La voracidad de ‘American Crime’

La tercera temporada de la serie sigue escarbando en temas incómodos

Fotograma de la serie ‘American Crime’. /
Fotograma de la serie ‘American Crime’.
MIGUEL ÁNGEL OESTE

Espaldas mojadas cruzan la frontera de Estados Unidos. Menores se prostituyen. Una asistente social trata de orientar a chicas y chicos en su huida y falta de perspectivas. Los temporeros son explotados y trabajan por salarios miserables. Prácticas despiadadas en los negocios para ser competitivos. El proxenetismo, la inmigración ilegal, cuestiones laborales crueles en un sentido tan amplio y hosco que la imagen que muestra no es en ningún momento complaciente. Es una imagen áspera, que devora desde fuera hacia dentro. Así es la nueva temporada de esta serie antológica creada por John Ridley, el ganador de un Oscar al Mejor Guión por 12 años de esclavitud.

Noctámbulos

Estamos ante un título singular, en el que los intérpretes componen en cada temporada personajes distintos. Algunos de los actores y actrices repiten y otros no. Su intención sin embargo no cambia ni un ápice: rascar las miserias de la aparente sociedad del bienestar. Enfrentar sus dilemas. Colocar a los personajes en tesituras graves para situar al público en una encrucijada perturbadora. En ocasiones hasta el espectador puede sentir la sensación de que le están dando vida a una obra de Edward Hopper. La soledad de las pinturas del autor está muy presente en el corazón de American Crime. El aislamiento que transmiten sus personajes es el sentimiento que late en este dardo incómodo. Al igual que en las anteriores temporadas, esta ficción explora las desigualdades sociales, la violencia latente que predomina en la sociedad, la hostilidad y otras ignominias protagonistas del siglo XXI.

Silencios elocuentes

Hay un par de escenas delatoras de lo que retrata esta historia desapacible de este mundo amoral, inhumano, poco solidario, extremadamente áspero, en el que los menores se prostituyen porque no tienen otra salida, sí, pero también para sentir que forman parte de algo y no estar solos; o en el que los temporeros que recogen tomates se ven obligados y vejados por saldar cuentas tan injustas que duelen, sí, pero que existen y se permiten para ser competitivos. American Crime es una serie sobre la voracidad de la sociedad actual. En ambas escenas se juega con el silencio elocuente. A través de una puesta en escena clásica, que se sustenta en plano-contraplano y en primeros planos donde el silencio genera un diálogo y la propia atmósfera. En la primera escena a la que aludo, vemos a Kimara (Regina King), una asistente social que trata de ayudar a un joven que se prostituye, al que utilizan, que la escucha con indolencia hasta que le espeta: «No soy una víctima. ¿Quiere que haga hamburguesas como esos gilipollas?» En la otra secuencia, Shae (Ana Mulvoy Ten), una chica que acaba de tener sexo se sube al coche en el que espera su proxeneta. Después de unos segundos sin dirigirse la palabra, éste le pregunta: «¿Por qué estás triste?» Ella le responde: «No lo estoy». Shae se ríe, pero lo que aborda al espectador es desasosiego. Hay más momentos definitorios de American Crime. Un drama coral que transcurre en Carolina del Norte. Un lugar que parece el reverso del País de Nunca Jamás donde los niños y las niñas andan perdidos, huyendo, porque no quieren encontrarse con ellos mismos y porque carecen de asideros y se niegan a ser ayudarse, descreídos de todo y todos. De ahí que el piloto de esta tercera temporada con una estructura circular finalice con una sentencia de Kimara a Shae: «Si me lo permites haré todo lo que pueda por ayudarte».

 

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