Aquí

También a mi me desterraron del mar, lo que pasa es que volví, unas veces navegando y otras a nado, desde el océano de cuero de Castilla hasta el rebalaje nativo. Y aquí estoy: a flote. En el sur y en el SUR. Unos quince mil artículos, en números redondos -no todos redondos, por supuesto-, no han bastado para perderle el miedo al folio en blanco y muchas veces he lamentado que en las papelerías no los vendan ya escritos. Quiero decir que mientras más viejo más complejo. Y más responsable ante los desconocidos amigos que tengan la santa paciencia de dedicarme todos los días tres minutos, que es lo que dura un asalto y un artículo de treinta y tres renglones de sesenta espacios. No ignoro que nada hay más antiguo que el periódico de ayer y que todo lo que se escribe en las volanderas páginas de un periódico tiene una irrefrenable vocación de olvido. No importa. Yo intento, nada menos, que ser un salvador de instantes y un cantor de lo cotidiano, que es mucho intentar, sobre todo para quien tiene tan pobres armas. Me he ido dejando la vida en ese empeño, pero en alguna parte tenía que dejármelo, ya que no es fácil llevársela de aquí. Siempre he escrito a mi propio dictado y lo único que me da pavor es decepcionar a los amigos. A los correligionarios no puedo decepcionarlos porque ni los tengo ni los he tenido nunca. Detesto las polémicas. No porque no me guste dar mi brazo a torcer, que también para eso están los brazos, sino porque creo que de la discusión no sale la luz. Si acaso, salen chispas. Escribir una columna diaria es una forma de esclavitud de la que aún no se ha ocupado Amnistía Internacional, pero esa esclavitud me ha permitido ser mi propio amo y ya es tarde para cambiar. Además no sé hacer otra cosa. Perdonen mis muchas faltas venideras y ya saben que si el tiempo no lo impide, me refiero al tiempo de vida, aquí estará mi artículo todos los días. Que sea por muchos años y ustedes que lo lean.

(Artículo de Manuel Alcántara publicado en Diario SUR el 1 de junio de 1989)