuesta con el formidable gusto musical que gasta. Una mañana de sábado de la pasada primavera acabamos en el quiosco junto al Eduardo Ocón, charlando de todo lo que hay y, sobre todo, de lo que no hay, cuando Alberto contó un proyecto que anda rumiando desde hace tiempo: convertir el Campamento Benítez en sede de un festival veraniego de música.

De tan sencilla, la idea parece revolucionaria. El Campamento Benítez supera las 28 hectáreas; está ubicado en un cruce de caminos estratégico con conexiones viarias directas a la costa oriental, al litoral occidental, a la zona norte; está a tiro de piedra casi literal del aeropuerto; carece de viviendas en un perímetro razonable y cuenta con el espacio suficiente para plantear zonas de aparcamiento, acampada y restauración. El proyecto de Alberto ha vuelto a la memoria estos días de temporada alta festivalera en la provincia, con el Weekend Beach sonando en Torre del Mar y Starlite en Marbella este fin de semana mientras aún queda el eco de la última edición de Ojeando cerrada hace sólo unos días. Cada una de esas citas trae programaciones y públicos bien diversos, pero comparten un rasgo común: son capaces de movilizar a miles de personas, con sus respectivos alojamientos, manutenciones, caprichos de recuerdo y otros desembolsos económicos periféricos y diversos que se quedan por aquí más allá del dinero que los asistentes a los conciertos hayan destinado a las respectivas entradas. Es decir, los festivales veraniegos de música suponen una industria en sí misma dentro de la industria cultural, que se lo pregunten si no a quienes promueven y visitan citas como Benicasim, el Primavera Sound o el Sónar, por poner algunos de los ejemplos más longevos del escenario patrio.

Parece que fue ayer pero han pasado justo cinco años desde que la capital tuvo lo más parecido a un festival veraniego de varios días y ambición internacional. Franz Ferdinand y Crystal Fighters sonando en el estadio de atletismo junto a Lori Meyers, Black Rebel Motorcycle y The Family Rain, por hablar sólo de los cabezas de cartel. Claro que aquello que tanta ilusión nos hizo a los que por primera vez nos íbamos de festival con la posibilidad de volver a casa para dormir estaba a pocos metros de un buen puñado de pisos y de un hospital. Y aunque el festival se llamaba 101, en realidad fue una y no más.

Alberto recordaba aquella experiencia para apuntalar su proyecto de hacer del Campamento Benítez un espacio seductor para los grandes programadores internacionales. Un sitio donde «llegar, enchufar, tocar, recoger y listo», por seguir la fórmula que su experiencia en la gestión cultural le había recomendado a la hora de organizar este tipo de asuntos. Y es curioso, también ilustrativo, que el Plan Especial del Campamento Benítez aprobado por la Junta de Andalucía hace un par de años contemple en esta zona «la ejecución de espacios museísticos y exposiciones temporales o fijas al aire libre», pero deje por el camino la posibilidad de que el recinto pueda acoger propuestas escénicas con mayor o menor vocación de permanencia. Para ese futuro uso expositivo, el plan especial del Campamento Benítez reserva 65.000 metros cuadrados. No está mal.

La idea de Alberto se enfrenta a cuestiones básicas como la seguridad y la protección frente a posibles incendios, por citar dos asuntos primordiales, pero la posibilidad de convertir el Campamento Benítez en escenario efímero de festivales veraniegos de música parece más que viable. Creo que Alberto ha comentado su propuesta con algunos compañeros del partido político al que pertenece, pero a quien corresponda no le ha debido de parecerle una idea que merezca difusión y promoción desde ese ámbito.

Y Alberto, que es sensible, crítico y sabio, ha hecho lo de casi siempre. Irse con su música, y sus ideas, a otra parte. Como se van estas líneas, hasta la vuelta del verano.