La música sigue sonando en la casa de Eduardo Ocón

De izquierda a derecha, Rafael Díaz, Jacqueline y Michel Rennes y el marido de Jacqueline./
De izquierda a derecha, Rafael Díaz, Jacqueline y Michel Rennes y el marido de Jacqueline.

Dos recitales recuerdan al compositor en la que fue su residencia en el Palo. La villa se conserva tal y como era a principios del XX

REGINA SOTORRÍO

En todas las biografías de Eduardo Ocón se lee que el compositor vivió y murió en la torre de la Catedral, de donde era organista. Pero existía una segunda casa, una vivienda familiar que pocos conocen y que el malagueño mandó construir junto a dos de sus hermanos a las afueras de la ciudad. Dicen que como refugio para ir de cacería, quizás también como retiro de verano. Tiene sentido: detrás se levanta el monte de San Antón y delante se extiende la playa de El Palo. Hoy no se ve ni lo uno ni lo otro, modernos bloques de pisos ocultan las vistas, pero Villa Acacia sigue siendo un oasis en medio de la ciudad, una residencia que permanece detenida en el tiempo entre 2.800 metros de huerta, palmeras y flores. También la música sigue sonando allí, como en tiempos de Ocón, fundador y director del primer conservatorio de Málaga, el María Cristina.

Dos recitales, hoy y el miércoles 10 de mayo, mantienen vivo el recuerdo del compositor en el número 7 de la calle Marcos Zapata. Los promueve el también autor malagueño Rafael Díaz, que conoció la existencia de la casa por casualidad. Javier Ramírez, fotohistoriador y exdirector del Centro de Tecnología de la Imagen (CTI), le invitó a la exposición Atención al tren. El ferrocarril en Málaga hace 100 años que organizó en la Térmica. Allí se encontró con Michel Rennes, nieto del ingeniero francés de ferrocarriles Emilio Rennes, el hombre que compró Villa Acacia a la viuda de Ocón en 1907. «Lo desconocía, me emocionó y le propuse organizar conciertos en la casa», comenta Díaz.

No fue difícil convencer a la familia Rennes, amantes de la música que más de una vez han invitado a familiares, vecinos y amigos a recitales en la villa. Son eventos privados, pero con las puertas abiertas a quien quiera escuchar buena música en un entorno único y cargado de historia.

Porque entrar en la residencia supone viajar más de un siglo atrás en el tiempo. Según ha podido saber Michel Rennes por las escrituras de la propiedad, Eduardo Ocón compró en 1880 junto a su hermano, el pintor Emilio Ocón, y su hermana tres lotes de terreno de una enorme finca junto al arroyo Jabonero, en pleno campo y alejado de la ciudad. El tranvía aún no llegaba a la zona y el viaje se hacía en carruajes. La casa aún conserva el pesebre donde se alimentaban los caballos en el jardín trasero. Cada hermano levantó su vivienda y Eduardo Ocón marcó la suya con un detalle que le delataba: una lira compuesta de pequeñas piedras en el suelo frente a la puerta de entrada. La suya es hoy la única que se mantiene. La de Emilio Ocón es un bloque de pisos y la de su hermana ha sido modernizada.

En su día, la vivienda del compositor era de una sola planta, con suelos de baldosas hidráulicas con diseños diferentes para cada estancia que todavía se conservan. Todas las paredes están pintadas con trampantojos que simulan molduras y en el techo de la sala del piano de 1860 y propiedad del ingeniero hay ramilletes de flores dibujadas. «Tengo la ilusión de que fuera Emilio quien las pintara», confía Michel.

Poco más queda de los tiempos de Ocón. Emilio Rennes la compró tres años después de la muerte del compositor porque «el inquilino dejó de pagar a su viuda», indica su nieto. Le añadió una segunda planta respetando las características de la construcción original y la cubrió de muebles franceses que continúan allí como antigüedades de coleccionista.

En ese marco, hoy (20.00 h.) tocará la guitarra Valeriia Chursina, alumna del profesor Juan Carlos Almendro del Conservatorio Superior. El 10 de mayo (20.00 h.) se escucharán acompañadas del piano canciones populares transcritas por Eduardo Ocón en las voces de alumnas del profesor de canto del Manuel Carra Pedro Barriento. Puede que entre el público esté Pilar Ocón, su bisnieta, que desde niña escuchó hablar de esa casa e incluso la visitó con su tía, amiga de los propietarios franceses: «Todo lo que sea recordar la figura de Ocón me parece hermoso».

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